Elena Gruger Onassis
Londres tiene una forma particular de volverse asfixiante cuando el silencio es lo único que habita una habitación. Eran casi las diez de la noche. Cuatro horas. Doscientos cuarenta minutos desde que mi madre, mi madre, cruzó la puerta de este departamento con una sonrisa demasiado tranquila y una promesa de “volver pronto” tras una supuesta reunión técnica con sus abogados.
En ese momento, yo no tenía ni idea de que la calma en su rostro era una máscara perfectamente esculpida. No sabía que, mientras ella se despedía de mí con un beso en la frente, estaba despidiéndose de la vida tal como la conocíamos para caminar directamente hacia la boca del lobo.
Anna caminaba de un lado a otro en la sala, como una leona enjaulada que presiente el fuego antes de ver el humo. Su elegancia habitual parecía estar sostenida por hilos invisibles a punto de romperse. Catalina, sentada a mi lado en el sofá, me apretaba la mano con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. A nuestro lado, Alejandro y Katherine intentaban, con una paciencia heroica, mantener la cordura en el ambiente.
—Elena, respira —me dijo Catalina en un susurro, acariciando mi dorso con el pulgar—. Eleni es una mujer con recursos. Victoria está con ella. Seguramente la reunión se extendió por los protocolos. Sabes cómo son de lentos con la burocracia.
—Cuatro horas no son burocracia, Catalina —intervino Anna, deteniéndose en seco y mirando hacia la ventana empañada por la llovizna londinense—. Conozco a Eleni. Ella me prometió que me enviaría un mensaje en cuanto terminara la primera fase. El silencio de Eleni es un grito que no quiero escuchar.
El aire en el salón se sentía denso, como si estuviéramos sumergidos en agua. Intenté convencerme de que Catalina tenía razón, pero mi instinto, ese que había desarrollado durante años de ausencia materna y miedos enterrados, me decía que algo se había quebrado.
A las diez y cuarto, la angustia se volvió insoportable. Me levanté del sofá, con el corazón martilleando contra mis costillas.
—Voy a llamarla —dije, mi voz sonando ronca, extraña para mis propios oídos.
Saqué el teléfono del bolsillo. Mis dedos temblaban tanto que casi se me resbala. Empecé a buscar el contacto de “Mamá“, un nombre que apenas había recuperado hacía unos días y que todavía me resultaba milagroso tener en mi agenda. Pero antes de que pudiera pulsar el icono de llamada, la pantalla cobró vida propia.
El nombre de Victoria apareció en letras grandes.
El tiempo se detuvo. Anna se giró hacia mí con una rapidez aterradora. Catalina se puso en pie. Todas las alarmas de la habitación se dispararon al unísono sin necesidad de sonido. Sabíamos que, si Victoria llamaba desde el teléfono de mi madre o en su lugar, la “reunión técnica” había sido cualquier cosa menos técnica.
Contesté y puse el altavoz con manos torpes.
Lo primero que escuché no fue una voz. Fue el sonido desgarrador de una sirena de ambulancia, un aullido metálico que atravesó el salón y nos heló la sangre. De fondo, se oían gritos amortiguados, el pitido de monitores médicos y la voz tensa de los paramédicos dando instrucciones de urgencia.
—¿Elena? —La voz de Victoria sonó rota, jadeante, cargada de una desesperación que nunca asociaría con la abogada más implacable de Europa.
—Victoria, ¿dónde está mi madre? —grité, sintiendo que el suelo empezaba a desaparecer bajo mis pies.
—Elena, escúchame bien. Estamos en camino al hospital St. Mary’s. Hubo… hubo complicaciones. Margaret… ella estaba allí. Eleni nos mintió a todos, Elena. Ella no fue a una reunión. Se usó a sí misma como carnada para atraer a Margaret a un hangar. La policía la tiene, Margaret está arrestada, pero… —Victoria hizo una pausa que duró una eternidad—. Margaret le disparó. Ella está herida, Elena. Muy herida.
El grito que escapó de la garganta de Anna fue un sonido que jamás olvidaré. Fue el lamento de una mujer a la que le arrancaban el alma por segunda vez en la vida. Yo me quedé muda, el teléfono casi cayéndose de mi mano mientras la voz de Victoria seguía dando detalles que mi cerebro se negaba a procesar.
—Vamos para allá —fue lo único que pudo decir Alejandro, tomando el control de la situación mientras yo me hundía en un pozo de terror puro.
Salimos del departamento como un torbellino de caos y angustia. Katherine tomó las llaves del coche; fue una decisión práctica, ya que Anna estaba al borde de un colapso nervioso y mis manos eran incapaces de sostener un volante. Catalina y Alejandro subieron detrás conmigo. Ellos no conocían Londres lo suficiente como para navegar el tráfico nocturno con la urgencia que requeríamos, pero Katherine manejó como si la vida de todos nosotros dependiera de cada semáforo saltado. Y así era.
El trayecto al hospital fue una mancha borrosa de luces de neón y lluvia. Nadie hablaba. Solo se escuchaba la respiración entrecortada de Anna y el murmullo de Catalina rezando en voz baja, o quizás simplemente repitiendo mi nombre para mantenerme presente. Yo solo podía pensar en una cosa: No otra vez. No puedes morir otra vez cuando acabas de volver.
Cuando llegamos a la entrada de Urgencias, el coche ni siquiera se había detenido por completo cuando Anna y yo ya estábamos fuera. Corrimos hacia la recepción, el olor a desinfectante y hospital golpeándonos como una bofetada.
—¡Eleni Onassis! ¡Acaban de traerla! —grité a la enfermera de recepción, golpeando el mostrador con desesperación.
Antes de que la mujer pudiera responder, el estruendo de una ambulancia llegando a la bahía de emergencias nos hizo girar. Las puertas traseras se abrieron de golpe. Una camilla salió disparada, rodeada de médicos y enfermeros que corrían al ritmo de los latidos artificiales de una máquina.
Y ahí estaba ella.
Vi a mi madre, pálida como el mármol, con una máscara de oxígeno cubriéndole el rostro y el pecho cubierto de vendas que ya no eran blancas, sino de un rojo intenso y aterrador. Sus ojos estaban cerrados. Parecía tan pequeña, tan frágil bajo esas luces blancas y crudas, lejos de la mujer invencible que siempre había pretendido ser.