Me llamo Noah Duval.
Tengo 20 años.
Y desde hace poco, trabajo en la empresa de mi padre.
No porque lo haya pedido, sino porque era lo esperado.
En mi familia, las decisiones rara vez se discuten en voz alta. Simplemente se toman, y tú aprendes a seguirlas.
Mi padre, Ian Duval, siempre ha creído en la disciplina. En el control. En saber exactamente dónde encajas dentro del sistema que él mismo construyó.
Y ahora, por primera vez, ese sistema me incluye a mí de verdad.
Está de viaje.
Y antes de irse, me dejó a cargo.
“Solo lo esencial”, dijo.
Pero lo esencial, en una empresa como esta, nunca es simple.
Reuniones, firmas, decisiones… miradas que pesan más de lo que deberían.
Y entonces está él.
Alek Moreau.
La mano derecha de mi padre.
El hombre en quien confía sin dudar.
El único que no necesita levantar la voz para imponer silencio.
Al principio pensé que sería fácil.
Profesional. Distante. Controlado.
Me equivoqué.
Porque hay personas que no ocupan espacio de golpe.
Algunas simplemente empiezan a estar demasiado cerca.
Y cuando te das cuenta, ya es tarde para poner distancia.