Bajo control

28

Elena Gruger Onassis

La luz del amanecer en los hospitales no tiene la calidez del sol que entra por la ventana de una casa; es una claridad grisácea, clínica, que se filtra por las persianas metálicas recordándote que el mundo ha seguido girando mientras tú estabas suspendida en una pesadilla. El reloj de pared de la Unidad de Cuidados Intensivos avanzaba con un tic-tac metálico que parecía marcar el ritmo de mi propia ansiedad. Faltaba media hora para las ocho de la mañana.

Habían pasado horas desde que el cirujano nos dio la noticia del milagro. Mi madre, Eleni, estaba allí, conectada a monitores que dibujaban valles verdes de vida en las pantallas. Su rostro, aunque todavía pálido, empezaba a recuperar una tonalidad que no era la de la muerte.

Miré a Anna, que estaba sentada al otro lado de la cama. Sus ojos estaban inyectados en sangre por la falta de sueño y la angustia acumulada de tres décadas. Parecía una estatua de mármol que se negaba a desmoronarse.

—Anna —susurré, rompiendo el silencio—. Deberías irte con Catalina al departamento. Necesitan descansar. Yo me quedaré cuidando a mi madre. Te llamaré en cuanto abra los ojos.

Anna levantó la vista y me dedicó una sonrisa triste, de esas que solo las madres —o las mujeres que han amado profundamente— saben dar.

—No, Elena. Tú eres la que debería irse. Tienes el peso de todo este mes sobre los hombros. Ve con Catalina, descansen un par de horas. Yo he esperado treinta y un años para volver a verla; unas horas más pegada a esta silla no me van a matar.

Continuamos en ese tira y afloja silencioso, una disputa de sacrificio y amor, hasta que el reloj marcó las ocho en punto. Un sonido agudo y rítmico rompió la atmósfera: era la alarma del teléfono de Catalina.

En un rincón de la habitación, acurrucada de forma inverosímil en un sofá demasiado pequeño, Catalina se despertó sobresaltada. Se frotó los ojos con los puños, luciendo desorientada por un segundo hasta que la realidad del hospital la golpeó de vuelta.

—La medicina… —murmuró con voz ronca.

Catalina empezó a buscar frenéticamente en los bolsillos de su chaqueta y luego revolvió su bolso con una urgencia que me hizo sonreír a pesar del cansancio. Sabía lo que venía. La conocía demasiado bien.

—No la encuentro —dijo, mirándome con una mezcla de pánico y vergüenza—. Con las prisas de anoche… creo que la dejé sobre la mesa de la cocina. Otra vez.

Anna suspiró, negando con la cabeza.

—Catalina, por Dios. Tu salud no es algo con lo que puedas ser tan descuidada —la reprendió Anna, aunque su tono era más de cansancio que de ira—. Casi nos das un infarto hace unos días. No puedes permitirte estos olvidos.

Yo me puse en pie lentamente. Sentí el entumecimiento en mis piernas mientras metía la mano en el bolsillo interior de mi saco. Saqué un pequeño frasco de cristal que contenía una reserva de emergencia de sus pastillas.

—Tómala, anda —dije, entregándosela junto con un vaso de agua que estaba en la mesita de noche—. Te conozco, Catalina. Sé que tu cabeza está en mil sitios cuando te preocupas por los demás, así que empecé a cargar con un repuesto hace días.

Catalina tomó el frasco con una mirada de absoluta adoración y alivio.

—Eres mi ángel de la guarda, cariño. Lo juro.

—Y tú eres una despistada irresponsable —añadí con una ceja levantada, uniéndome al sermón—. Anna tiene razón. No siempre voy a estar a un centímetro de ti con una reserva de emergencia. Tienes que ser consciente de que si tú no te cuidas, no puedes cuidar a nadie más.

—Lo sé, lo sé —respondió ella, tragando la pastilla—. Prometo que de ahora en adelante la llevaré pegada a la frente si es necesario.

Mientras Anna y yo terminábamos de sermonearla, Catalina se quedó de piedra, mirando por encima de mi hombro hacia la cama de hospital.

—Elena… mamà… —susurró, señalando con el dedo.

Nos giramos al unísono. Mi madre estaba moviendo los dedos de la mano derecha. Sus párpados temblaban, luchando contra el peso de la anestesia y el trauma. Un quejido casi imperceptible escapó de sus labios bajo la máscara de oxígeno.

—¡Mamá! —exclamé, acercándome a su rostro.

Anna se levantó de un salto, presionando el botón de llamada para las enfermeras mientras mamà abría los ojos lentamente. Su mirada estaba turbia al principio, enfocándose en el techo blanco y luego, con un esfuerzo sobrehumano, giró la cabeza hacia nosotras.

El médico llegó en menos de dos minutos. Nos pidió que saliéramos un momento mientras realizaba las pruebas de respuesta básicas. Fueron los sesenta minutos más largos de la mañana. Paseamos por el pasillo, tomando cafés de máquina que sabían a cartón, esperando la sentencia final.

Finalmente, el doctor salió con una expresión de genuina satisfacción.

—Está fuera de peligro —anunció—. La recuperación será lenta y dolorosa, los puntos de la cirugía abdominal son delicados, pero su corazón es fuerte y sus pulmones están respondiendo bien. Necesitará reposo absoluto, nada de estrés y mucha paciencia. Pueden entrar, pero traten de no alterarla.

Entramos en la habitación como si estuviéramos entrando en un templo. Mi madre ya no tenía la máscara de oxígeno, solo unas cánulas nasales. Al vernos, intentó sonreír, aunque el gesto le causó una mueca de dolor.

—Hola, pequeñas… —susurró con una voz que parecía venir de un pozo profundo.

—Ni se te ocurra decir “hola” como si nada —dije, sentándome en el borde de su cama, tomando su mano—. ¿En qué estabas pensando, mamá? ¿Usarte como carnada? ¿Mentirnos así? Casi te perdemos. Casi pierdo a mi madre otra vez el mismo mes que la recuperé.

—Fue imprudente, Eleni —añadió Anna, con los ojos volviendo a llenarse de lágrimas, pero esta vez de rabia y alivio mezclados—. Podrías haber muerto en ese hangar. Podríamos estar enterrándote hoy en lugar de hablar contigo. No vuelvas a tomar una decisión así de arriesgada sin consultarme. Jamás.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 11.05.2026

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