Bajo control

29

Elena Onassis

El aire en el departamento de mi madre, Eleni, estaba saturado. No era solo el calor residual de una tarde londinense inusualmente tibia, sino el peso de las palabras “propiedad”, “litigio” y “restitución”. Habían pasado apenas unos días desde que le dieron el alta, y aunque su cuerpo parecía estar recuperándose, su mirada delataba que su alma todavía estaba intentando aterrizar en esta nueva realidad.

Estábamos todos allí, apretujados entre carpetas de cuero y computadoras portátiles. Victoria, con su impecable traje sastre, dirigía a un grupo de abogados que parecían haber sido esculpidos en mármol. Frente a ellos, mi madre intentaba seguir el ritmo de una conversación que se movía demasiado rápido para alguien que acababa de pasar años en las sombras.

—Eleni, según los registros que hemos recuperado, los Gruger no solo absorbieron las cuentas bancarias tras tu supuesta muerte —explicó Victoria, deslizando un documento sobre la mesa—. Se apoderaron sistemáticamente del legado Onassis. Estamos hablando del restaurante principal en Skopelos, aquel que tu abuelo fundó frente al mar Egeo. Pero no se detuvieron allí. Tomaron el control de los dos establecimientos en Italia, incluyendo el pequeño hotel boutique en la Toscana, y el restaurante de alta cocina en San Sebastián, España.

Escuchar el nombre de San Sebastián me hizo desviar la mirada instintivamente hacia Catalina. Ella estaba sentada a mi lado, su mano rozando apenas mi rodilla debajo de la mesa, un ancla silenciosa en medio de la tormenta. Al lado de su madre, Anna, y su primo Alejandro, los Ledesma intentaban asesorar a mi madre con una delicadeza que me conmovía. Anna conocía el valor de esos nombres; para ella no eran solo activos, eran pedazos de historia.

—Es demasiado —susurró mi madre, llevándose una mano a la sien—. A todo eso tengo que sumar el pequeño local que abrí en Italia mientras estaba... escondida. Victoria, no sé si puedo con esto. Yo solo quería recuperar mi nombre, no un imperio.

Alejandro intentó intervenir, señalando un gráfico de rentabilidad, mientras Anna le hablaba de la importancia de la gestión delegada. Pero yo veía a mi madre. Sus hombros estaban caídos. La piel debajo de sus ojos se veía traslúcida, casi gris. Había regresado de la muerte para encontrarse con una montaña de responsabilidades que amenazaban con enterrarla de nuevo.

Sentí un ligero toque en mi brazo. Era Katherine. Ella estaba un poco apartada, observando la escena con ese ojo clínico que tiene para detectar cuando algo en la cocina —o en la vida— está a punto de quemarse. Me hizo una seña para que me acercara.

—Elena —me susurró al oído, su voz cargada de una preocupación genuina—. Mira a tu madre. No ha dejado de frotarse las manos en los últimos diez minutos. Si no detenemos esto ahora, va a tener un colapso antes de que sirvan el primer café. Acaba de salir del hospital, por Dios. Estos tiburones legales no tienen interruptor de apagado.

Miré a Katherine y luego a mi madre. Tenía razón. Katherine siempre veía lo que yo, cegada por mi propio estrés, a veces pasaba por alto.

—Tienes razón —asentí, sintiendo un nudo en el estómago—. Necesita descansar. Todos necesitamos respirar.

Me acerqué al centro de la mesa, interrumpiendo a un abogado que estaba hablando sobre leyes de sucesión en Grecia.

—Basta —dije, y mi voz de “jefa de cocina” salió a relucir, firme y sin espacio para réplicas—. Por hoy es suficiente. Mi madre acaba de recibir el alta y esta reunión parece un juicio final. Victoria, gracias por los avances, pero vamos a continuar mañana.

Victoria cerró su carpeta con un clic seco, asintiendo con una sonrisa de disculpa. Catalina me miró con orgullo, mientras Eleni soltaba un suspiro que pareció vaciarle el pecho de toda la tensión acumulada.

—Gracias, hija —murmuró Eleni, cerrando los ojos por un momento—. Mi cabeza no admite un número más.

Con los abogados fuera del departamento, el ambiente se relajó de inmediato. Alejandro se aflojó la corbata, Anna empezó a recoger las tazas de café y Catalina se estiró como un gato, soltando un gemido de cansancio.

—Bueno —dijo Alejandro, frotándose el estómago—, después de tanto hablar de restaurantes, me ha dado un hambre criminal. ¿Qué vamos a cenar? Yo voto por algo rápido. ¿Pizza?

Sentí cómo se me iluminaba la cara por un segundo. La pizza era mi debilidad, mi lugar seguro.

—Yo apoyo la moción —dije con una sonrisa—. Hay un lugar aquí cerca que...

—¡NI SE TE OCURRA! —gritaron Katherine, Eleni y Catalina al unísono.

Me quedé con la palabra en la boca, parpadeando confundida.

—Elena, cariño, te amamos —dijo Katherine, poniéndose una mano en el pecho con dramatismo—, pero no vamos a pasar por otro “coma de carbohidratos” hoy. Mañana tenemos que seguir con los trámites legales y no voy a permitir que estés indispuesta porque tu estómago decidió declararse en huelga.

—Es por tu bien, hija —añadió mi madre con una sonrisa tierna pero firme—. El “mal de puerco” en ti es una condición médica seria.

Catalina se rió por lo bajo, acercándose a mí.

—Elena, amor, te prefiero despierta y funcional. Pidamos pasta. Algo con verduras, ligero. No quiero que mi chef favorita esté fuera de servicio mañana

Tras varios minutos de debate donde intenté defender mi honor, y mi derecho a la masa de pizza, perdí la batalla. Pedimos pasta de un local italiano cercano. Comimos entre risas, lejos de los documentos legales. Por un momento, no éramos herederas, ni chefs, ni abogadas; éramos un grupo de personas que, contra todo pronóstico, habían encontrado una extraña forma de familia.

Al terminar la cena, el grupo empezó a dispersarse. Alejandro y Anna se despidieron para regresar al hotel, no sin antes prometer que estarían allí temprano al día siguiente. Catalina me dio un beso lento en la mejilla antes de irse con ellos, un gesto que me dejó el corazón latiendo a un ritmo irregular.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 11.05.2026

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