La mujer caminaba rápido, como si el simple hecho de avanzar sin detenerse pudiera protegernos. Yo la seguía con pasos inseguros, cuidando de no tropezar con el suelo irregular. Las calles se volvían cada vez más angostas, más oscuras. La luz del atardecer apenas se colaba entre las paredes de piedra.
Las casas parecían cerrarse unas contra otras, sin desperdiciar el terreno. Algunas ventanas estaban cubiertas con postigos de madera; otras eran apenas huecos oscuros.
–No mires tanto –me dijo sin volverse–. Aquí no conviene.
Obedecí. Bajé la cabeza, apreté la mochila contra el cuerpo. Cada sonido me hacía girar el cuello: una puerta que se cerraba, un murmullo lejano, el golpe seco de algo contra la madera. Todo me resultaba demasiado cercano, demasiado posible.
Nos detuvimos frente a una casa baja, de fachada simple. No tenía adornos ni marcas, no decía nada de quién vivía allí. Todas las casas de la cuadra parecían iguales, como si la discreción fuera la moda.
La puerta era de madera oscura, gruesa, con herrajes visibles y parecían viejos. Ninguna luz escapaba por debajo de ella.
Al abrir, una ráfaga de aire caliente y olor a comida me envolvió. Algo hirviendo, algo graso. Crucé el umbral con una sensación extraña, como si al hacerlo sellara una decisión que no sabía si quería tomar. La puerta se cerró detrás de mí con un sonido sordo.
El interior era pequeño. Una única estancia principal, iluminada por velas. Las paredes, encaladas, mostraban grietas finas. Había una mesa de madera, tenía marcas de cuchillos y lo que parecían quemaduras viejas, alrededor había bancos, un cajón de un metro contra una pared y, en un rincón, un pequeño altar con una cruz de madera.
–Siéntate –dijo ella.
Me senté.
Recién entonces noté el temblor en mis manos.
La mujer se quitó el manto con un gesto cansado. Pude observar mejor aquel vestido, era una saya oscura, ceñida al torso, y una camisa clara que asomaba en el cuello y las muñecas. La tela parecía gruesa, áspera. Nada caía suelto: todo estaba ajustado, contenido, pensado para el trabajo y no para la comodidad.
–Me llamo Elvira –dijo mientras revolvía algo en una olla–. Y tú necesitas cambiarte. ¿Cómo te llamas?
–¿Cambiarme? –repetí.
Me miró de arriba abajo, esta vez sin disimulo.
–Así no puedes salir –sentenció–. Ni hoy ni mañana.
No hacía falta que explicara. Mi ropa gritaba.
Elvira abrió el cajón y sacó un atado de telas. Las dejó sobre la mesa. Sus manos eran ásperas, se notaban enrojecidas.
–Era de mi hija –dijo, sin mirarme–. Ya no las usa.
No pregunté. No quise saber.
–Gracias. Me llamo Lucia.
Me indicó un pequeño espacio separado por una tela colgada del techo. Me levanté despacio, como si el cuerpo me pesara el doble. Al cerrar la cortina improvisada, me quedé quieta un segundo, respirando hondo.
Me desvestí con torpeza.
Doblé la ropa moderna sin saber por qué, como si fuera a volver a usarla pronto. La acomodé en la mochila y la cerré con cuidado. Después tomé las prendas que me había dado.
La primera era una camisa de lino, larga, de color crudo. Al tacto era rígida, pero estaba limpia. Me la puse por la cabeza; me llegó hasta las rodillas. Encima venía la saya, oscura, pesada, ajustada en el torso y amplia hacia abajo. Me costó entender cómo colocarla. No había cierres, ni botones como los que conocía. Todo se ataba con cintas.
Sentí el peso de la tela caer sobre mi cuerpo. No me gustaba.
Por último, un manto sencillo para cubrir los hombros, las telas no se adaptaban a mí, era yo la que tenía que adaptarme a ellas.
Agradecía no tener un espejo, no quería verme. Cuando corrí la tela y salí, Elvira me observó en silencio. Asintió una vez.
–Mejor.
No dijo "bien". Dijo "mejor". Está bien.
Cenamos en silencio. Un caldo espeso, con pan duro. Tenía hambre, mucha más de la que había sentido en todo el día. Comí despacio, cuidando de no parecer desesperada. El calor me devolvió un poco de fuerza. No era la cena más apetitosa, pero era algo.
–Puedes dormir ahí –dijo señalando lo que parecía ser una cama cerca del fuego–. Mañana veremos.
Mañana.
Esa palabra me cayó encima como un peso muerto.
Cuando Elvira se retiró al otro lado de la habitación, me quedé sola con mis pensamientos. El fuego crepitaba bajo. La casa se fue llenando de sombras.
Me acosté sin sacarme la ropa. La cama era dura, el olor a paja me resultaba extraño. Cerré los ojos, pero el cuerpo seguía alerta. Cada ruido de la noche me hacía tensar los músculos.
Saqué la cruz del bolsillo.
La sostuve entre los dedos, como si fuera lo único firme que me quedaba. No recé con palabras. No sabía qué decir. Solo la apreté contra el pecho.
El cansancio me venció de golpe. Me dormí con el corazón acelerado, vestida con ropas que no eran mías, en un tiempo que no entendía.
Y supe, incluso antes de soñar, que nada iba a ser fácil.