Bajo control

8

Catalina Ledesma De La Vega

El aire en la cocina de Elena siempre tiene una densidad distinta, una mezcla de especias, metal y una urgencia que me acelera el pulso más que cualquier café cargado. Pero esa mañana, el ambiente era diferente. Se sentía pesado, como el cielo de Londres antes de una tormenta eléctrica, cargado de una frustración que podía palpar en el aire antes incluso de verla a ella.

Cuando crucé el umbral y nuestras miradas se encontraron, sentí un tirón en el pecho que no tenía nada que ver con mi insuficiencia cardíaca. Fue un reconocimiento puramente animal. Elena estaba allí, con el cabello desordenado y los ojos inyectados en sangre por el cansancio, sosteniendo un cuchillo como si fuera la última línea de defensa de un reino en ruinas. Al verme, su mandíbula se tensó. El alivio y la rabia lucharon en sus pupilas durante un segundo infinito antes de que la máscara de frialdad volviera a caer sobre su rostro.

—Te ves fatal —le dije, aunque mi propia voz sonaba quebrada por el viaje y la falta de sueño.

—Y tú te ves como alguien que debería estar en una cama de hospital, no en mi cocina —replicó ella. Dejó el cuchillo sobre la mesa de acero con un golpe seco. El sonido resonó en el vacío de la estancia—. ¿Qué haces aquí, Catalina?

—Vine a cobrarme la promesa de volver —mentí a medias. En realidad, vine porque no podía respirar en un país donde ella no estuviera—. Pero parece que he llegado a un funeral, no a un restaurante.

Elena apretó los puños. Su orgullo era una armadura tan gruesa que a veces me preguntaba si quedaba algo de oxígeno debajo de ella. Me fijé en las mesas de trabajo: estaban casi vacías. No había cajas de verduras frescas, ni cortes de carne reposando, ni el bullicio habitual de los proveedores entrando y saliendo. Solo Katherine, al fondo, limpiando una superficie con una saña que delataba su propio nivel de ansiedad.

—No hay nada que ver, Ledesma —dijo Elena, dándome la espalda para recoger un trapo—. Tenemos problemas con los proveedores. Fallos logísticos. Cosas que pasan en este negocio.

—No me mientas, Elena. Ambos sabemos que esto no es logística. Es asfixia.

Ella no respondió. Se limitó a fregar una mancha inexistente con una fuerza que amenazaba con perforar el acero. Fue entonces cuando Katherine se acercó, soltando el trapo con un suspiro que sonó a rendición. Sus ojos se encontraron con los míos y vi en ellos una chispa de inteligencia práctica que Elena, en su noble terquedad, se negaba a usar.

—Déjanos un momento, Elena —dijo Katherine—. Voy a enseñarle a nuestra “visitante” dónde guardamos el café, ya que parece que no piensa irse pronto.

Elena gruñó algo ininteligible, pero no nos detuvo. Tenía demasiado trabajo intentando inventar un menú con tres zanahorias y un saco de patatas como para discutir sobre mi presencia.

Katherine me guio hacia el pequeño pasillo que llevaba a la cámara frigorífica y al área de carga. En cuanto estuvimos fuera de la vista de Elena, su actitud cambió. Ya no era la socia sarcástica; era una mujer asustada que veía cómo el trabajo de su vida se desmoronaba.

—Lady Margaret está ganando, Catalina —susurró Katherine, apoyándose contra la pared fría—. Ha llamado personalmente a cada proveedor con el que trabajamos. Les ha ofrecido el doble por romper los contratos con nosotras o les ha amenazado con retirar sus cuentas de otros negocios. Elena cree que puede improvisar, que puede luchar contra esto con “talento”, pero no puedes cocinar sin comida.

Sentí una oleada de furia fría. Conocía bien las tácticas de la aristocracia; mi propio mundo funcionaba bajo esas mismas reglas de omertá y presión selectiva. Lady Margaret no quería ganar dinero; quería destruir la voluntad de su nieta para obligarla a volver al redil, rota y sumisa.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunté, sacando el teléfono.

—El servicio de cena empieza en cinco horas. Si no tenemos producto en dos, estamos muertas. Elena no aceptará nada que venga de ti, Catalina. Lo sabes. Si se entera de que has puesto un solo euro para salvarla, preferirá quemar el restaurante antes que cocinar un solo plato.

—Entonces no se enterará —dije, y mi mente empezó a trazar líneas de suministro como si fuera una campaña militar—. Escúchame bien, Katherine. Esto tiene que ser una operación de bandera blanca. No soy yo quien ayuda, es “el destino”.

Katherine arqueó una ceja, interesada.

—¿Cómo piensas hacer eso?

—Tengo contactos en los proveedores que sirven a los hoteles de lujo aquí en Londres. Son gente que no responde ante Lady Margaret porque sus contratos son internacionales. Voy a hacer un par de llamadas. Todo el producto que Elena necesita llegará en menos de noventa minutos. Pero llegará con una nota de disculpa de sus proveedores originales, diciendo que hubo un “error administrativo” y que, como compensación, envían género de calidad superior.

—Eso costará una fortuna en sobornos y logística de urgencia —observó Katherine.

—Es dinero, Katherine. El dinero es lo más barato que tengo. Lo que no puedo permitirme es que Elena pierda esa luz que tiene en los ojos cuando cocina. ¿Me vas a ayudar o vas a dejar que se hunda por su orgullo?

Katherine guardó silencio durante un largo instante. Miró hacia la cocina, donde Elena seguía luchando contra la nada, y luego me miró a mí. Vi en su rostro el peso de la lealtad compartida. Ella amaba a Elena como a una hermana, y yo... yo la amaba de una forma que aún no me atrevía a nombrar en voz alta.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 09.03.2026

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