Bajo control

14

Catalina Ledesma de la Vega

Colgué el teléfono y el silencio de la suite me golpeó como una bofetada. Lady Margaret creía que había ganado por el simple hecho de ser una Gruger en suelo británico, pero lo que esa mujer no entendía era que yo no juego bajo las reglas de la cortesía; yo dicto las reglas del mercado. Mi corazón palpitaba con una fuerza irregular, una mezcla de arritmia y rabia pura que me obligó a apretar los puños hasta que los nudillos se tornaron blancos.

—¿Quieres guerra, Margaret? —susurré al aire viciado de la habitación—. Pues prepárate, porque voy a incendiar tu pequeño jardín de cristal.

No perdí el tiempo. Busqué en mi agenda de contactos protegidos, esa que solo abro cuando la diplomacia ha fallado y necesito un martillo hidráulico. Marqué un número con prefijo internacional. Sabía que, fuera la hora que fuera en su ubicación actual, ella respondería.

La mujer al otro lado de la línea no es una simple abogada. Es un mito urbano. Dicen que el primer ministro británico revisa sus correos tres veces si ve su firma en el remitente, y que en España, los presidentes de las grandes constructoras prefieren declarar la quiebra antes que enfrentarse a ella en un tribunal. Es la clase de persona que no busca la justicia, sino la aniquilación total de su oponente.

La reunión se pactó para esa misma tarde a través de un canal encriptado. Aunque la charla fue tediosa y llena de tecnicismos legales que habrían aburrido a cualquiera, para mí fue música celestial.

—Lady Margaret ha dejado un rastro de cadáveres financieros y emocionales durante décadas, Catalina —me dijo ella, su voz fluyendo a través del altavoz con la precisión de un bisturí—. Pero no eres la única que quiere verla arrodillada. Hay alguien más. Alguien que lleva años recolectando pruebas en las sombras, esperando el momento exacto para hundirla en una celda de la que no saldrá ni muerta.

—¿Quién? —pregunté, sintiendo un escalofrío de anticipación.

—Eso no importa ahora. Lo que importa es que si unimos tus recursos, mi estrategia y las pruebas de esa persona, la corona británica tendrá que buscarse otra villana favorita. Margaret no caerá sola; caerá todo su imperio.

—Pon todo a mi nombre —sentencié—. No me importa el costo. Quiero que cuando termine con ella, no le quede ni el apellido para pedir limosna.

Pasó una semana. Siete días en los que Londres dejó de ser una ciudad hostil para convertirse en mi campo de batalla silencioso. Mi rutina se volvió casi sagrada: reuniones con mi equipo legal por la mañana, gestión de mis empresas en Madrid por la tarde y, al caer la noche, el restaurante de Elena.

Me convertí en una sombra protectora. Elena no lo sabía, pero los proveedores que de repente bajaron sus precios lo hicieron porque yo había comprado sus deudas. El crítico gastronómico que apareció “casualmente” el martes fue enviado por una de mis agencias de relaciones públicas. Incluso la patrulla de seguridad privada que vigilaba el callejón trasero estaba en mi nómina.

Verla trabajar era mi única medicina. Elena se movía entre los fogones con una ferocidad que me cortaba la respiración. A veces, nuestras miradas se cruzaban a través de la ventanilla de la cocina; ella me dedicaba una pequeña sonrisa, mitad cansancio, mitad algo que empezaba a parecerse a la esperanza, y yo sentía que mi corazón —ese músculo traicionero— latía con un propósito nuevo.

Lo más extraño era mi salud.

El doctor en Madrid me enviaba mensajes diarios exigiendo mi regreso, pero yo me sentía extrañamente fuerte. La palidez de mis mejillas había sido sustituida por un tono rosado que no era fiebre, sino vida. Mis manos ya no temblaban al sostener la taza de café. Era como si estar cerca de Elena, en medio del caos y la lucha, me estuviera devolviendo los años que la ambición me había robado.

Estaba terminando de arreglarme en la suite cuando el timbre de la puerta sonó. No esperaba a nadie. Mi seguridad no me había avisado de visitas, lo que significaba que quien estuviera fuera tenía un pase de acceso de nivel familiar.

Abrí la puerta y me quedé congelada.

—¿Pero qué es esta cara, Catalina? ¿Es que has visto a un fantasma o es que Londres te ha vuelto muda?

Alejandro, mi primo, estaba apoyado en el marco de la puerta con su sonrisa de anuncio y esa arrogancia juguetona que siempre le he envidiado. Detrás de él, impecable en un traje de sastre azul oscuro, estaba mi madre. Anna de la Vega no necesitaba decir nada; su sola presencia llenaba el pasillo de una autoridad que hacía que los muebles parecieran más pequeños.

—¡Mamá! ¡Alejandro! —logré decir, echándome hacia atrás para dejarlos pasar—. ¿Qué hacéis aquí? Me dijisteis que vendríais el mes que viene.

Mi madre entró en la habitación, sus ojos escaneándome de arriba abajo con la precisión de un radar militar. Se detuvo a pocos centímetros de mí, me tomó la cara entre las manos y frunció el ceño.

—Estás diferente —sentenció mamá. Su voz, que por teléfono siempre sonaba a regaño, ahora tenía un matiz de desconcierto—. Alejandro, mira esto.

Mi primo se acercó, examinándome como si fuera una pieza de arte en una subasta.

—Joder, Catalina... tienes color en la cara. Y no pareces un cadáver viviente por primera vez en años. ¿Qué te dan de comer en esta ciudad de niebla? ¿O es que el aire contaminado del Támesis tiene propiedades curativas?



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 30.03.2026

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