El ruido fue lo primero que me golpeó luego de salir del estado de shock.
No un ruido fuerte, sino muchos sonidos superpuestos: pasos, voces, un carro avanzando con esfuerzo, el relincho lejano de un caballo. Todo demasiado cerca. Todo demasiado real. Me quedé quieta unos segundos, de pie en medio de la calle, como si el movimiento pudiera delatarme.
Respiré hondo. O lo intenté.
El hombre que se había acercado en algún momento de mi estupor decidió alejarse y dejarme sola, habrá pensado que estaba loca.
El aire olía distinto. A humo, a tierra húmeda, a algo animal. Me ardían los pulmones. Sentí ganas de llorar, pero no de tristeza: de rabia. De impotencia. De esa bronca que nace cuando sabés que perdiste el control y no hay nadie a quien reclamarle.
Miré a mi alrededor con más atención.
Las casas eran bajas, de piedra, sin vidrieras ni carteles. La calle era angosta y desigual; mis zapatillas se hundían apenas en el suelo. La gente caminaba rápido, sin mirarme demasiado, pero cuando lo hacían era con curiosidad mal disimulada. Como si yo fuera un error.
Me abracé la mochila contra el pecho.
–Pensá, Lucía –me dije en voz baja–. Pensá.
Lo primero era claro: no podía quedarme ahí parada. Lo segundo, más aterrador: no tenía idea de adónde ir.
Avancé despacio, tratando de imitar la forma de caminar de los demás. Bajé la mirada. Encogí los hombros. Cada paso me costaba un esfuerzo consciente. Sentía el corazón en la garganta, latiendo demasiado rápido.
Un grupo de hombres pasó cerca. Vestían ropas oscuras, gastadas, y olían a trabajo y a vino viejo. Uno me miró un segundo más de la cuenta antes de seguir hablando.
Hablaban en castellano, sí, pero no era el mío. Las palabras me llegaban como deformadas, más ásperas. Entendía el sentido general, pero no los detalles. Eso me heló la sangre.
Esto no es un decorado. No es una recreación. Esto es real.
Tenía que descubrir en dónde estaba.
Un carro casi me lleva por delante y tuve que apartarme de un salto. El conductor de esa cosa me gritó algo que no alcancé a entender del todo, pero el tono fue suficiente. Me apuré a seguir caminando, con la cara caliente de vergüenza.
Necesitaba un lugar cerrado. Un rincón. Algo que me protegiera de las miradas.
Vi una fuente de agua pequeña, encajada entre dos edificios y rodeado de algo de barro. Me acerqué como pude y me senté en el borde, fingiendo calma. La piedra estaba gastada, húmeda, en algunas partes se podían ver manchas de color verde. El agua no era clara y corría lentamente, con un sonido bajo que, si me concentraba, lograba tapas, apenas, el murmullo de la calle. Me incliné un poco y me miré reflejada.
Casi no me reconocí.
El pelo cobrizo revuelto, la cara pálida, los ojos demasiado abiertos. Parecía una versión mía mal dibujada. Me pasé las manos por la ropa, como si recién entonces tomara conciencia de lo evidente: con mi vestido negro de morley, yo no pertenecía ahí. Ni un poco.
–Esto es un error –murmuré–. Un mal sueño. Tiene que serlo.
Miré alrededor, nadie parecía prestarme atención, seguro tenían asuntos más importantes que atender, que mirar a la rara de zapatillas blancas.
Metí la mano en la mochila con torpeza, buscando algo familiar, cualquier cosa. El celular fue lo primero que encontré. Lo saqué casi con desesperación y apreté el botón de encendido.
Nada.
La pantalla negra me devolvió mi reflejo. Lo sacudí, como si eso pudiera servir de algo. Volví a intentar. Nada.
–Genial –dije, con una risa tensa–. Perfecto.
Guardé el teléfono y sentí el nudo en la garganta. No iba a llorar. No ahí. No todavía. Me concentré en respirar, en mantenerme entera. Me tendría que haber quedado dentro de la iglesia.
Fue entonces cuando noté algo extraño.
La cruz.
Sentí el frío del metal contra la palma cuando cerré la mano sin darme cuenta. Bajé la mirada, confundida. No recordaba haber agarrado nada. Abrí los dedos despacio.
Era una cruz de plata, sencilla, gastada. La misma que había visto en el retablo.
El corazón me dio un salto violento.
–No... –susurré.
La giré entre los dedos. No había cadenas modernas, ni cierres. Era antigua. Demasiado. La guardé de inmediato en el bolsillo de la campera de jean que llevaba puesta, como si alguien pudiera arrebatármela. No entendía cómo había llegado ahí, pero una cosa era segura: no quería que nadie la viera.
Un murmullo cercano me sacó de mis pensamientos.
–¿Eres forastera?
Levanté la cabeza de golpe.
Una mujer me observaba desde unos pasos de distancia. Era mayor, su vestido era algo insípido, con un pañuelo cubriéndole el cabello y una expresión entre curiosa y cautelosa. Me tensé al instante.
–Yo... –empecé, y me detuve–. Sí.
La mujer frunció el ceño, como si confirmara una sospecha.
–Se te nota.
No supe si reírme o salir corriendo.
–Me perdí –dije al final. No era mentira.
Ella me miró de arriba abajo con más detenimiento. Sentí el impulso de cruzar los brazos, de taparme. Después suspiró.
–No es buena hora para andar sola –dijo–. Menos vestida así.
Seguí su mirada y entendí. Tragué saliva.
–Estoy buscando... –callé. ¿Qué estaba buscando? ¿Una embajada? ¿Un portal temporal?-- Un lugar donde quedarme.
La mujer dudó. Miró alrededor. Bajó la voz.
–Ven —dijo al final–. Antes de que alguien haga preguntas.
No me dio tiempo a decidir. Empezó a caminar y yo la seguí, con el pulso acelerado. No confiaba en ella, pero tampoco tenía alternativas.
Mientras avanzábamos por calles cada vez más estrechas, entendí algo con una claridad incómoda: el mundo no me iba a esperar. Si quería sobrevivir, iba a tener que aprender rápido. A callar. A observar. A resistir. Esto de verdad estaba pasando. No estaba en casa.