Bajo el cielo de Castilla

Capítulo 4

Desperté con una idea absurda clavada en el pecho: que todo había sido un sueño.

No era esperanza, sino una certeza breve y torpe, de las que duran apenas un parpadeo antes de que la verdad te golpee, demostrando cuán equivocada estabas.

Durante un instante creí que abriría los ojos y volvería a ver el techo conocido de mi habitación en el hotel, vería la luz filtrándose por la persiana blanca, escucharía el sonido de la ciudad en movimiento, los vehículos, los pasos de los peatones marchando a sus destinos. Una parte de mí se aferró a esa idea.

Pero el olor llegó primero. Humo viejo, cierta humedad, algo cocido. Un aroma espeso, instalado en las paredes.

Abrí los ojos.

El techo era bajo, de vigas oscuras. La luz de la mañana entraba por una pequeña ventana alta.

El aire estaba fresco, húmedo. No el frío duro del invierno, sino ese que intenta meterse en los huesos durante la noche, para luego irse al salir el sol. Otoño. Tal vez era otoño.

El fuego de la noche anterior se había reducido a brasas apagadas.

No era un sueño, así que no podía permitirme el lujo del desconcierto.

Me incorporé despacio, la ropa me pesaba sobre el cuerpo, la sentía áspera. Las mangas rozaban mi piel de una forma que la hacía sentir ajena.

Al moverme la cama se quejó bajo mi peso. Todo me respondía.

El resto de la casa también seguía allí. La mesa con las mismas marcas viejas, los bancos corridos bajo ella. El cajón contra la pared permanecía cerrado. El pequeño altar con la cruz de madera simple.

Nada había cambiado durante la noche. No había señales de ruptura, caos ni explicación alguna. El mundo seguía allí, intacto, como si yo fuera la única fuera de lugar. Todo era sólido y no un simple espejismo.

Respiré hondo.

El aire me sabía a mañana húmeda y a humo. Afuera, el día empezaba a moverse. Se oían pasos lejanos, una voz, algo arrastrado por la calle. Sonidos normales. Demasiado normales.

Me levanté con cuidado, los pies tocaron el suelo frío, sentí el contacto real. Caminé un par de pasos, probando el equilibrio, como si temiera que el piso cediera o que el cuerpo no me respondiera. No cedió nada.

Escuché movimiento.

Elvira estaba despierta, se movía cerca de mí, comenzando a avivar el fuego, llevaba el manto recogido sobre los hombros, el cabello cubierto. A sus pies se encontraba una especie de olla, la misma de la que me había servido la cena.

–Ya estás despierta –dijo, sin volverse.

No había sorpresa en su voz.

–Sí –respondí, y mi propia voz me sonó extraña, como si hubiera pasado la noche sin usarla.

Me miró entonces. Solo un instante. Lo justo para evaluar mi apariencia.

–Dormiste mucho –comentó–. Estabas agotada.

El fuego empezó a prender de nuevo cuando me senté en el mismo banco de la noche anterior.

Ella se sentó frente a mí.

Me miré las manos. Estaban limpias, pero temblaban apenas.

–¿Tienes padre? –preguntó.

La pregunta cayó suave, sin intención de incomodar.

Nunca había sido buena mentirosa. Me ponía nerviosa y comenzaba a picarme la cara; mis padres siempre se daban cuenta cuando era niña. Pero tendría que intentarlo. Aunque Elvira fuera tan amable conmigo no significaba que pudiera llegar a entender mi situación. Yo no la entendía.

Iba a tener que mentir.

O tal vez, no todo lo que debía decir tenía que ser mentira, solo ocultar el único hecho imposible, mi siglo.

–No, mis padres murieron hace un par de meses. Solo me queda mi hermano. Bueno, él decidió viajar y dejarme, así que supongo que estoy sola. –respondí.

Elvira bajó la mirada.

–Yo tuve una hija –dijo, después de un momento–. Tendría más o menos tu edad.

No agregó nada más. No hacía falta.

–Lo siento –dije.

–Así es la vida –respondió–. Dios da y Dios quita.

Hizo la señal de la cruz, casi sin pensar. El silencio se acomodó entre nosotras. Afuera, un gallo cantó en algún lugar cercano.

–¿Y de dónde vienes, Lucía? ¿Qué te trae por aquí? –preguntó entonces, como si preguntara algo tan simple como la hora.

La pregunta era sencilla. La respuesta no. Ni siquiera sabía en qué tierra estábamos.

–De lejos –dije al final.

–Eso se nota. En especial con tu acento. No se parece a ninguno que haya escuchado antes.

Y tenía razón. Argentina todavía no existía. Tenía que inventarme algo bueno con esto.

Mi acento y mi vocabulario eran muy distintos al suyo, era un milagro que a pesar de ello pudiéramos entendernos bien. Será la misma lengua, pero los seis siglos que nos separaban tenían su peso. Pero gracias a Dios, no era imposible. No sabía qué haría si lo fuera.

Su castellano era... elegante. Muy bonito a pesar de que tardaba unos minutos en procesar lo que me decía para poder darle una respuesta.

Y qué respuesta debía darle ahora.

–¿Antes de responderle, me podría responder algo usted?

–Está bien –aceptó.

–Tal vez la pregunta le resulte extraña, pero... ¿En dónde estamos? Estaba viajando y me perdí, nunca fui buena para orientarme, así que no sé qué tierras son estas.

–Este es el reino de Castilla, niña. Estamos en Toledo.

Bien. Castilla. 1491.

Podía asociar esos datos con los reyes católicos. Cristóbal Colón. El arte gótico, el Isabelino. No mucho en realidad, siempre fui más de lo Barroco que de lo medieval. Estaba perdida.

Me reconfortaba saber que respiraba el mismo aire que la reina Isabel. Algo positivo había.

–Mi nombre es Lucía Guadalupe Farías. Es un apellido portugués –esperaba que Castilla no estuviera en guerra con Portugal, esa clase de historia estaba fuera de mis conocimientos–. Mi padre era de ese... reino. Llegó a vivir a Galicia a la edad de trece años. Mi madre, por otro lado, era... inglesa, sí, inglesa –ni que estuvieran en guerra con Inglaterra–. Por lo que podrá notar que crecí en una familia bastante diversa en cuanto a lengua, todas ellas juntas hicieron de mi acento lo que es ahora. –solté todo casi sin respirar. Esperaba que me creyera. Frunció apenas el ceño, como si intentara ordenar lo que le decía.




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