Hellooooooooo!
Este libro me emociona muchisimo por el hecho de que es el segundo de este gran universo que se le ocurre a mi cabeza y el primero con el que juego con una literatura más madura, espero estar incurionandome de la manera correcta. Igual quiero decir que yo solo hago textos narrativos, obras, en ningun momento algo de lo que está quí dentro promueve o incita conductas que se puedan considerar delitos. Muchas gracias por el apoyo que me han dado y muy pronto actualización de Be the light y cuando llegue a la parte correcta que ya es en unos capítulos más comenzaré a publicar "¿Quién soy?". Igual no se olviden de seguime en mis redes, en instagram como @itsbabymia_writes, facebook, wattpad, threads y aquí, a veces soy primicias o regalitos.
Bonito día y disfruten.
El humo aún salía del fuselaje cuando abrí los ojos. El aire sabía a metal caliente y a caucho quemado; una capa fina de hollín picaba en la garganta. A unos pasos, Dick yacía semicubierto por el caos: la camiseta manchada de sangre en el hombro derecho, la respiración entrecortada. Todo había salido mal y, aun así, mi primer impulso fue contar sus dedos, como si de algún modo eso pudiera asegurar que seguía allí.
—¿Cómo diablos llegamos a esto? —me pregunté, antes de que los helicópteros empezaran a rasgar la distancia con su sonido.
El problema de enamorarse de tu compañero de misiones no es el riesgo de morir.
Es el riesgo de distraerte justo cuando él te mira, justo cuando el enemigo apunta.
A veces pienso que Dick y yo funcionamos porque la adrenalina no nos deja pensar en otra cosa. Porque cuando todo se descompone, porque el plan falla o la trayectoria del proyectil se equivoca, nos quedamos con lo esencial: respiramos, nos cubrimos, nos salvamos el uno al otro. Y, en alguna grieta de ese instinto, aparecen los besos, las palabras que no parecen importantes hasta que son lo único que queda.
Les daré contexto, porque sé que en este punto cualquiera estaría preguntándose cómo carajo llegamos a todo esto.
Todo empezó ese maldito día.
Su primer día en la base.
Trabajo para SIEDSA, la Secret and Intelligent Espionage, Defense and Surveillance Agency. En resumen, la agencia británica que hace que el MI6 parezca un grupo de aficionados con trajes caros.
Entré a la academia a los dieciocho, salí con un título en Medicina General, especialidad en Urgencias Médicas y el rango de Agente de Campo. También soy políglota: Deutsch, Français, English, Español, عربي y Русский. Se supone que solo pedían tres idiomas para ingresar, pero ya saben… nunca fui buena con los límites.
En fin, volviendo al punto: ese día llegué con una carpeta pegada al pecho y la sonrisa ensayada de quien sabe fingir interés en cosas que no le interesan.
Al entrar a la Sala de Operaciones, el aire olía a café recalentado y tensión. Todos los agentes estaban en sus asientos, esperando que iniciara la reunión a la que, por supuesto, yo llegaba tarde.
Siempre era la última en llegar.
Y, sinceramente, me encanta esa breve pausa en la habitación cuando todos levantan la vista. Esa atención involuntaria.
—Tarde, agente Moreau —me reprendió el director Elías Mercer, sin molestarse en disimular la exasperación.
—Yo nunca llego tarde —repliqué con calma, tomando asiento en la primera fila—. Los demás simplemente llegan demasiado temprano.
Un par de risas contenidas se escucharon en la sala. Elías alzó una ceja, pero dejó pasar el comentario.
—Bien. Ya que nuestra última agente ha decidido honrarnos con su presencia, podemos comenzar.
Se acomodó el saco y echó una mirada de reojo, esa que solía usar cuando dudaba entre reprenderme o promoverme.
—Tengo un anuncio importante. Quiero que todos conozcan a Richard John Grayson.
Las cabezas se giraron hacia la puerta.
—Ha trabajado durante años en operaciones encubiertas y de alto riesgo. Es probable que no lo hayan visto antes, y eso es exactamente como debía ser —dijo Mercer, con ese tono de voz que hacía parecer todo un asunto de Estado.
Las puertas se abrieron.
Y ahí estaba.
El tipo que iba a cambiarlo todo.
Las puertas se abrieron con un leve chirrido metálico.
Dick atravesó el umbral con paso firme, seguro, casi ensayado. El tipo sabía cómo hacer una entrada.
Genial. Alguien me había superado en eso.
—Gracias, Elías —dijo, estrechando la mano de Mercer con una sonrisa que parecía sacada de un comercial de relojes caros.
El director lo recibió con orgullo, como un profesor que presentaba a su alumno estrella.
—Es un honor estar aquí —continuó Dick—. Ser parte de este equipo es un privilegio. He oído que esta base tiene a los mejores agentes de SIEDSA… y elegí venir precisamente por eso. —Hizo una breve pausa, sus ojos buscando los míos—. En especial por la agente Moreau. He escuchado muchas historias sobre ella. Espero poder trabajar con ella alguna vez.
No apartó la mirada en ningún momento.
Yo sí.
O, al menos, lo intenté.
—Ya que la admiras tanto —intervino Mercer con un tono demasiado satisfecho—, tendrás tu oportunidad. Desde hoy, serás su compañero.
Silencio.
Pude jurar que el muy desgraciado sonrió.
—Es un honor para mí… pero… no quiero incomodar… si la señorita Moreau no está de acuerdo… — dijo Dick con esa sonrisa suya, la que parecía hecha para ganarse a cualquiera.
Lo interrumpí antes de que terminara su teatrillo.
—No me incomoda —dije con frialdad—, pero no estoy de acuerdo. Y si tanto te preocupa mi opinión, no acepto.
El murmullo que se formó en la sala fue inmediato. Mercer levantó una ceja, exasperado.
—¡Agente Moreau! —me reprendió, y el eco de su voz bastó para callar a todos.
Suspiré y bajé la mirada hacia mis carpetas, fingiendo interés.
Genial.
—No hay discusión —sentenció Mercer con ese tono que helaba el aire—. Serán compañeros y punto.
Hizo una pausa, clavando su mirada en mí.
—Incluso si a Kaia le molesta.
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Editado: 06.03.2026