Bajo el apellido Duval.

CAPÍTULO 2. (Parte 2). ALGO QUE DEBERÍA RECORDAR.

NOAH:

—Te estás riendo demasiado.

Mi madre seguía sonriendo mientras volvía a tomar la taza.

—Porque es divertido.

—No lo es.

—Lo es un poco.

—Mamá.

—Mucho.

Solté un suspiro exagerado.

Ella parecía disfrutarlo demasiado.

Lo peor era que seguramente tenía razón.

Podía imaginar perfectamente a mi versión de cinco años escondiéndose detrás de ella para evitar saludar a desconocidos.

No era tan diferente ahora.

Solo había aprendido a disimularlo mejor.

—No entiendo cómo no me acuerdo de él.

—Porque eras pequeño.

—Pero si venía a casa...

—No todos los días.

Me quedé pensando.

—¿Y qué hacía aquí?

—Lo mismo que ahora, probablemente.

—¿Trabajar?

—Hablar con tu padre.

Asentí despacio.

Eso tenía sentido.

Mi padre siempre había trabajado, incluso cuando técnicamente no estaba trabajando.

Miré alrededor del salón.

Era extraño.

Había vivido cientos de momentos allí: Navidades, cumpleaños, cenas familiares... Y ahora estaba intentando imaginar a Alek en medio de alguno de esos recuerdos.

No podía.

Era como intentar reconstruir una fotografía a partir de una descripción.

—¿Era muy cercano a papá?

—Mucho.

—¿Más que otros socios?

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Sin dudas. Sin matices.

—¿Y sigue siéndolo?

—No creo que tu padre confiara la empresa a cualquiera.

Eso también era verdad.

Mi padre confiaba en muy pocas personas.

Y si había algo que había quedado claro durante mi primer día era precisamente eso.

Alek no era un empleado más.

Ni siquiera un directivo más.

Era alguien que ocupaba un lugar especial dentro de todo aquel sistema.

—¿Tienes fotos?

Mi madre levantó la vista.

—¿Fotos?

—Sí.

—¿De Alek?

—No específicamente.

—Ajá.

—Solo fotos antiguas.

La sonrisa que apareció en su rostro fue insoportable.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

—Puede ser.

—Mamá.

—Están arriba.

Me levanté antes de arrepentirme.

Ella se puso de pie también.

—Ven.

Subimos al segundo piso.

La casa parecía más silenciosa que antes, o quizá era yo quien estaba prestando más atención.

Mi madre abrió una puerta al final del pasillo.

Una habitación utilizada principalmente para guardar cosas: cajas, libros, decoraciones antiguas... Recuerdos.

—Por aquí.

Sacó una caja gris de una estantería. Luego otra. Y otra más.

—¿Cuántas fotos tenemos?

—Tu padre se niega a tirar nada.

—Eso explica muchas cosas.

—Lo sé.

Nos sentamos en el suelo.

Abrimos el primer álbum.

Fue raro. Extrañamente raro.

Porque no estaba buscando fotografías, estaba buscando una persona y eso cambiaba completamente la experiencia.

Había imágenes de vacaciones, fiestas, comidas familiares, yo de niño, mis padres mucho más jóvenes, versiones de nosotros que parecían pertenecer a otra vida...

Pasé varias páginas. Nada.

Más páginas. Nada.

Y entonces me detuve.

—Espera.

Mi madre se inclinó ligeramente.

—¿Qué?

Le señalé la fotografía.

Era una imagen tomada en el jardín.

Yo tendría unos cinco años. Quizá menos.

Estaba sentado sobre el césped con un juguete entre las manos.

Mi padre aparecía al fondo hablando con alguien.

Y junto a él...

—Ese es él.

Mi madre sonrió.

—Sí.

Miré la fotografía durante varios segundos.

Alek parecía más joven.

Obviamente.

Pero seguía siendo reconocible.

La misma postura. La misma expresión tranquila. La misma forma de observar.

Era extraño.

Porque incluso en una fotografía inmóvil parecía exactamente la clase de persona que era ahora.

—Vaya.

—¿Qué?

—No ha cambiado mucho.

—No.

Mi madre observó la imagen.

—Nunca lo hizo.

Pasé los dedos por el borde de la fotografía, sin tocar realmente la imagen.

Era absurdo.

Había pasado toda mi vida sin pensar en él.

Y ahora estaba sentado en el suelo de la casa de mis padres mirando fotos antiguas porque no podía dejar de hacerlo.

Eso debería haberme preocupado más.

Terminamos revisando varios álbumes más.

Alek aparecía de vez en cuando.

Nunca en el centro. Nunca llamando la atención.

Pero siempre estaba allí.

En una cena. En una celebración. En una fotografía tomada durante una reunión familiar.

Como una constante silenciosa.

Y eso era precisamente lo que me desconcertaba.

Porque no entendía cómo alguien podía haber estado tan presente y desaparecer completamente de mi memoria.

Cuando volví a mirar el reloj ya había anochecido.

—Debería irme.

—Probablemente.

Mi madre comenzó a guardar los álbumes.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por enseñármelos.

Ella sonrió.

—Noah.

—¿Sí?

—No pienses demasiado.

Me reí.

—Me conoces demasiado bien.

—Lo sé.

Y eso fue precisamente lo que me preocupó.

Porque ya estaba pensando demasiado.

El trayecto hasta mi departamento fue tranquilo. Demasiado tranquilo.

Las luces de la ciudad se reflejaban en la ventanilla.

La gente seguía caminando por las calles.

Los restaurantes estaban llenos.

La vida continuaba.

Y yo seguía pensando en una fotografía. Una simple fotografía.

Era ridículo.

Llegué al edificio.

Subí.

Entré en mi departamento.

Silencio.

Dejé las llaves sobre la encimera, la chaqueta sobre una silla.

Aflojé la corbata.

Normalmente eso era suficiente para desconectar. Aquella noche no.

Abrí la nevera. La cerré. No tenía hambre.

Encendí la televisión. La apagué dos minutos después.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.