Bajo control

17

Catalina Ledesma De La Vega

El ronroneo del motor del Bentley era lo único que rompía el silencio de las calles de Londres mientras nos alejábamos del departamento de Elena. Me recosté contra el cuero del asiento, cerrando los ojos por un momento, sintiendo cómo la adrenalina del “rescate” de la chef empezaba a disiparse, dejando en su lugar un cansancio que me calaba hasta los huesos. Mi corazón, ese traidor caprichoso, latía con una calma inusual, casi como si se estuviera burlando de mí después del susto que me había dado horas antes.

A mi lado, Alejandro manejaba con una soltura exasperante. Mi primo, mi casi hermano y, definitivamente, mi mayor dolor de cabeza cuando se trataba de burlas, mantenía una sonrisa de suficiencia que podía ver incluso sin abrir los ojos.

—Así que... —empezó Alejandro, alargando la vocal con esa entonación que precedía a un ataque inminente—. Cuatro horas, Catalina. Cuatro horas sentada en una mesa, fingiendo interés en la carta de vinos, solo para terminar cargando a una mujer que olía a peperoni y que no sabía ni cómo se llamaba. Si esto no es amor, es el caso de masoquismo más caro que he visto en mi vida.

—Cállate, Alejandro —respondí sin abrir los ojos—. Estaba cansada. Elena trabaja más de lo que cualquier ser humano debería.

—Elena está loca, prima. Pero la que está peor eres tú. Eres la mujer más poderosa de Madrid, tienes a media Europa intentando conseguir una cita contigo, y aquí estás, viviendo en un hotel de lujo desde hace un mes solo para que una chef mitad inglesa, mitad griega, te ignore sistemáticamente. Es fascinante. Deberían hacer un documental sobre tu caída en desgracia.

Abrí un ojo y lo miré de reojo. Alejandro se reía, sus ojos azules brillando con esa malicia familiar.

—No es una caída en desgracia. Es... persistencia estratégica —repliqué, aunque sonaba poco convincente incluso para mí—. Además, no me ignora. Solo tiene una forma muy... particular de mostrar su interés.

—Claro, quedándose dormida después de una borrachera de pizza es una señal clarísima de pasión desenfrenada —Alejandro soltó una carcajada y cambió de marcha—. Pero hablemos de lo realmente importante. ¿Quién es la rubia agria?

—¿Katherine? Es la socia de Elena. Y su mejor amiga.

—Katherine... —Alejandro probó el nombre en su lengua, frunciendo el ceño—. Tiene un apellido rarísimo, ¿no? Algo que suena ruso o siberiano, pero habla como si hubiera nacido en el palacio de Buckingham. Y tiene el humor de alguien que acaba de llegar del infierno para cobrarse un par de almas. Me gusta.

—No te hagas ilusiones, Alejandro. Katherine te comería vivo y usaría tus huesos para hacer caldo de pollo antes de que pudieras invitarla a una copa. Es protectora, sarcástica y no soporta a los tipos que se creen príncipes europeos.

—Reto aceptado —dijo él con un guiño—. De hecho, ya tengo el plan maestro. Vamos a organizar una salida. Los cuatro. Así ahorro tiempo: conozco a la futura esposa que no te hace caso y, de paso, intento que la futura madre de mis hijos no me asesine en la primera cita. Es eficiencia pura, Catalina.

—¿La futura madre de tus hijos? —Me froté las sienes—. Alejandro, apenas la conoces.

—Los hombres de nuestra familia sabemos lo que queremos en cuanto lo vemos. Tú viste a la chef y te mudaste a un hotel por un mes. Yo vi a la rubia de humor ácido y ya estoy pensando en nombres para los niños. Es el destino, prima. No luches contra él.

Llegamos al hotel, una estructura de cinco estrellas que gritaba lujo en cada moldura de mármol. Había vivido allí durante treinta días, rodeada de sábanas de mil hilos y servicio a la habitación las veinticuatro horas, pero esa noche, el lujo me parecía frío comparado con el caos cálido y desordenado del departamento de Elena.

Entramos en el lobby y, como era de esperar, Anna, mi madre, nos estaba esperando en uno de los sofás de terciopelo cerca del bar. Parecía una reina esperando el informe de sus generales tras una batalla perdida. Al vernos, se levantó, ajustándose el collar de perlas con un gesto de impaciencia dramática.

—¡Por fin! —exclamó, cruzando los brazos—. Estaba a punto de llamar a la Guardia Nacional. O a la Interpol. Llevan horas fuera. ¿Se puede saber qué ha pasado? ¿La chef los ha tomado como rehenes en su cocina?

Alejandro se adelantó, dándole un beso en la mejilla con esa habilidad que solo él tenía para calmar a mi madre.

—Casi, tía Anna. Casi. Digamos que la misión de reconocimiento terminó con una extracción de emergencia de un objetivo civil en estado de inconsciencia por exceso de carbohidratos.

—¿Qué? —mi madre me miró, confundida—. Catalina, explícate.

—Elena estaba agotada, mamá. Se quedó dormida en la oficina después del servicio. Katherine y yo la llevamos a casa. Eso es todo.

—“Eso es todo”, dice —se burló Alejandro—. Tía, tendrías que haber visto a Catalina. Parecía que estaba cargando el Santo Grial. Nunca la había visto tan... doméstica.

—Bueno, al menos está viva —suspiró mi madre, suavizando el tono—. Catalina, te ves exhausta. Esas ojeras no se quitan ni con el mejor corrector del mundo. Y tu corazón... ¿cómo estás?

—Estoy bien, mamá —mentí, aunque el cansancio era real—. Solo necesito dormir. Mañana tenemos reuniones con los proveedores de Madrid por Zoom y no quiero parecer un espectro.

—Sube a descansar —ordenó ella, dándome un beso en la frente—. Pero no creas que esta historia termina aquí. Mañana quiero detalles. Y Alejandro, deja de molestar a tu prima, aunque sé que es tu deporte favorito.

Me despedí de ellos y subí a mi suite. El ascensor subía en un silencio casi sepulcral, reflejando mi estado de ánimo. Al entrar en mi habitación, la opulencia me recibió con su habitual frialdad. Dejé el bolso sobre la cama de tamaño King y empecé a desvestirme, sintiendo el peso de la jornada en cada músculo.

Fue entonces cuando lo vi.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 30.03.2026

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