Bajo control

16

Katherine Volkova

Si la paciencia fuera una virtud que se pudiera cocinar a fuego lento, Catalina Ledesma de la Vega se habría ganado tres estrellas Michelin esa misma noche.

Eran casi las dos horas después de que el último cliente “normal” —es decir, aquel que no tiene un imperio empresarial en España— abandonara el restaurante. Yo estaba en el pase, revisando las facturas del día y tratando de ignorar que mis pies se sentían como dos trozos de carne puestos a ablandar con un mazo. El servicio había sido un caos absoluto, de esos que te dejan el cerebro frito y las ganas de vivir por los suelos. Pero ahí seguía ella. En la mesa VIP del rincón, sosteniendo una copa de vino con la elegancia de una reina que espera la ejecución de alguien, o al menos, un saludo.

Elena, mi queridísima socia, jefa de cocina y hermana por elección, se había evaporado. Y cuando digo evaporado, me refiero a que aplicó la técnica ninja que solo usa cuando el mundo decide que es buena idea estresarla hasta el punto de la fisión nuclear. Entre los mensajes de texto de Catalina, la aparición estelar del primo de catalina cuyo nombre es Alejandro (un tipo que, siendo sinceras, parece diseñado por un algoritmo de perfección humana), la madre de Catalina y la llamada matutina de su abuela Margaret —la ilustre soberana de “Homofobilandia”—, Elena estaba a un paso de colapsar.

De pronto, Catalina se hartó de la etiqueta. Se levantó con un movimiento fluido que hizo que su traje esmeralda brillara bajo las luces bajas y entró en la cocina como Pedro por su casa. O mejor dicho, como si fuera la dueña de nuestras almas.

—¿Dónde está ella, Katherine? —preguntó, ignorando a los tres chicos de limpieza que casi se caen del susto al ver a una diosa de seda aparecer entre sus cubos de fregar.

Miré a mi alrededor. Mis chicos estaban más perdidos que un pulpo en un garaje.

—Buena pregunta, reina —respondí, dejando la tableta sobre la mesa—. Yo me encargo de que las cuentas cuadren y de que la logística no explote, pero Elena es el alma libre de este lugar. Si no está regañando a alguien por el punto de la sal, es que algo ha pasado.

Mis ojos se desviaron hacia la puerta que conectaba la cocina con el pasillo de la oficina. Estaba cerrada. Con seguro.

Oh, no. Por favor, que no sea lo que creo, pensé.

—Catalina, creo que ya sé dónde está mi otra mitad —le dije, haciéndole una seña para que me siguiera—. Pero te advierto: lo que estás a punto de ver no es la imagen de la “Gran Chef Gruger” que sale en las revistas. Es algo mucho más... terrenal.

Elena tiene un desestresante secreto. Algunos hacen yoga, otros boxeo. Elena come pizza. Pero no una porción, no. Se mete una pizza familiar con borde de queso y un adicional de mas queso entera cuando el estrés la sobrepasa. Y como guinda del pastel, lo acompaña con vino tinto. El problema es que Elena tiene la resistencia al alcohol de un hámster recién nacido. Con media copa se emborracha y entra en lo que nosotros llamamos el “coma de carbohidratos” o, técnicamente, el mal de puerco.

Caminamos por el pasillo. La puerta de la oficina también tenía el pestillo echado. Saqué mis llaves maestras —porque sí, alguien tiene que ser el adulto responsable aquí— y abrí la puerta.

La escena era para enmarcarla.

Elena estaba desparramada en el sofá de cuero. Tenía la filipina negra de chef a medio abrir, revelando la camiseta blanca holgada que siempre usa debajo. Su cabello era un nido de rizos rebeldes y su boca estaba ligeramente abierta. En la mesa: una caja de pizza vacía y una copa de vino a medio terminar. Estaba noqueada. Borracha y con la panza llena. Una combinación letal.

Me giré hacia Catalina, esperando ver una mueca de asco. En lugar de eso, la encontré apoyada en el marco de la puerta, mirando a Elena con una cara de absoluta ternura. No se estaba riendo de ella, se estaba riendo con ella.

—Es la primera vez que la veo dormir —susurró Catalina, y su voz tenía una suavidad que me dio escalofríos—. Parece una niña. Una niña muy cansada.

—Es una niñita con una resaca de gluten de proporciones bíblicas —corregí—. Me temo que tu cena familiar con tu primo y tu madre tendrá que esperar. Elena ha decidido que su cita de esta noche era con el peperoni.

Catalina se acercó y le apartó un mechón de pelo de la cara.

—Pensaba presentarle formalmente a Alejandro y a mi madre, pero... —Catalina sonrió de lado—, creo que prefiero que descanse. Katherine, ayúdame a llevarla a casa. Mi coche está fuera.

Si alguna vez quieren saber quiénes son sus verdaderos amigos, emborráchense y vean quién los carga hasta un cuarto piso. Alejandro, el primo de Catalina —que, por cierto, tiene unos ojos de príncipe europeo que te hacen replantearte tu soltería—, nos ayudó a cargar a Elena. Ver a ese Adonis cargando a una Elena que balbuceaba cosas sobre “reducir el consomé” fue el punto álgido de mi semana.

Subimos al coche de Catalina. Yo iba delante con Alejandro (que olía a gloria, todo sea dicho) y Catalina se quedó atrás con Elena, dejando que la cabeza de mi amiga descansara en su regazo.

—Elena es... intensa, ¿verdad? —preguntó Catalina mientras atravesábamos las calles lluviosas de Londres.

—Es una roca, Catalina. O al menos eso intenta ser —respondí, suspirando—. No es fácil ser ella. No con esa abuela que tiene. Lady Margaret Gruger es la fundadora honoraria de Homofobilandia. Cree que Elena es un error de la naturaleza porque no quiere casarse con un aristócrata rancio.

Catalina apretó un poco la mano de Elena, que seguía en el séptimo cielo de la pizza.

—Y su madre... —empezó Catalina con cautela.

—Murió hace ocho años. Accidente de avión —solté, sin querer entrar en detalles que Elena debería contar ella misma—. Elena se quedó sola en el frente de batalla contra la abuela. Por eso se encierra tanto en su cocina y en sus listas. Es su forma de que el mundo no le duela.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 30.03.2026

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