Elena Gruger Onassis
La noche cayó sobre Londres con esa humedad característica que parece calar hasta en los pensamientos. Yo me sentía bastante mejor, aunque mi estómago todavía me recordaba, con pequeñas punzadas de advertencia, que no debía cantar victoria. Me encontraba en la cocina, preparando un consomé suave de pollo y verduras —lo único que mis entrañas estaban dispuestas a procesar— cuando escuché el sonido de las llaves.
Katherine entró arrastrando los pies, con el pelo un poco revuelto y ese aroma a cocina, estrés y desengrasante que suele acompañarnos al final del turno.
—Dime que eso que huele tan bien es para mí también —dijo, dejándose caer en una silla de la barra.
—Cena ligera, Kath. Es lo que hay. ¿Cómo estuvo el servicio?
—Un caos controlado —suspiró, aceptando el cuenco que le pasé—. Faltaba tu mano de hierro para que los chicos no se distrajeran con cualquier mosca, pero sobrevivimos. Aunque, sinceramente, prefiero pelearme con los balances que con la línea de fuegos un miércoles por la noche.
Cenamos en un silencio cómodo, roto solo por sus actualizaciones sobre el restaurante. Pero yo tenía algo dándome vueltas en la cabeza.
—Catalina tiene mi filipina —solté de repente.
Katherine se detuvo con la cuchara a mitad de camino. Sus ojos se abrieron de par en par y vi cómo sus mejillas se inflaban en un intento heroico por no escupir el caldo de la risa.
—¿Perdona? ¿La española te ha robado el uniforme? ¿Para qué? ¿Para hacer vudú o para dormir con él?
—No es broma, Kath. Vino esta tarde a traerme té y protector gástrico —dije, sintiendo que mis orejas se calentaban—. Cuando mencioné que mi chaqueta había desaparecido, se puso más nerviosa que un aprendiz en su primer día. No dijo nada, de hecho lo negó, pero su cara... esa mujer no sabe mentir cuando se siente acorralada. Se delató sola.
Katherine estalló en una carcajada limpia.
—Es oficial. Esa mujer está loca por ti, Elena. Robar una chaqueta de chef usada es el siguiente nivel de acoso romántico-gastronómico.
Después de la cena y de que Katherine me obligara a prometer que me tomaría otro día de descanso, me retiré a mi cuarto. Tomé el teléfono y, tras dudarlo un minuto, le escribí a Catalina.
Elena: Catalina, sé que tienes mi filipina. Devuélvemela. La necesito.
Catalina (23:15): No sé de qué hablas, querida chef. Pero si crees que la tengo, tendrás que venir a buscarla tú misma. Mañana, 3:00 PM, lobby de mi hotel. Si no vienes, supongo que me la quedaré como recuerdo de tu “coma de pizza”.
Suspiré, tirando el móvil sobre la cama. Me estaba retando. Y lo peor era que iba a ir.
Al día siguiente, a eso de las tres de la tarde, me encontraba frente al hotel de lujo donde Catalina residía desde hacía un mes. Me había vestido de forma sencilla pero cuidada: unos vaqueros oscuros y una camisa blanca de botones, con las mangas remangadas hasta los codos. Era mi uniforme de “no me importa, pero me veo bien”.
Al entrar en el lobby, la opulencia me golpeó de frente. Pero no fue el mármol lo que me llamó la atención, sino el grupo sentado en la zona del bar. Catalina no estaba sola.
A su lado estaba Alejandro, su primo, que se veía absurdamente guapo incluso sentado de forma relajada, y una mujer de unos cincuenta y tantos años que derrochaba una elegancia soberana. Anna, la madre de Catalina.
Cuando me acerqué, Anna me miró fijamente. No fue una mirada de juicio, sino algo mucho más profundo, casi de... ¿reconocimiento? Me miró como si estuviera viendo a alguien que se había perdido hace mucho tiempo. Si no supiera quién es mi madre y no hubiera visto mi propio certificado de nacimiento, habría jurado que me buscaba rasgos familiares. Decidí ignorar la punzada de incomodidad y saludé.
—Elena, qué puntual —dijo Catalina, levantándose. Sus ojos recorrieron mi atuendo y noté un brillo de aprobación que intenté no disfrutar—. Ella es mi madre, Anna. Y ya conoces a Alejandro.
—Un placer, Elena —dijo Anna, recuperando la compostura pero sin apartar esa mirada cálida y extraña—. Catalina me ha hablado mucho de tu talento.
Nos sentamos y un camarero se acercó de inmediato. Los tres pidieron cócteles elaborados, pero yo, recordando la guerra mundial que hubo en mi estómago horas antes, pedí un agua tónica con limón.
—¿Nada de alcohol, Elena? —preguntó Alejandro con una sonrisa juguetona—. Creí que los chefs vivían de vino y adrenalina.
—La adrenalina la pongo yo, el alcohol prefiere ponerme a mí en ridículo —respondí con sequedad, lo que hizo que Anna soltara una risita encantadora.
La charla fluyó de forma aleatoria hasta que Alejandro, tratando de ser sutil — y fallando estrepitosamente— empezó a hacerme preguntas sobre Katherine. Se notaba a leguas que la rubia le había dejado una marca.
—Esa amiga tuya... Katherine —dijo Alejandro, jugando con su copa—. Catalina y yo tenemos una apuesta. Ella dice que es británica con aires de grandeza, yo digo que es una espía rusa encubierta por ese apellido tan... exótico.
—Van mal los dos —dije, permitiéndome una pequeña sonrisa—. Katherine es irlandesa de pura cepa. Nació en Dublín, aunque sus padres sí son rusos, lo que explica el apellido y esa capacidad para beber vodka como si fuera agua. Lleva viviendo en Londres desde los dieciocho, así que son doce años aquí. Tiene treinta, es dos años mayor que yo.
—Irlandesa... —Alejandro asintió, como si hubiera resuelto un misterio del universo—. Eso explica el humor del averno y la lengua afilada. Me gusta más todavía.
Cerca de las cinco de la tarde, el bar empezó a llenarse de gente de negocios. Alejandro y Anna se despidieron con la excusa de una llamada importante de Madrid, dejándome a solas con Catalina.
—¿Y mi filipina? —pregunté, rompiendo el hechizo.
Catalina se levantó y me hizo un gesto para que la siguiera hacia la salida.