Bajo dos lunas

CAPÍTULO 1

"QUE OS DEN"

Dejé la nota sobre la primera plana del periódico, justo donde sabía que apoyarían la taza de café antes de que amaneciera del todo. Tres palabras, secas, sin justificación.

Me ajusté la mochila a la espalda, me abroché la chaqueta y salí a la calle sin hacer un solo ruido.

El viento helado de la noche me golpeó la cara nada más cruzar el umbral. Aceleré el paso sobre el asfalto mojado de Ashford, sintiendo el peso de la mochila en los hombros y el bao caliente de mi respiración rompiéndose contra el aire. La estación de autobuses no quedaba a más de quince minutos a pie.

A medida que me alejaba de la casa de mis padres, una extraña mezcla de vértigo y alivio empezó a abrirse paso en mi pecho. Durante siete años había sido una sombra entre esas cuatro paredes, conteniendo el aliento en la misma mesa que los dos cobardes que borraron el nombre de mi hermana como si nunca hubiera existido.

Dijeron que Lucy era un monstruo para no tener que admitir lo que habían hecho: echar a la calle a una niña aterrorizada para salvar las apariencias. Yo tenía once años entonces. Era demasiado pequeña para detenerlos, pero no para guardar el secreto ni para entender lo que significaba la lealtad.

No pensaba cometer el mismo error que ellos. A la familia no se la abandona.

La estación era un cobertizo de hormigón con un cartel de neón que zumbaba como un insecto aturdido. Entré al vestíbulo helado. Tras el cristal manchado del mostrador, el empleado me miró con la desgana de quien lleva despierto desde las cuatro de la madrugada.

—Un billete para Dry City —dije, apoyando las manos sobre el mostrador.

—Solo de ida sale a las seis quince —respondió con voz rasposa—. ¿Vas a querer billete de vuelta?

Apreté el puño dentro del bolsillo de la chaqueta, sintiendo los bordes fríos de los pendientes que le robé a mi hermana antes de que la echaran. El único rastro que me quedaba de ella.

—No —dije, manteniendo la voz firme—. Solo de ida.

Pagué en efectivo, cogí el ticket y pedí un café de máquina en un vaso de cartón que apenas lograba templarme los dedos.

Cinco minutos después, subí los escalones del autobús y me acomodé en la última fila, junto a la ventanilla. Cuando el motor rugió y el pueblo empezó a quedar sepultado tras la niebla del amanecer, dejé escapar el aire que llevaba siete años reteniendo.

Ya no había marcha atrás. Iba a buscar a mi hermana.

Tres horas después, el paisaje cambió. Las colinas muertas dieron paso a la mole gris y sofocante de Dry City. Nada de bosques húmedos ni cabañas aisladas: esto era un laberinto de asfalto, ladrillo visto, azoteas oxidadas y callejones estrechos donde la luz del sol apenas lograba filtrarse.

El autobús frenó con un chillido metálico en la dársena central de la terminal subterránea. El olor a combustible quemado y humedad me golpeó en cuanto se abrieron las puertas neumáticas.

Descendí los tres escalones cargando la mochila. El vestíbulo de la estación estaba medio vacío, dominado por el eco de voces lejanas y los pasos apresurados de unos pocos viajeros. Salí a la calle por una puerta giratoria y el aire frío de la ciudad me erizó el vello de los brazos.

Desplegué el mapa de nuevo intentando orientarme entre las avenidas de Dry City y los pasajes oscuros que bordeaban la estación. Un paso. Dos pasos. Antes de que pudiera girar la esquina hacia la calle principal, una sombra cortó la poca luz de la mañana.

Un brazo rígido como una barra de hierro se cruzó en mi camino, tapándome el paso. Reaccioné por instinto retrocediendo, pero una mano me agarró la muñeca con una fuerza inhumana. El agarre quemaba a través de la tela de la chaqueta.

Me empujó de espaldas contra la pared de ladrillo del pasaje subterráneo. El impacto me sacó el aire de los pulmones.

Alcé la vista, con el corazón desbocado contra las costillas.

Me acorralaba un tipo alto, con el cabello oscuro empapado por la llovizna y una chaqueta de cuero gastada. Desprendía un olor intenso a lluvia y a humo de cigarrillo.

Iba a abrir la boca para gritar o pedir que me soltara, pero sus ojos grises, helados, se clavaron de lleno en mi cara.

De pronto, su gesto de mera agresión a un extraño se congeló.

Recorrió mis facciones despacio: los ojos, la línea de la mandíbula, el pelo mojado pegado a las mejillas. Vi pasar por su rostro una rápida chispa de desconcierto que, en menos de un segundo, se transformó en una rabia helada y calculadora. Era la mirada de alguien que acababa de encajar la última pieza de un puzle.

Se inclinó sobre mí, anulando cualquier opción de huida, y apretó la muñeca un milímetro más, haciéndome ahogar un gemido de dolor.

—Mírate —murmuró con una voz baja y raspada que pareció retumbar en el ladrillo a mi espalda—. Eres tú.

El pánico me oprimió la garganta. No lo había visto en mi vida. Estaba a cientos de kilómetros de mi casa, en una ciudad donde no conocía a nadie.

—¿Quién... quién eres? —logré articular, con la voz temblándome.

Él esbozó una sonrisa amarga ladeada, sin un solo ápice de calidez en la mirada.

—Un amigo.




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