Bajo el cielo de Castilla

Capítulo 1

Nunca me gustaron los sorteos. Siempre me parecieron injustos, arbitrarios, casi crueles. Alguien gana sin haber hecho nada extraordinario y otro pierde aunque lo haya dado todo. Por eso, cuando dijeron mi nombre durante el acto de colación, no me levanté de inmediato. Pensé que había escuchado mal, que alguien se iba a reír o que, en cualquier momento, iban a aclarar que no era yo.

No pasó.

Los aplausos llegaron tarde, como si también dudaran. Yo me puse de pie con una sonrisa incómoda, sin saber como sentirme mientras notaba las miradas de todos mis compañeros y sus familiares puestas en mi. El viaje académico a España –Toledo, específicamente– era para un estudiante del profesorado de Artes Visuales que estuviera a punto de graduarse. Yo cumplía con todos los requisitos, pero nunca había sentido que los sorteos fueran para mí.

Todavía hoy no sé por qué gané.

Tal vez por eso, meses después, caminaba sola por las calles de Toledo con una sensación rara en el pecho. No era alegría pura por estar en otro país, sino algo más físico, más torpe, como si el viaje me quedara grande. Como si hubiera entrado en una historia que no era mía.

El grupo había seguido el itinerario oficial esa mañana. Museos, la catedral, una charla con un restaurador de arte. Yo me excusé con una migraña que no era del todo mentira y me escapé. Necesitaba silencio. Necesitaba caminar sin que nadie me explicara nada, sin tener que mirar lo que otros decidían que valía la pena mirar.

Toledo era una ciudad que no se dejaba mirar rápido. Las piedras parecían cargadas de algo que no sabía nombrar. No era nostalgia, más bien eran años de historia acumulada, como capas de pintura mal raspadas.

Llevaba la mochila colgada de un solo hombro, ya cansada, y el abrigo me pesaba más de lo que debería para esa hora del día.

Caminaba despacio, leyendo placas que no entendía del todo, esquivando grupos de turistas, escuchando idiomas mezclados. Algunas placas tenían fechas que me descolocaban; siglos que yo había estudiado en libros, pero que ahí no estaban subrayados ni explicados, solo incrustados en la pared.

El sonido de mis pasos sobre la piedra era distinto al del asfalto, más seco, más antiguo. Había algo en ese lugar que me obligaba a bajar la velocidad, como si caminar rápido fuera una falta de respeto. Como si el suelo no amortiguara nada.

Se hizo la tarde, y el cielo ya comenzaba a estar adornado de colores cálidos cuando entré en una pequeña iglesia. No estaba en el programa. Ni siquiera recordaba haber leído su nombre. Era pequeña, austera, con una puerta lateral apenas abierta. Al principio dudé un poco. Miré alrededor. Nadie parecía prestarme atención. Empujé la puerta con cuidado, como si no quisiera hacer ruido, aunque no hubiera nadie. Las bisagras crujieron apenas, ese sonido me puso nerviosa.

El aire adentro era distinto. Más frío. Más denso. Me recorrió la espalda como un escalofrío involuntario.

Me santigüé y avancé unos pasos. Estaba vacía. El silencio era tan profundo que me molestaba, no era ausencia de ruido, sino otra cosa, el aire se había quedado quieto.

Me senté en uno de los bancos de madera, áspero, incómodo. No recé. Simplemente me sumergí en aquel silencio, mirando un retablo lateral, antiguo, desgastado. Con los colores apagados, la expresión severa de las figuras.

Pensé en mi carrera. En lo raro que era estar ahí. En lo poco que había planeado mi vida y en cómo, aun así, todo parecía empujarme hacia lugares inesperados.

Algo llamó mi atención, en el retablo había una pequeña cruz de plata, parecía fuera de lugar, como si la hubieran pegado allí mucho tiempo después. Estaba pensando en ponerme de pie y acercarme para mirarla bien.

Fue entonces cuando el suelo vibró.

No fue un temblor suave. Fue seco. Brutal. El banco se movió debajo de mí y me levanté de golpe, el corazón disparado. Pensé en un derrumbe. Pensé en un atentado. En estar sola, enterrada bajo piedras, sin que nadie supiera dónde estaba. Se me aflojaron las piernas antes de que pudiera pensar en rezar.

La luz cambió.

No se apagó. Cambió. Como si alguien hubiera corrido un velo invisible. El aire se volvió espeso, difícil de respirar. Me llevé la mano al pecho, mareada, y me senté.

–No, no, no... –murmuré asustada.

Cuando todo se estabilizó, la iglesia ya no era la misma.

Tardé unos segundos en entenderlo. Las velas eran reales, no decorativas. El olor a cera quemada me golpeó la nariz. La madera del banco estaba menos pulida, más nueva. Demasiado nueva. y también demasiado vieja.

Me puse de pie de un salto.

–¿Hola? –grité, y mi voz sonó extraña, como fuera de lugar.

No hubo respuesta.

Avancé hacia la puerta. Estaba cerrada. La empujé con fuerza. Nada. Golpeé con la palma abierta, una, dos, tres veces.

–¡Esto no es gracioso! –grité, la voz quebrada–. ¡Si esto es una recreación o una broma, no tiene ninguna gracia!

El pánico llegó después. Primero fue la bronca. La rabia de sentirme atrapada, engañada. Empecé a caminar de un lado a otro, respirando rápido, con las manos temblorosas.

Esto no puede estar pasando. Esto no es real. Estoy soñando.

Me pellizqué el brazo con fuerza. Dolió. Demasiado.

Cuando finalmente logré abrir la puerta luego de varios intentos la calle terminó de destruir cualquier intento de negación.

No había turistas. No había carteles. No había asfalto. La gente vestía ropas que solo había visto en pinturas o películas. Telas gruesas, colores apagados, capas que caían rectas, nadie llevaba nada brillante o miraba una pantalla. Nadie parecía estar apurado.

Un hombre que pasaba me miró como si yo fuera lo extraño.

–¿Está bien, señora? –preguntó, frunciendo el ceño.

Señora.

Abrí la boca para responder y no salió nada coherente.

Miré mis zapatillas. Mi ropa. Mi mochila. Todo estaba fuera de lugar. Yo estaba fuera de lugar.




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