Bajo Control

Capítulo 2

Salir de la oficina de Mercer no mejoró mi humor.

De hecho, lo empeoró.

Caminé por el pasillo con mi bolso colgado del hombro, los tacones marcando el ritmo exacto de mi fastidio contra el suelo impecable de SIEDSA. Todos parecían demasiado tranquilos para mi gusto. Demasiado funcionales. Demasiado ordenados. Como si el mundo no estuviera lleno de idiotas incompetentes, jefes insoportables y compañeros fantasmas que desaparecen cuando más se les necesita.

Grayson.

Solo pensar en su apellido me hacía rodar los ojos.

No lo había visto en persona desde la asignación oficial de la misión y, honestamente, tampoco me estaba quitando el sueño. Si él quería hacerse el misterioso, perfecto. Yo no estaba ahí para perseguir hombres que se creen demasiado importantes como para responder una maldita llamada.

Yo tenía una misión.

Y si había algo que sí sabía hacer bien, era cumplirla.

Seguí caminando hasta el elevador privado, entré y apreté el botón del estacionamiento subterráneo. En cuanto las puertas se cerraron, solté el aire con fuerza y me recargué en la pared espejada.

Mi reflejo me devolvió la misma expresión dura de siempre. Cabello impecable. Maquillaje limpio. Postura perfecta. Control absoluto.

Eso era lo que veía todo el mundo cuando me miraba.

Control.

Lo que nadie veía era el ruido constante detrás de él. El cálculo. La vigilancia. La necesidad casi enfermiza de tener todo bajo control porque en esta clase de trabajo, si no eras tú quien movía las piezas, tarde o temprano te convertías en una de ellas.

Y yo no nací para ser peón de nadie.

Las puertas del elevador se abrieron y salí directo al estacionamiento. Caminé hasta mi coche, abrí la puerta y me deslicé al asiento del conductor. Antes de encenderlo, saqué mi celular del bolso.

Ningún mensaje nuevo.
Ni del imbécil de Grayson.

Perfecto.

Metí el celular en el portavasos, encendí el coche y salí de SIEDSA rumbo a mi departamento. La tarde estaba cayendo sobre la ciudad con ese tono anaranjado que hacía que todo se viera demasiado bonito para lo podrido que estaba por dentro. Tráfico moderado. Gente común viviendo vidas comunes. Coches detenidos en semáforos. Personas caminando sin tener idea de cuántas cosas ocurrían todos los días detrás de oficinas blindadas, empresas fachada y nombres falsos.

A veces me preguntaba si era mejor no saber.

La respuesta siempre era no.

Porque el conocimiento era poder.

Y yo prefería cargar con la verdad antes que vivir con los ojos cerrados.

Llegué a mi departamento veinte minutos después. Estacioné, subí y apenas crucé la puerta me quité los tacones con un suspiro silencioso. El silencio del lugar me recibió de inmediato. Limpio, ordenado y frío. Justo como me gustaba.

Dejé el bolso sobre la barra de la cocina, me serví un vaso de agua y caminé hacia mi habitación. Mañana empezaba oficialmente mi integración más profunda a Kaya Grubu y eso significaba una sola cosa:

Amelia entraba en escena.

Abrí el clóset y me quedé observando la sección separada que había armado exclusivamente para esa identidad. Vestidos más suaves, tacones más estilizados, blusas con cortes más delicados, colores estratégicos. Nada demasiado provocativo, pero sí lo suficiente para que hombres como Ibrahim Kaya creyeran que podían leerme.

Ese era el error de casi todos.

Creían que porque una mujer luce de cierta manera, ya la entendieron.

Pobres imbéciles.

Saqué dos vestidos y los extendí sobre la cama. Uno crema y uno azul petróleo. Ambos eran entallados y lo suficientemente elegantes para una asistente ejecutiva. Ambos lo suficientemente discretos para no levantar sospechas… y suficientemente favorecedores para ser exactamente el tipo de mujer que Ibrahim querría cerca.

Amelia no era una agente.

Amelia era eficiente, amable, hermosa y perfectamente funcional para el ego masculino de un empresario con demasiado dinero y demasiada impunidad.

Amelia sonreía más de la cuenta. Ella era la chica que bajaba la mirada en el momento correcto. Aquella que sabía escuchar, la que sabía cuándo hablar y sobre todo sabía parecer menos peligrosa de lo que era.

Y yo odiaba lo bien que se me daba interpretarla.

Tomé el vestido azul y lo colgué aparte. Sería ese.

Luego caminé al tocador, me senté frente al espejo y empecé a quitarme los aretes con calma. Ahí, en la quietud de mi propia habitación, pude sentir por primera vez el peso real de la misión.

No por el peligro.

El peligro no me asustaba.

Lo que me incomodaba era el papel.

Tener que sonreírle a hombres como Ibrahim. Tener que permitir cierta cercanía. Tener que fingir vulnerabilidad para volverme indispensable. Tener que convertirme en una versión más tragable de mí misma para que me dejaran entrar.




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