Bajo control

18

Elena Gruger Onassis

El primer pensamiento que cruzó mi mente cuando abrí los ojos fue que alguien había decidido, por pura maldad, instalar una banda de guerra dentro de mi cráneo. Cada latido del corazón era un golpe de tambor que retumbaba contra mis sienes con una violencia innecesaria. El segundo pensamiento fue que mi estómago se había convertido en un campo de batalla donde el peperoni y el vino tinto estaban librando una guerra de guerrillas sin cuartel.

Intenté incorporarme, pero el mundo decidió dar un giro de trescientos sesenta grados. Solté un quejido ahogado y volví a hundirme en las sábanas.

—Nunca más —susurré, aunque mi propia voz me dolió—. Nunca más volveré a confiar en una pizza de oferta.

Me quedé inmóvil, esperando a que el techo dejara de girar. Fue entonces cuando el instinto de “orden absoluto” que rige mi vida se activó, incluso por encima del malestar. Miré a mi alrededor. Estaba en mi habitación. Mi santuario. El lugar donde cada libro descansa en su ángulo exacto y donde el caos del restaurante no tiene permiso para entrar. Pero algo se sentía diferente. El aire olía ligeramente a un perfume que no era el mío; una mezcla de sándalo y flores blancas que conocía demasiado bien.

Con un esfuerzo hercúleo, me senté en el borde de la cama. El “mal de puerco” de anoche se había transformado en una gastritis punzante que me recordaba que ya no tenía veinte años. Me puse de pie, tambaleándome, y caminé hacia el galán de noche donde siempre dejo mi uniforme listo para la mañana siguiente.

Mi corazón —el físico, no el emocional— dio un vuelco.

La silla estaba vacía. O mejor dicho, mi pantalón estaba allí, pero mi filipina negra, mi chaqueta de chef, mi armadura... no estaba.

—No, no, no... —murmuré, abriendo el armario con desesperación.

Busqué entre las perchas perfectamente alineadas. Nada. Fui al cesto de la ropa sucia. Nada. Un escalofrío de pánico, más fuerte que la náusea, me recorrió. Una chef sin su filipina es como un caballero sin su espada. Es mi piel profesional, la que me protege del mundo y de las críticas.

En ese momento, la puerta de mi habitación se abrió de golpe. La luz del pasillo entró como una explosión de supernova, obligándome a cubrirme los ojos.

—¡Buenos días, bella durmiente! —la voz de Katherine sonó demasiado alegre, demasiado alta y definitivamente demasiado irritante.

—Katherine... cierra la boca y apaga el sol —gruñí, dejándome caer en la silla—. ¿Dónde está mi chaqueta? ¿Y por qué mi habitación huele a... a ella?

Katherine entró con una taza de café en una mano y una caja de antiácidos en la otra. Me miró con una mezcla de lástima y una diversión que me daban ganas de estrangularla.

—Primero: tu chaqueta ha desaparecido. Yo tampoco la encuentro, así que asumo que se fue de fiesta sola. Segundo: tu habitación huele a “ella” porque “ella” te trajo arrastrando hasta aquí anoche —Katherine dejó los antiácidos sobre mi mesilla con un golpe seco—. Y cuando digo que te trajo, me refiero a que Catalina Ledesma de la Vega te acostó en esa cama mientras tú balbuceabas algo sobre el punto de cocción de las nubes.

Me quedé petrificada. El dolor de cabeza fue sustituido por una oleada de calor que me subió por el cuello.

—¿Qué hiciste qué? —mi voz salió en un hilo—. ¿Dejaste que Catalina entrara aquí? ¿En mi cuarto? ¡Katherine, este es mi lugar privado! ¡Es el único sitio donde ella no tiene jurisdicción!

—A ver, Elena, respira —Katherine rodó los ojos—. Estabas en un coma inducido por carbohidratos y alcohol barato. No podías ni mantenerte en pie. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que te dejara durmiendo en el sofá de la oficina como un saco de patatas? Catalina ayudó. Y por cierto, su primo Alejandro también estaba allí. Un bombón, por si te interesa saber que un príncipe europeo te vio babear.

Me cubrí la cara con las manos, sintiendo que mi dignidad se desintegraba. Catalina había visto mi santuario. Había visto mis libros ordenados por colores, mi obsesión por la simetría y, lo peor de todo, me había visto en mi estado más patético.

—Me quiero morir —sentencié.

—No te vas a morir, pero tampoco vas a ir a trabajar —dijo Katherine en tono autoritario, quitándome la manta de encima—. Mírate. Estás pálida, tienes ojeras hasta la barbilla y tus problemas gástricos te van a hacer doblarte en dos en cuanto huelas un sofrito. Te quedas en cama. Yo me encargo del restaurante hoy.

—¡No! ¡Katherine, es miércoles! Tenemos la entrega del pescado y... —intenté levantarme, pero una punzada aguda en el estómago me hizo volver a doblarme con un quejido.

—Incapacidad médica obligatoria, jefa —Katherine me puso una mano en el hombro, esta vez con suavidad—. No es una pregunta. Es una orden de tu socia. Duerme, hidrátate y trata de recuperar algo de la dignidad que perdiste anoche con la pizza de peperoni.

Katherine salió de la habitación, dejándome sola con mi miseria. Escuché la puerta principal del departamento cerrarse y el silencio se apoderó del lugar. Era un silencio pesado, roto solo por el tic-tac rítmico de mi reloj de pared.

Pasé la mañana sumergida en una neblina de malestar. El dolor de cabeza se había transformado en un zumbido sordo, pero mi estómago seguía protestando por cada sorbo de agua que intentaba darle. Me sentía vulnerable, no solo físicamente, sino emocionalmente. Sin mi filipina, sin mi restaurante y con mi “santuario” profanado por el recuerdo de Catalina, me sentía expuesta.

A media tarde, cuando el sol empezaba a bajar y proyectaba sombras largas sobre mis libros perfectamente alineados, el timbre del departamento sonó.

Mi primer impulso fue ignorarlo. Probablemente era un repartidor o algún vecino. Pero el timbre sonó de nuevo, con esa insistencia rítmica y arrogante que solo una persona en este planeta poseía.

—No puede ser... —susurré.

Me levanté de la cama, envuelta en mi bata más vieja y menos favorecedora, con los rizos hechos un desastre y la cara lavada. Me arrastré hasta la puerta y la abrí, dispuesta a soltar un sermón sobre la privacidad.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 30.03.2026

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