No dije nada.
No porque no quisiera, sino porque las palabras no me alcanzaron.
El hombre tampoco habló enseguida. Permaneció quieto frente a mí, y esa quietud suya no tenía nada de pasiva: era una quietud alerta, como la de alguien acostumbrado a medir antes de actuar.
Tragué saliva.
Seguía demasiado cerca.
Retrocedí de inmediato, como si recién entonces comprendiera la imprudencia de mi proximidad. Bajé la mirada apenas, consciente de que mi reacción había sido torpe, que había salido de la iglesia como una niña asustada.
Su rostro no era severo, pero tampoco blando. Tenía facciones marcadas, definidas por líneas que no parecían producto de la edad sino de la experiencia. Sus ojos eran oscuros y estaban fijos en mí con una concentración que me hizo sentir observada de verdad, no solo mirada.
Como si intentara entenderme.
Eso me inquietó más que cualquier gesto brusco, porque entender implicaba notar y eso en mi caso implicaba peligro.
–Perdón –dije finalmente, y mi voz salió más baja de lo que esperaba.
El sonido pareció quedarse flotando entre nosotros.
Él inclinó apenas la cabeza, un gesto leve que no llegaba a ser una reverencia. Su voz, cuando habló, fue baja y perfectamente modulada.
–¿Acostumbráis a entrar y salir de la casa de Dios con tal ímpetu, mi señora?
La ironía era leve. Tan leve que, de no haber estado tan alerta, podría haberla confundido con una simple observación.
Sentí cómo el calor me subía por el cuello.
Me obligué a respirar antes de responder. No podía permitirme contestar con torpeza. Ya había decidido que debía sobrevivir allí. Y sobrevivir implicaba aprender rápido.
–No, señor –respondí con calma medida–. No es costumbre mía irrumpir ni retirarme sin la debida compostura. No sabía que había misa. –añadí, señalando la puerta cerrada.
Alcé la vista apenas, lo justo para no parecer insolente, pero tampoco sumisa. Él me observaba con atención que no era descortés, pero sí minuciosa. Como si evaluara algo más que mi respuesta.
–Entonces he tenido la fortuna de presenciar una excepción –replicó.
Había en su tono una suavidad que no disminuía la firmeza. No sonreía. Tampoco parecía severo. Era… controlado.
Me di cuenta de que llevaba espada. No una ornamental, sino usada. El pomo gastado, la empuñadura firme. Bajo la capa se distinguía el contorno de la cota de malla.
El pensamiento apareció solo y el corazón me dio un golpe seco.
Soldado.
Y no era un soldado cualquiera. Desde cerca, su presencia se sentía distinta a la de cualquier persona que hubiera visto esa mañana. Su postura, la forma en que ocupaba el espacio, la manera en que el silencio parecía acomodarse alrededor de él, lo dejaban claro.
Sentí varias miradas sobre nosotros.
No sabía qué era peor: que él notara mi desconcierto o que el pueblo lo hiciera.
—He sido imprudente —admití, esta vez con más sobriedad—. No era mi intención interrumpir nada.
Hubo un breve silencio.
Algo en su expresión cambió apenas. No fue una sonrisa. Fue más bien una sombra de interés.
A lo lejos, dos hombres armados descendían por la calle empedrada. Llevaban jubones gruesos, medias de lana oscura y capas cortas que dejaban ver el metal de sus protecciones. Uno portaba lanza; el otro, espada. Sus botas resonaban sobre la piedra húmeda. Cuando se acercaron lo suficiente, inclinaron la cabeza con respeto hacia el hombre frente a mí.
Él no respondió con gesto amplio. Solo una leve inclinación, casi imperceptible.
No lo dijeron en voz alta, pero lo entendí en la manera en que se cuadraron, en la disciplina con la que mantuvieron distancia.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Yo había chocado contra alguien importante.
Me pregunté cuántos errores más cometería antes de aprender las reglas invisibles de aquel mundo.
–¿Sois de esta villa? –preguntó él de pronto.
No entré en pánico, pero estuve cerca.
La pregunta era simple, sin dureza ni sospecha, como si simplemente hubiera preguntado por el color del cielo.
Y sin embargo…
Era un filo apoyado en mi garganta.
Respiré una vez, lenta.
Otra.
Podía negarlo.
Podía mentir.
Podía hacerme la ofendida.
Podía—
No.
Pensá.
–No –admití al fin–. Estoy de paso.
Era verdad. Técnicamente.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
–Eso explica ciertas… diferencias.
Ahí estaba otra vez. Esa observación afilada, casi imperceptible.