Elena Gruger Onassis
Había algo profundamente sagrado en el silencio de un martes por la mañana. Para cualquier otra persona, sería un día más de oficina o de trámites mundanos, pero para mí, era un oasis. Como dueña y chef de mi propio restaurante, los días libres no eran simplemente “descansos”; eran treguas necesarias con la realidad. Me encontraba en mi departamento, ese refugio de techos altos y aroma a café recién molido que compartía con Katherine, mi mejor amiga y socia de vida en el caos culinario.
Katherine no estaba. Sabía perfectamente que a esa hora ella estaría lidiando con los proveedores en la cocina de nuestro restaurante, ese lugar que habíamos levantado con sudor, quemaduras en los antebrazos y noches de insomnio financiero. Por eso, cuando el timbre de la puerta comenzó a sonar con una insistencia casi violenta, mi primera reacción fue de desconcierto.
Katherine tenía sus propias llaves. Mis vecinos eran lo suficientemente británicos como para no molestar a menos que hubiera una inundación.
—Ignóralo, Elena —me dije a mí misma, hundiéndome más en el sofá con mi libro—. Si es importante, llamarán por teléfono. Si es un vendedor, se cansará.
Pero la persona al otro lado no conocía el concepto de la derrota. El timbre sonó una, dos, diez veces más, seguidas de una serie de golpes rítmicos en la madera. Mi paciencia, que ya de por sí era un hilo delgado, terminó por romperse. Me levanté con un gruñido, dejando el libro a un lado y caminando hacia la entrada lista para soltar un sermón sobre la etiqueta social.
Abrí la puerta de golpe.
—¿Se puede saber qué...? —las palabras se me murieron en la garganta.
Allí, recostada contra el marco de la puerta con una elegancia que resultaba insultante para ser tan temprano, estaba Catalina. Llevaba unas gafas de sol que probablemente costaban más que mi refrigerador y esa sonrisa de suficiencia que me hacía querer gritar y besarla al mismo tiempo. En los últimos meses, Catalina se había convertido en una especie de sombra recurrente, una presencia que se filtraba en mis pensamientos y, por lo visto, ahora también en mi santuario privado.
—Hola, Elena. Te ves encantadora cuando estás a punto de asesinar a alguien —dijo, bajándose las gafas para revelar esos ojos que siempre parecían estar leyéndome el alma.
—¿Cómo demonios encontraste este lugar? —pregunté, tratando de sonar irritada, aunque mi corazón había decidido empezar una carrera frenética contra mis costillas.
—Fue fácil —respondió, encogiéndose de hombros con una arrogancia encantadora—. Para mí no hay nada imposible, y menos cuando se trata de encontrar a la chef más obstinada de Londres. ¿Me vas a dejar pasar o prefieres que tus vecinos sigan asomándose por la mirilla?
Miré de reojo el pasillo. Tenía razón. La señora Higgins ya estaba entreabriendo su puerta con la excusa de sacar la basura. Suspiré con resignación y me hice a un lado.
—Pasa. Pero solo diez minutos.
Catalina entró como si fuera la dueña del edificio. Caminó por la estancia, analizando cada detalle: las estanterías llenas de libros de cocina, las plantas que Katherine se empeñaba en mantener vivas y el orden perfectamente calculado de mi escritorio. Finalmente, se sentó en el sofá, cruzando las piernas con una comodidad exasperante.
—Lindo lugar. Un poco... bohemio para mi gusto, pero tiene tu esencia —comentó.
—No te pedí críticas de diseño de interiores, Catalina. ¿Qué haces aquí?
—Lo de siempre, Elena. Vine a ver si por fin has recuperado el juicio. España te espera. Mi empresa te espera. Yo te espero. Imagina lo que podrías hacer con un presupuesto ilimitado y una cocina diseñada a tu medida en Madrid. Deja de perder el tiempo en este pequeño proyecto y ven conmigo.
Me crucé de brazos, sintiendo cómo el orgullo me hervía en la sangre.
—¿“Pequeño proyecto”? —repetí, mi voz bajando un octavo de tono—. Ese “pequeño proyecto” es mi vida, Catalina. Lo construí desde cero con Katherine. Cada ladrillo, cada menú, cada cliente ganado ha sido una batalla. No voy a dejarlo todo para ser un nombre más en tu nómina, por muy brillante que sea la jaula de oro que me ofreces. Estás soñando si crees que voy a irme detrás de ti solo porque chasquees los dedos.
—Eres tan terca —suspiró ella, levantándose para acercarse a mí—. Tienes talento para ser una estrella mundial, pero prefieres quedarte aquí, jugando a las casitas con tu amiga.
Estábamos a punto de enfrascarnos en nuestra discusión habitual, una danza de rechazos y persistencias que ya se nos hacía familiar, cuando noté que algo no iba bien. Catalina, que siempre mantenía una postura impecable, vaciló. Su rostro, usualmente radiante, empezó a perder color con una rapidez alarmante. Se llevó una mano al pecho y su respiración se volvió errática, sibilante.
—Mira, Catalina, si esto es un truco nuevo para darme lástima y que acepte el contrato, es bastante patético —dije, aunque un nudo de preocupación empezaba a apretarme el estómago.
Ella no respondió. Intentó decir algo, pero solo salió un jadeo ahogado. Sus ojos se abrieron con pánico y empezó a buscar desesperadamente en su bolso de diseñador, tirando llaves y maquillaje al suelo en un caos absoluto.
—¿Catalina? —me acerqué, mi irritación desapareciendo por completo—. Oye, no es broma. ¿Qué te pasa?
Ella negó con la cabeza, incapaz de hablar, señalando su bolso con una mano temblorosa mientras se dejaba caer de nuevo en el sofá, buscando aire como si se estuviera ahogando en medio de mi sala.
—La... bolsa... —logró articular entre espasmos.
Me arrodillé frente a ella y volqué el contenido del bolso sobre la mesa de centro. Entre recibos y objetos caros, apareció un frasco naranja de farmacia. Lo agarré con urgencia. Tenía el nombre de ella y una serie de instrucciones que apenas alcancé a leer.
—¿Esto? ¿Necesitas esto ahora?