El estómago se me vino abajo. No esperé a ver qué más tenía que decir. Intenté amagar hacia la izquierda para esquivarlo y salir corriendo hacia la avenida, pero él no tuvo ni que despeinarse para cortarme la retirada.
Su mano salió del bolsillo como un látigo y se cerró alrededor de mi muñeca con la fuerza de un cepo de acero. El agarre me quemó la piel a través de la chaqueta.
Me empujó de espaldas contra la pared de ladrillo del pasaje. El impacto me sacó un gemido del pecho y me dejó sin aire.
—Tranquila, no hace falta que salgas huyendo —dijo, dando un paso más hacia mí hasta que su sombra me cubrió por completo. Olía a tabaco barato y a humedad—. Solo he venido a darte un consejo de bienvenida.
—¡Suéltame! —me revolví, intentando clavarle el talón de la bota en la espinilla, pero él simplemente inclinó el cuerpo, fijando mi brazo contra la pared sin perder la compostura.
—Hay un autobús a las nueve —continuó con ese tono pausado, exasperante, como si me estuviera leyendo el horario de una oficina de turismo—. Y otro a las once, por si el de las nueve se te hace pronto. Súbete a cualquiera de los dos y vuelve por donde has venido.
—No me voy a ir a ninguna parte —siseé entre dientes, sosteniéndole la mirada a pesar del temblor de mis piernas.
Arqueó una ceja, divertido por mi rabia, e hincó los dedos con un punto más de firmeza antes de soltarme de golpe.
—Luego no me digas que no te lo advertí.
Y desapareció por la boca del callejón, tan rápido y silencioso que, si no fuera por el ardor en la piel de mi muñeca, habría creído que me lo había imaginado todo.
Sostuve la respiración hasta que el eco de sus pasos se extinguió por completo. Las primeras gotas cayeron gruesas, pesadas, golpeando el asfalto con un chasquido sordo antes de transformarse en un chaparrón furioso que amenazaba con calarme hasta los huesos.
Apreté el agarre en la tira de mi mochila y eché a andar a paso ligero. Dry City bajo la lluvia era un lodazal de neones borrosos. Un par de travesías más abajo, el resplandor rojo de un letrero parpadeante me ofreció la única tregua a la vista: El Ancla.
Empujé la puerta de madera carcomida y el olor a humedad, tabaco rancio y cerveza barata me recibió como un bofetón. Me deslicé hacia la mesa más apartada, dispuesta a pasar desapercibida mientras me sacudía el agua del pelo.
Pedí una cerveza al camarero y me concentré en secarme la chaqueta. No llevaba ni tres minutos sentada cuando una voz áspera retumbó al fondo del local.
—¡Que me da igual! ¡Pagas hoy o te quemo el garito!
A dos mesas de la mía, un tipo enorme con pinta de no haberse lavado en días tenía acorralado al dueño contra la pared. Un chaval más joven cubría sus espaldas jugando con una navaja mariposa.
Puse los ojos en blanco. Genial. Justo lo que necesitaba.
Giré el cuerpo despacio, apoyé la mano en la mochila y me dispuse a levantarme para salir por donde había entrado antes de que la cosa se complicara.
Pero no me dio tiempo.
El tipo enorme estampó al dueño contra la mesa contigua con tanta violencia que la madera cedió. El cuerpo del anciano salió despedido hacia mi dirección, arrollando mi mesa. Mi jarra de cerveza saltó por los aires, estallando contra el suelo, y la mesa me golpeó de lleno en los muslos, haciéndome perder el equilibrio y caer de rodillas sobre el charco de bebida y cristales.
El dolor en las manos fue inmediato.
—¡Aprende a mirar por dónde pisas, rata! —rugió el chaval de la navaja, acercándose a grandes zancadas y dándole un puntapié a mi mochila para apartarla de un golpe.
Se me nubló la vista. La muñeca me escocía, tenía la ropa empapada, las manos llenas de cerveza y un niñato de mierda acababa de patear mis únicas pertenencias.
El chaval extendió un brazo para agarrarme del cuello de la camiseta y sacarme del medio.
Grave error.
En lugar de hacerme hacia atrás, me impulsé desde el suelo hacia arriba con todo el peso de mi cuerpo. Le desvié el brazo de un manotazo seco y, antes de que pudiera reaccionar con la navaja, le encajé un puñetazo directo en la garganta.
El chaval soltó un ahogado «Ghk...», dejando caer la navaja mientras se llevaba las dos manos a la garganta, tambaleándose hacia atrás con los ojos desorbitados.
—A mí no me vuelves a poner una mano encima en tu vida —siseé, agarrando la botella vacía más cercana por el cuello.
El tipo enorme dejó caer al dueño del bar y se giró despacio hacia mí, con una expresión de pura incredulidad que tardó apenas un segundo en transformarse en furia.
—Te voy a romper la cabeza, puta mocosa —rugió, avanzando dos pasos pesados que hicieron temblar el suelo.
Apreté el cristal de la botella, preparando el impacto para atacar en cualquier momento.
No llegó a dar el tercer paso.
De la penumbra del reservado del fondo salió una figura alta y esbelta. Se movió con la agilidad y elegancia felina, sin hacer el menor ruido. Antes de que el grandullón pudiera descargar su puño sobre mí, la mano del recién llegado se cerró sobre la nuca del matón.
Fue un movimiento limpio, elegante y preciso.
Le estampó la cara contra la barra de roble macizo con un golpe seco que resonó en todo el local. El sonido del hueso al fracturarse fue limpio. El tipo gigantesco se desplomó como un saco de patatas, inconsciente antes de tocar el suelo.
El chaval de la navaja, que aún intentaba recuperar el aire, echó un vistazo al cuerpo de su jefe y huyó a gatas hacia la puerta como un perro apaleado.
Me quedé helada, sin bajar la botella, con el pecho agitado y la mirada fija en el hombre que acababa de resolver la pelea en un segundo.
Vestía un abrigo oscuro de corte impecable, y sostenía un pañuelo de seda blanco entre los dedos con el que se limpió de manera pausada una mota de polvo invisible de la manga. Tenía facciones afiladas, y unos ojos oscuros que me observaban con una mezcla de fascinación y absoluto descaro.