Bajo control

26

Eleni Onassis

Londres se había sumido en una extraña quietud, una de esas calmas tensas que preceden a las tormentas que lo arrancan todo de raíz. Habían pasado unos días desde que Margaret Gruger, acorralada por las pruebas que Victoria y yo lanzamos al mundo, había huido hacia sus propiedades en Irlanda. Para el resto del mundo, la gran Lady Margaret se estaba tomando un retiro por “motivos de salud”. Para mí, ella era un animal herido, y un animal herido es diez veces más peligroso porque ya no tiene nada que perder.

Gracias a la influencia de Victoria y a su firma de abogados —posiblemente la más poderosa de toda Europa—, yo gozaba de una protección política que Margaret nunca previó. Tenía el respaldo de contactos diplomáticos en Grecia e Italia y una red de seguridad legal que me hacía intocable en suelo británico... al menos en los papeles. Pero los papeles no detienen las balas, ni frenan el odio de una mujer que ha visto su imperio de papel arder hasta los cimientos.

El plan estaba listo. Pero el precio del éxito era el engaño hacia las dos personas que más amaba.

—¿Estás segura de esto, Eleni? —me preguntó Anna esa mañana, mientras desayunábamos en el pequeño apartamento que servía de refugio. Sus ojos, siempre perspicaces, me analizaban con una mezcla de amor y una sospecha que me revolvía el estómago.

—Es solo una reunión técnica con la policía y los abogados de los Gruger, Anna —mentí, bajando la vista hacia mi café. Odiaba mentirle. Después de treinta y un años perdidos, cada segundo de deshonestidad me pesaba como una losa—. Margaret está terminada. Solo necesitamos concretar los términos de su rendición.

Elena, que estaba sentada frente a nosotros, me miró con una seriedad que me recordaba tanto a mí misma cuando era joven que me dolió.

—Mamá, esa mujer no se rinde. No es su estilo —dijo Elena, cruzando los brazos—. No me gusta que vayas sola a esa supuesta reunión.

—No voy sola, cariño —respondí, forzando una sonrisa tranquilizadora—. Victoria estará conmigo. Y el capitán Miller, tiene a su equipo de élite vigilando cada entrada. Estaré más segura que la mismísima Reina.

Era una verdad a medias. Una de esas mentiras piadosas que usamos las madres para que nuestros hijos puedan dormir una noche más sin pesadillas. Lo que no les dije fue que yo misma había llamado a Margaret. Le había ofrecido un trato que ella, en su desesperación, no podría rechazar: a cambio de retirar los cargos de homicidio negligente por el vuelo 412, yo le entregaría a Elena. Le dije que Elena estaba cansada de huir y que yo prefería ver a mi hija bajo el control de los Gruger que verla muerta o en la miseria.

Era el cebo perfecto. Margaret creía que yo era igual de ambiciosa que ella. Creía que mi instinto de supervivencia superaba mi amor maternal. Y esa sería su perdición.

El hangar 12 del aeropuerto de Biggin Hill estaba sumido en una penumbra aceitosa. El olor a combustible y metal viejo impregnaba el aire frío de la noche. En el centro del espacio, una avioneta Cessna descansaba con las alas cubiertas de polvo, como un pájaro herido que nunca volvería a volar.

Victoria estaba escondida tras unos contenedores de carga, a pocos metros de mí. Su esposo, el capitán Miller, un hombre de hombros anchos y mirada de granito, tenía a sus francotiradores posicionados en las vigas superiores. Todo estaba milimétricamente calculado.

Eleni, está entrando —la voz de Miller sonó en mi auricular diminuto—. Vehículo identificado. Viene con dos hombres. Mantén la calma. Estamos aquí.

El sonido de un motor rompió el silencio del hangar. Un sedán oscuro se detuvo a pocos metros de donde yo estaba. La puerta se abrió y ella bajó. Lady Margaret Gruger ya no lucía como la aristócrata impecable de los salones de té. Su cabello estaba ligeramente desordenado y su abrigo caro parecía pesarle. Sus ojos, sin embargo, brillaban con el mismo fuego demente de siempre.

—¿Dónde está ella? —preguntó Margaret, sin rodeos. Su voz resonó en el hangar como el chasquido de un látigo.

Caminé unos pasos hacia adelante, manteniendo mis manos a la vista, simulando una sumisión que me daba náuseas.

—Está en la oficina de atrás, Margaret. Sedada. No fue fácil convencerla, pero ambas sabemos que este es el único camino para que las aguas vuelvan a su cauce. Tú recuperas a tu heredera y yo recupero mi libertad y mi vida en Italia.

Margaret se acercó, escrutando mi rostro en busca de una grieta. Se detuvo a tres metros.

—Siempre supe que eras una oportunista, Eleni. Una griega muerta de hambre que solo buscaba nuestra sangre para alimentarse. Me alegra ver que, al final, has recuperado el sentido común. Entrégame a Elena y desaparece de este país para siempre.

Solté una risa suave, una risa que nació desde el fondo de mis pulmones y que llevaba cargada el veneno de treinta años de opresión.

—¿Sabes qué es lo más gracioso, Margaret? —dije, enderezándome y dejando caer la máscara de madre arrepentida—. Que después de tanto tiempo, sigues pensando que todos somos tan miserables como tú.

Margaret frunció el ceño, su mano descendiendo lentamente hacia el bolsillo de su abrigo.

—¿De qué hablas? Trae a mi nieta ahora mismo.

—No hay ninguna oficina, Margaret. Y Elena está a kilómetros de aquí, a salvo, durmiendo en un lugar donde nunca podrás tocarla —mi sonrisa se ensanchó, llena de una satisfacción amarga—. Jamás tuve la intención de entregarte a mi hija. Solo quería que salieras de tu agujero en Irlanda. Quería verte la cara cuando te dieras cuenta de que has perdido.

El rostro de Margaret se transformó. No fue solo ira; fue una metamorfosis hacia la locura pura. Su piel se puso roja y sus ojos parecieron salirse de sus órbitas.

—¡Maldita seas! —gritó.

En un movimiento que nadie previó por su rapidez, Margaret sacó un revólver de su abrigo. No era el arma de un profesional, era una pieza antigua, de cañón corto, pero igual de letal.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 11.05.2026

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