Bajo el cielo de Castilla

Capítulo 5

Salir.

La idea había empezado como un hilo delgado dentro de mi cabeza y se había convertido, con el paso de los minutos, en una necesidad firme.

No podía quedarme dentro para siempre.

La casa de Elvira era segura, silenciosa, casi cálida en comparación con el desconcierto del mundo exterior, pero también era una burbuja. Y las burbujas, tarde o temprano, se rompen. Si quería entender qué había sucedido, si quería encontrar aunque fuera una mínima explicación para lo imposible, tenía que ver el mundo al que había llegado.

La respuesta no estaba dentro.

Estaba afuera.

La decisión se asentó en mi pecho con una claridad que no había sentido desde que desperté allí. No era valentía. Sino algo más sobrio, frío, útil. Determinación.

–¿Elvira...? –dije con suavidad.

Levantó la vista desde el banco donde estaba acomodando unas telas gastadas.

–Dime, niña.

Dudé apenas un instante.

–¿Hay una iglesia cerca?

Me observó con atención.

–Sí. A pocas calles. ¿Querías ir?

Asentí.

No expliqué por qué. No podía explicarlo sin sonar absurda.

Pero necesitaba entrar a esa iglesia, y no simplemente porque allí es donde comenzó todo esto. Necesitaba silencio, algo conocido, algo estable. Si había un lugar donde el mundo pudiera tener sentido otra vez, era allí. Si algo podía darme una respuesta, aunque fuera mínima...

Elvira se puso de pie con un pequeño suspiro.

–Entonces iremos ahora. Antes de que el mercado se llene.

Sentí un leve sobresalto.

Ahora.

No mañana. No luego. Ahora.

El pulso se me aceleró, pero no protesté. Me levanté también y me acomodé la falda prestada, aún extraña sobre mi cuerpo. La tela áspera rozó mis manos. Seguía sin sentirse propia. Tal vez nunca lo haría.

Elvira tomó un manto y me lo ofreció.

—Cúbrete. El aire de la mañana engaña.

Obedecí. El tejido olía a leña y a algo extraño que no pude identificar, pero no era desagradable.

Cuando la puerta se abrió, el mundo me golpeó.

El aire exterior era más frío de lo que esperaba, pero estaba lleno de vida: olor a tierra húmeda, a madera recién cortada, a animales, a humo que ascendía en columnas finas desde distintos techos. El cielo estaba despejado, de un azul pálido que parecía recién lavado por la noche.

Di un paso.

El suelo no era liso. Era irregular, de piedra gastada y tierra compacta. Mis zapatos —si es que podían llamarse así— sintieron cada relieve.

Al ser de día podía ver bien todo. La calle era estrecha. Las casas bajas, de muros gruesos y tonos ocres, parecían inclinarse unas hacia otras. Las vigas de madera sobresalían de algunas fachadas, y las puertas eran robustas, claveteadas, con marcas de uso antiguo.

Respiré hondo.

Aquello no era un decorado.

Era un lugar real.

Una mujer cruzó la calle cargando un cesto. Un niño corrió detrás de un perro. Un anciano barría polvo hacia un costado. Nadie me miró demasiado. Nadie pareció sorprendido por mi presencia.

Eso me tranquilizó más de lo que esperaba.

Caminamos.

Elvira avanzaba con paso seguro, saludando a algunos vecinos con leves inclinaciones de cabeza. Yo intenté imitar su ritmo, su postura, su manera de sostenerse. Observaba todo con atención, registrando cada detalle.

Un herrero golpeaba metal en una esquina; el sonido seco del martillo se expandía por la calle. Más adelante, unas gallinas picoteaban el suelo junto a un barril volcado. Una cuerda con ropa colgada se movía apenas con la brisa.

Cada cosa tenía textura. Peso.

No era una recreación. Era el mundo.

Entonces los vi.

Soldados.

Estaban a media calle de distancia y avanzaban en dirección contraria. No marchaban en formación rígida, pero se movían con un orden evidente, como si compartieran un mismo pulso invisible.

Bajé un poco la mirada, observando sin parecer que observaba.

Llevaban jubones gruesos de tonos oscuros, algunos reforzados con placas metálicas cosidas sobre la tela. Sobre los hombros, capas cortas. En la cabeza, cascos de hierro opaco, no brillantes, marcados por golpes y uso. Algunos portaban lanzas largas; otros, espadas envainadas en cinturones anchos. Las botas eran altas, endurecidas, cubiertas de polvo seco.

No eran figuras románticas de historia. Eran hombres reales preparados para matar.

Elvira habló en voz baja, sin dejar de caminar.

–Han pasado muchos estos días.

Incliné apenas la cabeza.

–¿Ah, sí?

–La guerra se mueve.

La palabra quedó flotando.

Guerra.

Sentí un leve nudo en el estómago, pero mantuve el gesto neutro.

–Claro –dije, como si comprendiera perfectamente.

Elvira continuó:

–Decían que pronto habría noticias.

Asentí otra vez.

No sabía qué noticias. No sabía de qué avance hablaba. No sabía nada. Pero fingir que sí era ahora parte de mi supervivencia.

Los soldados pasaron junto a nosotras.

Uno de ellos giró apenas la cabeza al pasar, y por un instante sentí el peso de su mirada rozarme como una mano invisible. No fue descarado ni insistente, solo breve. Evaluador. Después siguió de largo.

No respiré con normalidad hasta que sus pasos se alejaron y el sonido de las botas contra la piedra se volvió un eco distante.

–No les gusta que la gente los observe –murmuró Elvira.

–Lo imaginé –respondí.

No pregunté nada más. Tenía demasiadas preguntas y ninguna que pudiera formular sin delatarme.

Seguimos caminando.

Las calles comenzaron a ensancharse un poco, y el murmullo humano se hizo más evidente. Aparecieron puestos de madera, algunos apenas armados, donde se exhibían panes, telas, frutas pequeñas y objetos de hierro. El aire se volvió más denso, cargado de voces, trueques, risas breves, discusiones apagadas.

Un hombre pesaba algo en una balanza de platillos. Una mujer negociaba el precio de unas hierbas. Un chico transportaba un cántaro casi más grande que su torso.




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