Catalina Ledesma de la Vega
La burocracia inglesa es un monstruo de piedra, papel y una cortesía tan fría que termina quemando. Pasar dos horas en la embajada, rodeada de moqueta gris y funcionarios que parecen haber sido entrenados para no parpadear, fue una prueba de resistencia que mi corazón no agradeció. Mi permiso de estancia se extendió, sí, pero a cambio de una fatiga que se me instaló en los huesos.
Salí de allí con el sello en el pasaporte y un hambre que era más una necesidad de combustible que un antojo. Me detuve en una cafetería cercana, una de esas donde el café sabe a quemado y el servicio es tan rápido que apenas tienes tiempo de procesar que estás sentada. Comí un croissant seco y bebí un espresso doble mientras sacaba el frasco de pastillas del bolso.
Observé la pequeña cápsula blanca sobre la palma de mi mano. Es irónico que mi destino, mis empresas y mi capacidad para amar dependan de un químico que apenas pesa unos miligramos. Me la tragué sin agua, sintiendo el sabor amargo bajando por mi garganta. Ese era mi ritual: un recordatorio diario de que mi tiempo no es infinito y que cada segundo que pierdo en una oficina de inmigración es un segundo que no estoy viendo a Elena.
Regresé al hotel con la sensación de haber corrido una maratón. En cuanto cerré la puerta de la suite, el silencio me envolvió, pero no duró mucho. Mi teléfono vibró sobre la mesa de mármol. El nombre en la pantalla hizo que mi pulso, ya de por sí caprichoso, diera un vuelco.
Mamá.
Exhalé un suspiro y descolgué. No hubo “hola”, ni preguntas sobre el clima de Londres. Solo el peso de una autoridad que ha manejado imperios y familias con la misma mano de hierro.
—¿Te has vuelto loca, Catalina? —La voz de mi madre, no era un grito. Era algo mucho peor: una calma gélida que presagiaba una tormenta destructiva—. ¿Quieres matarme de la angustia o que, Catalina?
—Estoy bien, mamá —mentí, dejándome caer en el sofá y cerrando los ojos—. Solo estoy cerrando unos asuntos personales.
—¿Asuntos personales? —Escuché el golpe de algo contra una mesa al otro lado de la línea—. Casi te mueres en el departamento de una desconocida y ahora me dices que estás bien. Eres una imprudente. Una irresponsable. No te crié para que jugaras a la ruleta rusa con tu salud por un capricho.
—No es un capricho.
—La última vez que hablamos con seriedad —su voz bajó un octava, volviéndose peligrosamente suave—, me dijiste, y cito textualmente: “Madre, volveré a España casada o no volveré”. Pensé que era una de tus frases dramáticas para que te dejara en paz, pero veo que hablabas en serio. ¿Quién es ella, Catalina? ¿Quién es esa mujer por la que estás dispuesta a que te traigan de vuelta en una caja de pino?
Me quedé callada. El peso de esa promesa —esa verdad que solté como un escudo y que ahora era mi bandera— se sentía sólido en mi pecho.
—Se llama Elena —respondí al fin—. Y es la única razón por la que mi corazón sigue haciendo el esfuerzo de latir. No me pidas que vuelva, mamá. No hasta que ella esté conmigo.
—Si te mueres allí, iré a Londres solo para quemar ese restaurante, Catalina —sentenció mama—. Cuídate. Toma tu medicina. Y por el amor de Dios, deja de comportarte como si fueras inmortal.
Colgó sin despedirse. Me quedé mirando el teléfono, sintiendo el eco de su miedo disfrazado de rabia. Sabía que ella solo quería protegerme, pero no entendía que proteger mi cuerpo a costa de mi alma era una sentencia de muerte mucho más lenta.
Necesitaba limpiar el rastro de la discusión y el cansancio de la calle. Me desnudé frente al espejo del baño, observando la palidez de mi piel y la pequeña cicatriz, casi invisible, que marcaba mi pecho. Era un recordatorio de que era humana, de que era frágil.
Entré en la bañera, dejando que el agua caliente me rodeara como un abrazo líquido. El vapor empañó los cristales y el olor a sales de lavanda empezó a calmar mis nervios. Cerré los ojos e imaginé a Elena. Imaginé su risa cuando Katherine decía alguna estupidez, el movimiento de sus manos cuando explicaba un plato, y esa forma en la que me miró anoche, con una mezcla de pavor y ternura que me hizo sentir que, por fin, alguien veía a la mujer detrás del apellido.
Me quedé allí hasta que el agua empezó a enfriarse y mis dedos se arrugaron. Salí, me envolví en una bata de seda blanca y regresé a la habitación principal. Sobre la cama, mi teléfono mostraba varias llamadas perdidas. Todas de un número desconocido.
No le di importancia. Probablemente algún periodista que había rastreado mi ubicación o un proveedor persistente. Me sequé el cabello con una toalla, distraída, pensando en qué mensaje enviarle a Elena ahora que tenía su número gracias a la traición de Katherine.
Justo cuando iba a dejar el teléfono para ir a vestirme, el aparato volvió a cobrar vida. El mismo número desconocido.
Esta vez, algo en mi instinto me obligó a contestar. Una premonición eléctrica me recorrió la nuca.
—Diga —dije, con mi mejor voz de negocios.
—Señorita Ledesma. Supongo que sabe perfectamente quién habla.
La voz era antigua, afilada como una navaja de afeitar envuelta en terciopelo. Tenía ese acento de la vieja aristocracia británica que no necesita elevar el tono para dar órdenes. No era una pregunta. Era una declaración de presencia.