Katherine Volkova
El silencio en este departamento suele ser un mito. Entre el ruido de las tuberías que parecen tener vida propia y el eco de los borrachos que bajan por la calle hacia la estación, lo normal es que dormir sea un deporte de riesgo. Pero esa noche, el aire pesaba de una forma diferente. Tenía ese aroma a hospital clandestino y a drama de novela turca que se te pega a la garganta.
Elena se había rendido finalmente. La vi cerrar la puerta de su habitación después de pasar medio día pegada a Catalina como si fuera su sombra o su enfermera personal. Y no la culpo. Ver a la “impenetrable” Catalina Ledesma doblarse por la mitad en medio de nuestra sala porque su corazón decidió ponerse en huelga no es algo que se olvide con un té de manzanilla. Elena, con ese complejo de mártir que Dios le dio, casi se vuelve loca buscando las pastillas y asegurándose de que la española no se nos quedara en el sitio.
Cerca de la una de la mañana, mi cuerpo decidió que era un excelente momento para una dosis de carbohidratos líquidos. Salí de mi habitación arrastrando los pies, con una camiseta tres tallas más grande y el pelo pareciendo un nido de cuervos. Al llegar a la cocina, me serví una copa de vino —porque para agua ya estaba la lluvia de afuera— y me giré para buscar el sacacorchos.
Fue ahí cuando la vi.
Catalina estaba sentada en el sofá cama, envuelta en una manta que Elena le había puesto con una delicadeza que me dio náuseas de lo tierna que fue. No estaba durmiendo. Tenía la mirada clavada en la pared opuesta, con esa expresión de “estoy calculando cuánto me costaría comprar este edificio solo para demolerlo”, pero con un matiz de fragilidad que arruinaba su disfraz de tiburón de Wall Street.
—Vaya, la Bella Durmiente ha decidido que el coma no es su estilo —dije, apoyándome en la encimera y alzando mi copa—. ¿Qué pasa, Ledesma? ¿Las sábanas de algodón egipcio de Elena no son lo suficientemente suaves para tu piel de aristócrata?
Catalina parpadeó, saliendo de su trance. Me miró con esa elegancia cansada que solo la gente con mucho dinero puede fingir después de un ataque al corazón.
—No puedo dormir, Katherine. Mi cabeza hace más ruido que el metro de esta ciudad.
—Bienvenida al club. Mi cabeza suele tener una banda de rock tocando las veinticuatro horas, pero normalmente el alcohol ayuda a callarlos —Me acerqué y me senté en la silla frente al sofá, cruzando las piernas—. ¿Qué es? ¿Miedo a que el motor se te apague antes de tiempo o es que no sabes cómo procesar que mi amiga ahora sabe que no eres de titanio?
Catalina suspiró. Se pasó una mano por el rostro, deshaciendo un poco la perfección de su peinado.
—Elena... ella me asusta más que cualquier informe médico. Verla hoy, cuidándome como si mi vida fuera lo más valioso que tiene en las manos... Me hizo sentir pequeña. Y yo no sé ser pequeña, Katherine. He pasado treinta años siendo la mujer más alta de cada habitación.
—Sí, bueno, bajarse del pedestal cuesta, sobre todo si te bajas de golpe porque el corazón te da un aviso de desahucio —le di un sorbo al vino, observándola por encima del borde de la copa—. Pero deja de ser tan dramática. Elena ya sabe que estás defectuosa de fábrica. Lo aceptó en el momento en que te metió en esa cama. Ahora, lo que te quita el sueño no es el cardiólogo, es que no tienes ni idea de cómo avanzar sin tu traje de mujer biónica.
Catalina soltó una risa seca, casi una tos.
—Tienes una forma muy... particular de consolar a la gente.
—No estoy aquí para consolarte, reina. Para eso tienes a Elena, que es un ángel con delantal. Yo soy el control de daños. Y mi diagnóstico es que estás aterrada porque por primera vez en tu vida, no puedes comprar la solución a tu problema.
Nos quedamos en silencio unos minutos. Yo disfrutando de mi vino y ella probablemente calculando mi coeficiente intelectual basado en mis bromas pesadas. Catalina rompió la tregua primero.
—Quiero llevármela a España —soltó, como quien anuncia una adquisición de empresa—. Mañana mismo si pudiera. Aquí en Londres, con Lady Margaret respirándole en la nuca y este restaurante que es un blanco fácil... no tiene futuro. Allí tendría seguridad, recursos, paz.
—Paz —repetí, soltando una carcajada—. Ledesma, eres más cínica que yo. Lo que quieres es tenerla en tu terreno, donde Margaret no pueda tocarla, pero sobre todo donde tú puedas vigilarla las veinticuatro horas. No me vendas el cuento de la seguridad.
Catalina se enderezó, y por un momento, la frialdad de los Ledesma volvió a su mirada.
—Margaret la va a destruir. Hoy han sido los proveedores, mañana será una demanda judicial por sanidad o un incendio “accidental”. Conozco a ese tipo de mujeres, Katherine. Se alimentan de la obediencia. Y Elena ha dejado de ser obediente. Si se queda aquí, la abuela le quitará hasta la última sartén.
—En eso tienes razón —admití, dejando la copa sobre la mesa—. La vieja Gruger es una pesadilla con perlas. Cada vez que Elena sonríe, Margaret siente un impulso biológico de pisotearla. Llevarla a España suena a plan de fuga de película, y puede que sea lo único que la salve de terminar bajo el control de esa señora de nuevo. Pero ten cuidado. Margaret no es una vieja tonta. Si se entera de que te llevas a su juguete favorito, es capaz de cualquier idiotez. Secuestros, escándalos públicos... no subestimes el poder de una mujer que no tiene nada más que hacer que arruinar vidas por deporte.