NOAH:
Cuando las puertas del ascensor se cerraron detrás de mí, sentí algo parecido al alivio.
No era exactamente alivio, porque no estaba cansado, ni siquiera había trabajado lo suficiente para estarlo. Era otra cosa.
La sensación de salir de un lugar donde todo parecía observarte incluso cuando nadie estaba mirando.
Apoyé la cabeza contra la pared metálica del ascensor.
El reflejo devolvió una imagen que no me gustó demasiado.
Seguía siendo yo.
La misma cara. La misma expresión.
Pero algo había cambiado desde esa mañana.
Quizá era la forma en que me veía a mí mismo, o quizá era la forma en que ahora creía que los demás me veían.
Las puertas se abrieron en el vestíbulo principal.
La recepcionista levantó la vista.
Sonrió con educación.
Yo asentí.
Nada más.
Todavía no me acostumbraba a que la gente me reconociera por mi apellido antes que por mi nombre.
El aire exterior era más cálido.
El cielo comenzaba a teñirse de naranja.
Había personas caminando por la acera, hablando por teléfono, riéndose, viviendo vidas que no tenían nada que ver con reuniones, balances o contratos.
Por un instante las observé y sentí una pequeña punzada de envidia. Solo un segundo. Luego desapareció.
Subí al coche.
Mientras avanzábamos por la ciudad, intenté concentrarme en cualquier cosa que no fuera mi primer día.
Fallé.
Mi mente regresó una y otra vez al mismo punto.
Alek Moreau.
Ni siquiera sabía por qué.
Habíamos hablado poco. Muy poco.
No había hecho nada especial.
No había intentado impresionarme. Ni intimidarme. Ni acercarse.
Y aun así... Cada vez que recordaba el día, terminaba pensando en él.
En su forma de hablar. En cómo parecía medir cada palabra antes de decirla. En la facilidad con la que se movía dentro de un mundo que a mí todavía me resultaba extraño.
Fruncí el ceño.
Era ridículo.
Solo era un compañero de trabajo.
Bueno.
No exactamente.
Era mucho más que eso.
La mano derecha de mi padre.
El hombre en quien confiaba más que en nadie. El tipo de persona que parecía haber nacido sabiendo exactamente dónde debía estar.
Todo lo contrario a mí.
No fui directamente a mi departamento.
Cuando el coche tomó la dirección habitual hacia el centro, le pedí al conductor que cambiara la ruta.
Él asintió sin preguntar.
Agradecí que nadie hiciera preguntas.
La casa familiar seguía igual.
Las mismas paredes claras.
El mismo jardín perfectamente cuidado.
La misma sensación de estar entrando en un lugar que no había cambiado aunque los años sí lo hubieran hecho.
Abrí la puerta con mi llave.
No hizo falta avisar.
Siempre había sido así.
—¿Mamá?
—Aquí.
Su voz llegó desde el salón.
Entré.
Estaba sentada en uno de los sofás con una taza entre las manos y un libro abierto sobre las piernas.
Levantó la vista al verme.
Y sonrió.
Una sonrisa auténtica.
No profesional. No calculada.
Solo real.
Era sorprendente lo mucho que necesitaba eso después de pasar todo el día en la empresa.
—Pensé que irías directamente a casa.
Me dejé caer en el sofá frente a ella.
—Yo también.
—Entonces algo te ha traído aquí.
—Quizá quería comida gratis.
—Noah.
Solté una pequeña risa.
Ella también.
Durante unos segundos no hablamos.
Y fue cómodo.
Siempre lo había sido con ella.
Mi padre era diferente.
Con él incluso los silencios parecían tener un propósito.
Con mi madre simplemente existían.
—Entonces —dijo finalmente—. ¿Qué tal el primer día?
Exhalé.
—No sé.
—Eso no suena prometedor.
—No ha sido malo.
—Pero.
—Pero tampoco sé si ha sido bueno.
Ella apoyó la taza sobre la mesa.
Esperando.
Sabía que terminaría hablando. Siempre terminaba haciéndolo.
—Todo el mundo me mira como si estuviera ocupando un lugar que todavía no me pertenece.
—Porque probablemente lo estás ocupando.
Levanté una ceja.
—Gracias por el apoyo.
—Cariño, eres el hijo del dueño. Eso no desaparece porque te pongas un traje.
Suspiré.
Porque tenía razón. Y odiaba cuando tenía razón.
—¿Y tu padre?
—Mi padre sigue siendo mi padre.
—Eso tampoco responde la pregunta.
—Me presentó a media empresa y desapareció.
Ella sonrió.
—Eso sí suena a Ian.
Me hundí un poco más en el sofá.
Y antes de pensar demasiado lo dije.
—Conocí a Alek Moreau.
La reacción fue mínima. Tan mínima que casi no la noto. Pero estaba ahí.
Un pequeño cambio en su mirada.
Nada más.
—¿Alek?
Asentí.
—Sí.
Ella tardó unos segundos en responder.
—Hace años que no escuchaba ese nombre en esta casa.
Fruncí el ceño.
—¿Lo conocías?
Entonces fue ella quien levantó una ceja.
—Noah.
—¿Qué?
—Lo conociste.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Lo conociste cuando eras pequeño.
Me incorporé automáticamente.
—No.
—Sí.
—No me acuerdo.
—Porque tenías cuatro o cinco años.
La miré fijamente.
Intentando encontrar alguna señal de que estaba bromeando.
No la encontré.
—Espera.
—¿Qué?
—¿Alek venía aquí?
—A veces.
—¿A esta casa?
—Sí.
—¿Y nunca me lo dijiste?
Mi madre soltó una pequeña risa.
—Nunca salió el tema.
—¿Cómo que nunca salió el tema?
—Porque hasta esta mañana no trabajabas con él.
Me pasé una mano por el pelo.
Intentando ordenar la información.
No funcionó.
—¿Y era amigo de papá?
—Lo sigue siendo.
—No parecen amigos.
—Porque tú piensas que la amistad se parece a la de tu generación.