Catalina Ledesma De La Vega
Sentir el peso de Elena sobre mí fue, sin duda, la mejor medicina que pude haber recibido, mucho más efectiva que cualquier químico que guardara en aquel frasco naranja. Durante unos segundos, el mundo se detuvo. El dolor punzante en mi pecho, ese recordatorio constante de que mi corazón era un motor defectuoso, se transformó en un calor eléctrico que me recorría la columna. Podía ver cada pequeña peca en su nariz y ese fuego en sus ojos que mezclaba la furia con algo que ella aún no se atrevía a llamar deseo.
Pero, por supuesto, la vida no es una película francesa. La realidad entró por la puerta con el estruendo de unas llaves y el aroma a carne fresca.
—¡Elena! ¡No vas a creer el descuento que conseguí...!
La voz de Katherine se cortó en seco. Su mirada pasó de las bolsas de la compra a la escena dantesca en su sofá: su mejor amiga, la mujer más recta y testaruda que conocía, estaba prácticamente montada sobre la empresaria española que llevaba meses acosándola profesionalmente.
Elena se apartó de mí con la velocidad de alguien que ha tocado un cable de alta tensión. Yo, en cambio, me quedé allí, recostada con una languidez que ocultaba el hecho de que mis pulmones aún protestaban por cada bocanada de aire.
—Katherine, no es lo que parece —balbuceó Elena, ajustándose el saco con manos temblorosas. Sus mejillas estaban tan rojas que podrían haber competido con los tomates que asaba en su restaurante.
—Claro que no —respondió Katherine, arqueando una ceja con una mezcla de sospecha y diversión maliciosa—. Y yo soy la Reina de Inglaterra. Por favor, sigan con su... “Reunión”. Solo no rompan el sofá, que todavía no lo hemos terminado de pagar.
Katherine se dio la vuelta y se marchó a la cocina, pero no sin antes lanzarme una mirada que decía claramente: “Sé lo que estás haciendo, y te estoy vigilando”.
Me incorporé lentamente, sintiendo el mareo residual de la crisis. Elena me miraba como si fuera un experimento científico que acababa de explotar en su cara. Estaba furiosa, asustada y, sobre todo, abrumada.
—¿Estás satisfecha? —preguntó ella en un susurro cargado de veneno—. Katherine ahora piensa que... Dios, ni siquiera puedo decirlo.
—Bueno, técnicamente estábamos muy cerca —dije, tratando de recuperar mi máscara de arrogancia habitual—. Y admite que, por un segundo, te olvidaste de que me odias.
—¡No te odio, Catalina! ¡Estoy preocupada, que es peor! —exclamó, caminando hacia la mesa para recoger los objetos de mi bolso que se habían desparramado—. Ahora, siéntate y no te muevas. No quiero que te desmayes en mi pasillo y tener que cargar con tu cadáver.
Me quedé en el sofá, observándola. Elena se movía por el departamento con una eficiencia marcial. Fue a la cocina, discutió algo en voz baja con Katherine —pude oír risas ahogadas de mi nueva enemiga rubia— y regresó con un vaso de agua y una manzana cortada en gajos perfectos. Típico de una chef: incluso en una crisis de salud, la presentación era impecable.
—Come. Necesitas azúcar —ordenó, dejando el plato frente a mí.
—¿Me estás cuidando, Elena? Qué detalle —comenté, tomando un trozo de fruta.
—Estoy evitando una demanda por muerte accidental en mi propiedad —replicó ella, sentándose en el sillón frente a mí, cruzando las piernas y mirándome con una seriedad que me hizo enderezar la espalda—. Ahora, vamos a hablar. Y esta vez, Catalina, no quiero bromas, ni coqueteos, ni tus aires de grandeza. Quiero la verdad sobre ese frasco naranja.
Suspiré. El juego se había acabado. Ya no podía esconderme tras contratos millonarios o viajes en primera clase.
—Se llama miocardiopatía hipertrófica —dije, y por primera vez mi voz sonó tan pequeña como me sentía por dentro—. Es un nombre elegante para decir que mi corazón es demasiado grande para su propio bien. Literalmente. Las paredes del ventrículo son demasiado gruesas y, a veces, como hoy, deciden que no quieren dejar pasar la sangre o el oxígeno como es debido.
Elena se quedó callada, procesando las palabras. Vi cómo sus ojos recorrían mi rostro, buscando señales de que estaba mintiendo, pero no encontró ninguna.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
—Desde siempre. Es genético. Mi padre murió de lo mismo cuando yo era una niña. He pasado toda mi vida en hospitales, rodeada de los mejores médicos que el dinero de los Ledesma puede comprar. Me han dicho que soy un milagro, que debería estar en una burbuja, que no debería viajar, ni trabajar catorce horas al día, ni... —hice una pausa, mirándola fijamente— ...ni venir a Londres a perseguir a chefs tercas que solo me ignoran y no me aceptan ni una salida a cenar.
—Entonces eres una idiota —sentenció ella, sin una pizca de suavidad—. Si sabes que tienes una bomba de tiempo en el pecho, ¿por qué te comportas como si fueras invencible? ¿Por qué viniste hoy aquí, sola, sin avisar?
—Porque no quiero ser “la enferma”, Elena —le respondí, sintiendo una punzada de amargura—. En Madrid, todo el mundo me mira con lástima. Soy la presidenta de la compañía, sí, pero también soy la mujer que podría caerse muerta en medio de una junta de accionistas. Contigo... contigo me siento real. Me irritas, me rechazas, me desafías. No me tratas como si fuera de cristal. Y por un momento, me olvido de que mi corazón es un motor defectuoso.
Elena bajó la mirada. El silencio en la sala se volvió denso, pero ya no era una tensión sexual, era algo mucho más profundo. Era una vulnerabilidad compartida que me daba más miedo que cualquier ataque cardíaco.
—No eres de cristal, Catalina —dijo ella finalmente, levantando la vista—. Pero tampoco eres de acero. Si quieres que trabaje contigo, si quieres que siquiera considere estar en tu vida, no puedes hacerme esto. No puedes aparecerte aquí y darme el susto de mi vida.
—¿Eso significa que lo vas a considerar? —pregunté con una chispa de esperanza.