Anna de la Vega
Han pasado apenas unos días desde que Catalina fue dada de alta del hospital. Los médicos fueron claros: debía tomar su nueva medicación todos los días, a la misma hora, sin falta. Debía descansar, evitar el estrés, y aceptar que su cuerpo ya no podía sostener el ritmo que ella misma se imponía.
Catalina, sin embargo, seguía siendo Catalina. Pasaba las noches en el departamento de Elena, pero durante el día insistía en trabajar desde su habitación en el hotel, bajo la supervisión de Alejandro y con la mirada constante de Elena, que la recogía al final de cada jornada para asegurarse de que no estuviera sola. Yo, como madre, debería sentirme preocupada por esa rutina, pero en realidad me tranquilizaba. Sabía que Elena cuidaba de ella con una dedicación que pocas veces había visto en alguien.
Las cosas con Eleni, la madre de Elena, también habían cambiado. Después de aquella escena de celos en el hospital, hablamos. Nos perdonamos. Fue difícil, sí, pero necesario. Decidimos llevar las cosas con calma, por el bienestar de nuestras hijas.
Ese sábado, decidí visitar el restaurante de Elena. Sabía que había muchas cosas que debíamos hablar: cosas de suegra y nuera, sí, pero también de mujeres que compartían un pasado y que ahora se encontraban unidas por un futuro inesperado.
El restaurante estaba tranquilo. Era temprano en la mañana, y las mesas aún estaban vacías. Elena me recibió con una sonrisa cálida, esa sonrisa contenida que siempre parece esconder más de lo que muestra. Me ofreció té, como si ya intuyera el motivo de mi visita.
Nos sentamos frente a frente. Al principio hablamos de cosas triviales: el clima, el trabajo, la rutina. Pero pronto la conversación se tornó más seria.
—Quiero contarte la verdad sobre tu madre y yo —le dije, con voz firme.
Elena me miró en silencio, esperando.
—Eleni y yo tuvimos una relación. No fue un secreto para nosotras, pero sí para el mundo. Nos conocimos en cuando estaba en segundo año de la universidad, y desde el primer momento supe que ella sería mi tormenta y mi refugio. Era intensa, magnética, imposible de ignorar. Yo… me dejé llevar.
Elena bajó la mirada hacia su taza, como si intentara procesar cada palabra.
—¿Y qué pasó? —preguntó, con voz contenida.
Suspiré.
—Pasó la presión de nuestras familias. Pasó el miedo. Pasó Victoria, que siempre estaba cerca de Eleni, coqueteando, provocándome. Nunca hubo sentimientos entre ellas, lo sé, pero Victoria disfrutaba verme arder de celos. Y yo… me desgasté.
Le conté todo. Las peleas, las cartas que nos enviábamos, las promesas que se rompieron sin explicación. Le hablé de cómo, de un momento a otro, las cartas dejaron de llegar, y cómo la distancia se convirtió en silencio.
Elena escuchaba con atención. Yo podía ver en sus ojos la lucha interna: comprender a su madre, comprenderme a mí, comprenderse a sí misma.
La conversación giró hacia Catalina.
—¿Qué sientes por ella? —pregunté, con suavidad.
Elena se quedó en silencio unos segundos.
—No lo sé. Tal vez estoy empezando a sentir algo. Pero no estoy segura de qué es.
Sonreí con ternura.
—No apresures tus sentimientos. Si lo haces, podrías terminar confundiendo las cosas. Y eso solo las lastimaría a ambas.
Ella asintió, con esa seriedad que la caracteriza.
—No quiero lastimarla —dijo, con voz quebrada.
—Entonces sé honesta. Con ella y contigo misma.
Pasamos horas hablando. Yo le conté historias de Catalina: sus manías, sus fobias, sus momentos humildes, sus vergüenzas. Historias que solo una madre conoce y que, compartidas, se convierten en un puente. Elena reía a veces, se sonrojaba otras. Yo podía ver cómo, poco a poco, el hielo en su corazón comenzaba a resquebrajarse.
Al final, cuando nos despedimos, sentí que algo había cambiado. Elena ya no era solo la mujer que cuidaba de mi hija. Era alguien que empezaba a abrirse, a aceptar que los sentimientos no se controlan con disciplina ni con distancia.
...
La tarde caía sobre Londres. En una oficina discreta, Eleni y Victoria discutían en voz baja. Los papeles sobre la mesa hablaban de investigaciones, de pruebas, de nombres que debían ser expuestos. El objetivo era claro: hacer caer a Margareth, la mujer que había tejido una red de crímenes y manipulaciones durante años.
—No podemos arriesgarlas —dijo Eleni, con firmeza—. Ni a Elena ni a Catalina.
Victoria asintió.
—Lo sé. Pero necesitamos avanzar. Tenemos contactos en periódicos, en noticieros nacionales e internacionales. Y contamos con alguien dentro de la policía, en el área de crímenes graves. Si logramos que la información salga a la luz, Margareth no podrá escapar.
Un viejo amigo estaba con ellas, alguien con conexiones en los medios, dispuesto a ayudar. La tensión en la sala era palpable.
De pronto, la puerta se abrió.
Catalina entró, sorprendida.
—¿Qué es todo esto?