Bajo control

15

Elena Gruger Onassis

Hay días en los que desearía que el invento del teléfono móvil simplemente hubiera fracasado en la historia de la humanidad. O, al menos, desearía que mi número de teléfono fuera un secreto de Estado y no algo que mi mejor amiga reparte como si fueran cupones de descuento para pizza.

Bzzzt. Bzzzt. Bzzzt.

Mi teléfono, oculto en el bolsillo de mi pantalón de chef, vibraba con la insistencia de un martillo neumático. No necesitaba sacarlo para saber quién era. Solo había una persona en todo Londres —y probablemente en toda la Unión Europea— con la audacia necesaria para enviarme diecisiete mensajes de WhatsApp en menos de diez minutos mientras yo estaba en pleno servicio de almuerzo.

Catalina (12:45): “Elena, he soñado con tu risotto. Bueno, técnicamente he soñado contigo cocinándolo mientras usabas solo ese delantal negro…”

Catalina (12:46): “¿Por qué no me contestas? ¿Estás picando cebollas o picando mi orgullo?”

Catalina (12:48): “He decidido que el color de tus ojos combina con el sofá de tu sala. ¿Me dejas volver a comprobarlo?”

Cerré los ojos un segundo, apretando los puños sobre la tabla de cortar. Sabía exactamente cómo Catalina había conseguido mi número privado. Katherine, mi socia, mejor amiga y traidora oficial de mi confianza, se lo había dado “por accidente” el día después de que la encontrara encima de Catalina en el sofá. Según Katherine, lo hizo por “caridad humanitaria”, porque ver mi tensión sexual era “peor que ver una carne recocida”.

—¡La mesa cuatro necesita los entrantes! —gritó un camarero desde el pase.

—¡Marchando! —respondí, tratando de canalizar mi frustración hacia el cuchillo.

Pero el estrés no venía solo de los mensajes inapropiados de Catalina. Mi mañana ya había empezado con una nota amarga. Mi abuela, Lady Margaret Gruger, la soberana indiscutible y fundadora oficial de “Homofobilandia”, me había llamado después de meses de un silencio glorioso.

Nuestra última interacción había sido en la cena benéfica que ella misma organizó en nuestro restaurante meses atrás. Aquella noche terminó en un desastre de proporciones épicas cuando me dejó claro que preferiría verme casada con un mendigo antes que ver el apellido Gruger vinculado a una “desviación”. Pero hoy, el tono de su voz era distinto. Estaba furiosa. Se había enterado —gracias a los chismes de la alta sociedad que vuelan más rápido que un jet privado— de que Catalina Ledesma de la Vega se había quedado a dormir en mi departamento.

“Elena, no voy a permitir que esa mujer manche nuestra reputación”, me había gritado por el auricular. “Los Ledesma son una plaga, y esa chica en particular es… es… una pecadora profesional. Si vuelvo a escuchar que frecuentas a esa gente, me encargaré de que tu preciado restaurante pierda hasta la licencia de salubridad.”

Recordar sus palabras me daban ganas de preparar un menú de pura comida griega —esa que ella tanto odiaba— solo por despecho. Pero en este momento, solo tenía ganas de que la tierra me tragara.

Estaba terminando de sellar unos medallones de solomillo cuando la puerta de la cocina se abrió de golpe. Katherine entró, pero no con su habitual prisa de servicio, sino con una sonrisa que solo podía describirse como “peligrosamente sospechosa”.

Era esa sonrisa de cuando sabe algo que yo no sé y se muere por soltarlo para ver mi reacción.

—Elena, cariño —dijo, acercándose a mi estación y apartándome suavemente del fuego, ignorando que el aceite estaba saltando—. Deja eso un segundo. Necesito que tus ojos vean lo que está pasando ahí fuera.

—Katherine, estoy en medio de una comanda. Si no es un incendio o una inspección de salubridad, no me interesa —repliqué, tratando de recuperar mi sartén.

—Oh, es un incendio, pero de los que queman el lívido —me agarró del brazo con una fuerza sorprendente y me jaló hacia la pequeña ventana de la puerta que daba al salón—. Mira a la mesa del rincón. La mesa VIP.

Solté un suspiro de “Dios, ilumíname o elimíname”, pero me asomé por el cristal. Mis ojos tardaron un segundo en enfocar, pero cuando lo hicieron, sentí que mi estómago daba una vuelta de campana.

Allí estaba Catalina. Se veía, para mi desgracia, absolutamente radiante con un traje de seda color esmeralda que resaltaba cada una de sus curvas. Pero no estaba sola.

A su izquierda, estaba sentado un hombre. No cualquier hombre. Era, como diría Katherine, una “aberración genética de la perfección”. Parecía tener mi edad, unos veintiocho años, y era una combinación exótica que no debería ser legal: tenía el físico atlético y fibroso de un modelo asiático, pero unos ojos azules tan intensos que parecían sacados de un cuento de hadas europeo. Se reía de algo que Catalina decía, y su postura era de una confianza absoluta.

—Es un príncipe, Elena —susurró Katherine al oído, con sus hormonas claramente alborotadas—. Es como si un actor de K-Drama y un aristócrata de Mónaco hubieran tenido un hijo. ¡Mira esos hombros! Podría colgar mis esperanzas y sueños en ellos.

—Es solo un chico con buen sastre, Katherine. Cierra la boca, se te va a caer la baba en la comida de los clientes —dije, sintiendo un pinchazo de algo que me negaba a llamar celos.

—Y no ignores a la otra —continuó Katherine, señalando a la mujer que presidía la mesa—. Mira a esa mujer. Debe tener unos cincuenta y tantos, pero se mueve con una elegancia que hace que tu abuela parezca una principiante. Se parece muchísimo a Catalina. Intuyo que es “La Gran Anna de la Vega”, la madre de tu futura esposa.

Miré a la mujer. Era cierto. Tenía la misma mirada penetrante de Catalina, pero con una capa de sofisticación madura y una serenidad que imponía respeto. Parecían la redefinición de la realeza empresarial española.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 30.03.2026

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