Bajo control

7

Elena Gruger Onassis

El restaurante a las seis de la mañana tiene un sonido particular. Es un murmullo de tuberías que despiertan, el crujido del suelo de madera enfriándose tras el ajetreo de la noche anterior y el silbido distante del viento londinense filtrándose por las rendijas de la puerta trasera. Normalmente, ese era mi momento favorito del día. El orden absoluto. La calma antes de que el fuego y el acero dictaran el ritmo de mi existencia.

Sin embargo, desde hace quince días, el silencio ha dejado de ser mi aliado.

Catalina se fue a España. Lo hizo con una frase que se quedó instalada en mi cabeza como una espina que no termino de decidir si quiero arrancarme: “Regresaré por ti”. No supe si tomarlo como una promesa, una advertencia o una amenaza. Las palabras de Catalina Ledesma siempre parecen tener varias capas, como una reducción que lleva horas al fuego; nunca sabes exactamente qué sabor predominará hasta que te quema la lengua.

Traté de convencerme de que su ausencia era un alivio. Al principio, lo fue. No más flores que no sabía dónde poner para que no estorbaran en el pase. No más visitas imprevistas de una mujer que vestía seda en un lugar que olía a desengrasante y esfuerzo. No más esa mirada suya, tan cargada de una confianza que me resultaba insultante, intentando convencerme de que mi destino estaba en San Sebastián y no en este rincón de Londres que Katherine y yo habíamos levantado con las uñas.

Pero el alivio es una sensación tramposa. Se disuelve rápido.

A la semana de su partida, me descubrí mirando la mesa del rincón, la que tiene mejor luz a media tarde. Estaba vacía. Nadie pidió un vino caro para luego dejarlo olvidado mientras me observaba trabajar. Nadie intentó robarme cinco minutos de mi tiempo con argumentos que mezclaban los negocios con algo que se sentía peligrosamente personal.

Sentí un vacío extraño, una especie de desajuste en mi rutina. Extrañaba la irritación que me provocaba su insistencia. Es ridículo, lo sé. ¿Quién extraña que alguien le invada el espacio? Quizás alguien que, sin darse cuenta, se había acostumbrado a que una fuerza externa la obligara a levantar la vista del suelo.

—Elena, tienes esa cara de nuevo —dijo Katherine, entrando en la cocina con un fajo de facturas—. La cara de “estoy analizando mi vida como si fuera una salsa cortada”.

—Solo estoy pensando en los proveedores, Kath. El precio del rodaballo ha subido otra vez —mentí, ajustándome el delantal con un nudo demasiado fuerte.

Katherine me miró por encima de sus gafas de lectura. Ella me conocía mejor que nadie; había estado conmigo cuando no teníamos ni para el gas del local.

—No es el pescado lo que te preocupa. Es que el restaurante se siente demasiado... tranquilo. Sin la española revoloteando como una mariposa de alta costura, esto parece una biblioteca —soltó una carcajada seca—. Admítelo, extrañas sus intentos fallidos de conquista.

—No digas tonterías. Tengo problemas reales, como que mi abuela ha decidido que esta semana quiere vernos en la quiebra.

El nombre de Lady Margaret Gruger cayó entre nosotras como un bloque de hielo. Mi abuela no era una mujer que aceptara un “no” por respuesta, y el hecho de que yo hubiera rechazado regresar al redil familiar la había convertido en una enemiga silenciosa pero implacable.

En los últimos días, las trabas administrativas se habían multiplicado. Inspecciones sorpresa, retrasos injustificados en los permisos de la terraza, proveedores de toda la vida que de repente “no podían” servirnos. Era la mano de Margaret, moviendo los hilos para recordarme que, en su mundo, el apellido Gruger era una correa corta.

Pero lo peor no era el sabotaje económico. Eran sus visitas.

Dos días atrás, Margaret se había presentado en el restaurante. No comió. Se limitó a pedir un té que dejó enfriar mientras me hablaba con esa voz aterciopelada y cruel que usaba para desmantelar mi confianza.

—Elena, querida, me han llegado rumores —había dicho, alisándose el guante de encaje—. Parece que te has dejado deslumbrar por una de esas familias españolas de dudosa reputación. Los Ledesma.

—Catalina es una empresaria respetable, abuela —respondí, tratando de que el temblor de mis manos no llegara a mi voz.

—Es una depredadora, niña. Su familia construyó su fortuna sobre las cenizas de gente como nosotros. Son arribistas. Catalina no te busca por tu talento, te busca porque el apellido Onassis, por muy manchado que esté por tu madre, sigue teniendo un peso que ella necesita para entrar en ciertos círculos. Te está usando para limpiar su imagen. En cuanto obtenga lo que quiere, te desechará como un trapo de cocina viejo.

Sus palabras se quedaron flotando en el aire. Sabía que Margaret mentía. Sospechaba que cada sílaba era veneno destilado para aislarme, para que volviera a ella suplicando protección. Durante el tiempo que Catalina me frecuentó, jamás vi rastro de esa oscuridad que mi abuela describía. Al contrario, vi a una mujer que, a pesar de su arrogancia, tenía una fragilidad que intentaba ocultar tras sus contratos de millones de euros.

Aun así, la duda es una semilla que crece rápido en terreno fértil. Y mi desconfianza es un campo abonado por años de decepciones. Una cosa era la Catalina que me traía sonriera y se mostrara preocupada por mi seguridad, y otra muy distinta la realidad de una mujer que maneja un imperio. ¿Qué sabía yo realmente de ella? Nada, salvo que me hacía sentir cosas que no figuraban en mis planes de orden y control.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 20.02.2026

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