Bajo control

22

Eleni Onassis

El silencio que siguió a la partida de Margaret Gruger no fue un silencio vacío. Era un silencio denso, cargado del peso de treinta y un años de mentiras que finalmente habían sido aplastadas bajo el peso de la verdad. Me quedé allí, en medio del pasillo del hospital, sintiendo cómo la adrenalina abandonaba lentamente mis músculos, dejando en su lugar un temblor fino y un cansancio que parecía nacer en la médula de mis huesos.

Sentí el calor de Anna antes de sentir su tacto. Se acercó a mí con esa elegancia innata que ni siquiera una noche de tragedias podía arrebatarle. Sus manos, suaves y firmes, se posaron en mis hombros, obligándome a mirarla.

—Eleni, mírame —susurró Anna. Su voz era un bálsamo, esa melodía española que durante tres décadas solo había escuchado en los ecos de mi memoria—. Respira. Se ha ido. Esa mujer ya no puede hacernos daño. Has sido increíble, pero ahora necesito que vuelvas a la tierra.

Cerré los ojos y me apoyé en ella. El perfume de nardos que siempre usaba me envolvió, devolviéndome a los días de universidad, a los planes bajo los árboles de Massachusetts, a una vida que nos fue robada.

—Lo hice, Anna —murmuré contra su cuello—. Por Elena. Por Catalina. Y por nosotras.

—Lo sé, mi amor. Lo sé —ella comenzó a acariciar mi espalda, tratando de calmar el ritmo errático de mi corazón. Por un momento, el mundo volvió a tener sentido.

Pero el destino, o quizás el sentido del humor retorcido del universo, decidió que la paz era un lujo que no podíamos permitirnos por mucho tiempo. Mi teléfono, guardado en el bolsillo de la gabardina, vibró con una insistencia grosera.

Bzzzt. Bzzzt.

Me separé un poco de Anna para sacar el dispositivo. Una notificación de mensaje brillaba en la pantalla. Al leer el nombre del remitente, sentí una mezcla de alivio profesional y un presentimiento de desastre doméstico.

Victoria: “Eleni, he movido los archivos al servidor seguro. La vieja Margaret no sabrá ni qué camión la atropelló. Llámame en cuanto puedas, pedazo de griega testaruda. Tenemos que terminar de hundir el barco.”

Cometí el error de no bloquear la pantalla a tiempo. Anna, cuya visión para cualquier cosa que tuviera que ver con mi vida privada era más aguda que la de un halcón peregrino, leyó el nombre de un vistazo.

Sentí cómo la calidez de Anna se evaporaba en una fracción de segundo. La mujer compasiva y protectora que me abrazaba desapareció, siendo reemplazada por “La Gran Anna de la Vega” en su estado más peligroso: el de los celos disimulados bajo una sonrisa letal.

—Victoria —dijo Anna, y su voz tenía un brillo gélido que me hizo enderezar la espalda automáticamente—. Vaya, parece que la “Vicky” sigue siendo tan oportuna como cuando intentó sabotear nuestra primera cita en el campus.

—Anna, por favor, no empieces —supliqué, guardando el teléfono como si fuera una granada activa—. Sabes perfectamente que Victoria es mi abogada. Sin ella, no habría tenido ni una sola de las pruebas que acabamos de usar contra Margaret.

—Oh, lo sé. Es tu salvadora profesional —Anna se cruzó de brazos, ladeando la cabeza con esa expresión de niña consentida que solía poner cuando íbamos a la universidad y yo me quedaba hablando de más con algún compañero—. Recuerdo nuestra “amistad” en la universidad. Recuerdo cómo intentó “asesorarte” sobre tu vida amorosa mientras me lanzaba miradas de odio en el club de debate.

—Eso fue hace treinta años, Anna. Victoria está casada, tiene hijos y vive en una ciudad distinta —intenté razonar, aunque sabía que la lógica era un arma inútil en este terreno—. Nuestra relación es puramente profesional. Somos amigas, sí, pero es de esas amistades donde nos insultamos más de lo que nos saludamos.

—“Pedazo de griega testaruda” —citó Anna, arrastrando las palabras con un sarcasmo delicioso pero aterrador—. Qué terminología legal tan fascinante utilizan en su “amistad apache”. Me pregunto si también te insulta mientras te prepara la documentación para destruir imperios.

—Es una forma de hablar, Anna. Es afecto de viejas amigas —intenté explicar, dando un paso hacia ella—. No seas ridícula. Victoria sabe que mi corazón nunca se movió de donde tú lo dejaste.

—¿Ridícula? —Anna enarcó una ceja, luciendo exactamente como la heredera caprichosa que solía comprarme helados en la plaza para que no mirara a nadie más—. Me ocultas que estás viva durante ocho años, apareces como una heroína de tragedia griega, me salvas la vida emocional, y ahora resulta que recibes mensajes "amistosos" de la mujer que intentó robarte de mis brazos cuando teníamos veinte años. Y yo soy la ridícula.

Antes de que pudiera responder, el teléfono volvió a cobrar vida. Esta vez no era un mensaje. Era una llamada. La foto de Victoria —una mujer rubia, con una sonrisa de absoluta confianza y un traje impecable— llenó la pantalla.

Anna miró la foto. Luego me miró a mí. Su sonrisa se volvió aún más amplia, lo cual era la señal definitiva de que estaba a punto de estallar de la forma más caprichosa posible.

—Vaya —dijo Anna, su voz ahora goteando un veneno azucarado—. Veo que los años han sido muy generosos con “Vicky”. Se nota que el aire de la justicia le sienta bien.

—Anna, por favor. Tengo que contestar. Es sobre Margaret. Necesito que Victoria empiece el proceso antes de que los abogados de los Gruger se despierten y bloqueen las cuentas.

—No, no, por favor —Anna dio un paso atrás, haciendo un gesto dramático con la mano hacia la puerta de la habitación de Catalina—. No permitas que mi “ridícula” presencia interfiera con tu importante conferencia con tu salvadora rubia. De hecho, me siento un poco cansada. Creo que lo mejor será que regrese con mi hija. Catalina me necesita, y ella, al menos, no tiene una lista de ex novias abogadas llamándola a medianoche.

—Anna, sé que estás celosa y es ridículo. Tenemos cincuenta años, no veinte.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 17.04.2026

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