Bajo control

9

Catalina Ledesma De La Vega

El silencio de la suite del hotel no era una ausencia de ruido; era una presencia física, pesada y gélida que se me instaló en los pulmones en cuanto cerré la puerta tras de mí. Después del caos eléctrico de la cocina de Elena, de los gritos, del calor de los fogones y del olor a supervivencia, el lujo de este mármol y estas alfombras me resultaba ofensivo. Era un recordatorio de que, fuera de su órbita, yo solo era una mujer en una habitación demasiado grande, rodeada de objetos caros que no podían devolverme la mirada.

Me quité los tacones y los dejé caer en cualquier parte. Mis pies dolían, pero ese dolor era insignificante comparado con la punzada rítmica que sentía justo debajo de mi esternón.

Caminé hacia el baño, evitando mirarme en los espejos de cuerpo entero. No quería ver a la Catalina Ledesma que el mundo conocía: la ejecutiva implacable, la heredera del imperio, la mujer que siempre tiene un plan de contingencia. Abrí el grifo y esperé a que el agua se calentara, pero terminé llenándome las manos de agua fría para salpicarme la cara.

Al levantar la vista, el reflejo no me dio tregua. Estaba pálida, con los labios ligeramente azulados por el esfuerzo del día. Mi corazón, ese pequeño traidor que habitaba en mi pecho, latía con un ritmo irregular, como un pájaro herido golpeando las paredes de una jaula.

—No hoy —susurré, apretando los bordes del lavabo—. Hoy no.

Abrí el cajón y saqué el frasco de pastillas. El sonido de las cápsulas chocando contra el cristal me pareció un veredicto. Me tragué la dosis con un sorbo de agua directamente del grifo, sintiendo cómo el químico bajaba por mi garganta, intentando poner orden en el desastre biológico que era mi sistema circulatorio.

Fui hacia la cama y me desplomé sobre las sábanas, aún vestida, sin fuerzas para desabrocharme siquiera el abrigo. Me quedé mirando el techo, donde las sombras de los coches que pasaban por la calle bailaban en una danza monótona.

Y allí, en la soledad absoluta, Elena volvió a invadirlo todo.

No era la primera vez que una persona se convertía en una obsesión para mí, pero esto era diferente. Con los demás, siempre había sido una cuestión de utilidad o de entretenimiento pasajero. Con Elena, se sentía como si hubiera pasado toda mi vida viviendo en blanco y negro y, de repente, ella hubiera encendido todas las luces del escenario.

Recordé cómo se veía hace unas horas. Tenía una mancha de harina cerca de la oreja y el sudor le pegaba unos rizos a la frente. Estaba exhausta, al borde del colapso, y aun así, manejaba el servicio con una dignidad que me hacía querer ponerme de rodillas.

Al principio, me dije que la quería por su talento. Me convencí de que llevarla a España era un movimiento estratégico para la empresa. Qué mentira tan cínica. La quería en España porque no soportaba la idea de despertar en un mundo donde ella no estuviera a un viaje de coche de distancia.

Pero entonces, el miedo —el verdadero miedo, el que no se cura con dinero ni con influencias— me atenazó la garganta.

¿Qué le estaba ofreciendo yo realmente?

Me imaginé a Elena conmigo en San Sebastián. La imaginé en la cocina de nuestro nuevo proyecto, brillando bajo el sol del Cantábrico. Y luego, me imaginé a mí misma, cayendo al suelo en medio de una cena, o despertando en una unidad de cuidados intensivos, o simplemente no despertando.

Mi enfermedad no era una tragedia romántica; era una realidad técnica. Una válvula que no cerraba bien, un músculo que se cansaba demasiado rápido. El médico en Madrid había sido claro: “Catalina, tu cuerpo tiene un límite, y estás viviendo como si no lo tuviera”.

Me di la vuelta en la cama, abrazando una almohada que olía a limpieza y a nada.

—Es egoísta —me dije a media voz.

Era egoísta intentar atar a una mujer tan llena de vida, tan vibrante y tan ferozmente independiente, a una mujer que era, esencialmente, una bomba de relojería. Elena merecía a alguien que pudiera prometer un “para siempre” sin que un informe médico lo pusiera en duda. Merecía a alguien que pudiera seguirle el ritmo en una caminata por la playa sin tener que detenerse cada diez minutos para recuperar el aliento. Merecía estabilidad, no la incertidumbre de una pareja que podría convertirse en un paciente en cualquier momento.

Esa era mi debilidad. Mi mayor secreto no era la cuenta bancaria, sino la fragilidad de mi propia existencia. A veces, cuando la miraba, sentía unas ganas desesperadas de confesarle todo, de decirle: “Elena, mírame bien, porque puede que un día no esté aquí para que me ignores”. Pero mi orgullo me lo impedía. No quería su lástima. No quería ser el proyecto de caridad de una mujer que ya tenía suficiente con luchar contra su propia familia.

Las horas pasaron. El silencio del hotel se volvió más denso, roto solo por el zumbido del aire acondicionado. Mi mente, incapaz de descansar, empezó a desmantelar la imagen que yo misma había construido de nuestra relación.

Durante meses, la había tratado como un objetivo. Elena era la pieza que faltaba en mi puzzle, el trofeo que quería exhibir en España, la chef que validará mi visión del negocio. Qué estúpida había sido. Qué visión tan pequeña y miserable del amor.

Hoy, al verla a punto de llorar de frustración por los proveedores, algo dentro de mí se rompió. No sentí la satisfacción de la depredadora que ve a su presa debilitada. Sentí un dolor físico al ver su dolor. Mi primera reacción no fue pensar en cómo esto la obligaría a aceptar mi oferta; mi única reacción fue querer quemar el mundo de Lady Margaret para que Elena pudiera volver a sonreír.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 09.03.2026

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