Bajo Control

Capítulo 4

Al cuarto día dentro de Kaya Grubu entendí algo importante:

la rutina también podía ser un arma.

No todo en una misión era persecuciones, códigos secretos, armas escondidas en ligueros o tipos con traje apuntándote desde un callejón. A veces, el trabajo consistía en algo mucho más tedioso… y mucho más útil.

Observar, escuchar, memorizar y sobre todo esperar. Y honestamente, odiaba esperar.

Me gustaba la acción, el movimiento, tener piezas claras, rutas definidas, objetivos concretos. Me gustaba saber exactamente dónde estaba parada, qué tan lejos estaba el enemigo y cuánto tiempo tardaría en derribarlo.

Pero ahí, en Kaya Grubu, la información no llegaba con explosiones.

Llegaba con silencios, con conversaciones a puertas cerradas y llamadas que se cortaban cuando yo entraba. También llegaba con hombres que sonreían demasiado cuando hablaban de negocios, a través de números que no encajaban e inclusive con nombres que nadie debía pronunciar en voz alta.

Y obvio, con Ibrahim Kaya comportándose como si el mundo entero existiera para satisfacer su ego de hombre mediocre con dinero.

Ese día llegué antes de las ocho.

Vestido color crema, un blazer ligero, tacones bajos, cabello perfectamente acomodado y una expresión lo bastante dulce como para seguir siendo Amelia sin levantar sospechas. El guardia de la entrada ya me conocía, lo cual era bueno. Significaba que me estaba integrando y para ellos era peor, porque significaba que estaban dejando entrar a alguien más, y yo… yo estaba dejando de ser una intrusa.

Lo malo era que también significaba que me estaba volviendo parte del paisaje. Y eso, en una misión, podría ser peligroso.

Entré al edificio con mi gafete colgando del cuello y un café en la mano que no pensaba tomarme. Era tan solo un accesorio, un elemento más del personaje.

Amelia era de esas mujeres que llevaban café. En cambio, Kaia, ella prefería whisky, una pistola limpia y una lista de nombres.

—Buenos días, señorita Amelia —saludó la recepcionista al verme pasar.

—Buenos días, Selin —respondí con una sonrisa ligera.

Aprenderme nombres era útil. Hacía que la gente bajara la guardia.

Y Selin hablaba demasiado cuando se sentía cómoda.

Tomé el ascensor y subí al piso ejecutivo. Las puertas se abrieron con un sonido suave y el olor habitual del lugar me golpeó de inmediato: perfume caro, aire acondicionado demasiado frío y dinero mal habido disfrazado de elegancia corporativa.

Mi escritorio ya tenía tres carpetas nuevas, una agenda impresa, dos sobres cerrados y una nota escrita con la letra descuidada de Ibrahim:

A mi oficina apenas llegues.

Levanté la vista hacia la puerta de cristal esmerilado de su despacho y rodé los ojos.

Qué sorpresa.

Tomé aire, dejé el bolso en mi silla y revisé lo básico antes de entrar. Coloqué una pluma dentro de la agenda, me aseguré de que el micrófono oculto en el broche interior del blazer seguía en su lugar, que el arete transmisor fuese funcional y que el anillo-cámara, también lo era.

Todo en orden.

O, por lo menos, tan en orden como podía estar una misión donde mi compañero seguía desaparecido y mi jefe infiltrado parecía creer que el acoso laboral era parte del paquete ejecutivo.

Tomé una carpeta cualquiera para fingir utilidad y caminé hasta la oficina de Ibrahim.

Toqué una vez.

—Adelante —escuché desde dentro.

Entré.

Ibrahim ni siquiera levantó la vista al principio. Estaba revisando unos documentos con el saco colgado en el respaldo de la silla y la corbata floja, como si quisiera parecer un hombre ocupado y relajado al mismo tiempo. Y claramente no le salía.

Nunca le salía.

—Buenos días, señor Kaya —saludé con el tono correcto.

Ese tono de asistente eficiente, bien educada, amable sin ser íntima.

Él levantó la mirada y después sonrió. Eso me bastó para confirmar lo que ya sabía, y eso era que iba a odiar lo que siguiera.

—Ah… Amelia —dijo, recargándose en la silla como si verme fuera el mejor momento de su mañana—. Así da gusto empezar el día.

Forcé una sonrisa educada.

—¿Necesita algo en particular?

Sus ojos bajaron sin disimulo a mi escote antes de volver a subir.

Cerdo.

—Siempre tan directa.

Porque si me dejas hablar demasiado, te entierro una pluma en el cuello.

—Hay reuniones esta mañana —continuó—. Quiero que reorganices la agenda, canceles la llamada con los inversionistas de Ankara y me prepares la documentación del bloque C.

Asentí.

—Claro, señor.

—Y también necesito que vengas conmigo a la una.




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