Bajo el cielo de Castilla

Capítulo 7

Me alejé de la iglesia sin volver la vista atrás.

No estaba segura de por qué sentía la necesidad de hacerlo, pero algo en la mirada de aquel hombre me había dejado inquieta, como si permanecer allí un instante más hubiera significado exponerse a una pregunta que todavía no sabía responder.

Las campanas de la Iglesia sonaban a lo lejos mientras descendía por la calle. El aire estaba más frío y olía a humo, a pan recién horneado y a humedad de las piedras antiguas.

Respiré hondo.

Intenté convencerme de que no había ocurrido nada importante.

Habíamos intercambiado apenas unas palabras.

Y sin embargo, había algo en su forma de mirarme que me resultaba difícil de ignorar. No era curiosidad simple. Era una atención más aguda, casi calculada.

Sacudí levemente la cabeza.

No tenía sentido pensar en ello.

Lo importante ahora era encontrar a Elvira.

Miré la calle por la que se había alejado antes. Recordaba haberla visto tomar una dirección concreta cuando nos separamos, avanzando con ese paso tranquilo de quien conoce bien cada rincón de la ciudad.

Yo no conocía nada.

Pero no tenía otra opción que seguir adelante.

Tomé esa misma calle.

Las casas de Toledo se alzaban muy cerca unas de otras, formando un laberinto de callejones estrechos donde el sol apenas lograba filtrarse entre los tejados. Algunas puertas permanecían abiertas y desde dentro llegaban sonidos de voces, de utensilios golpeando madera, de niños corriendo de un lado a otro.

Avancé despacio, observando cada esquina con atención.

Después de unos minutos distinguí una figura familiar más adelante.

Elvira estaba junto a la puerta de una casa baja, hablando con un hombre mayor que se apoyaba en el marco de madera. En sus manos sostenía el pequeño objeto que había ido a devolver.

Me acerqué.

Cuando me vio, levantó ligeramente las cejas.

—Ah —dijo—. Pensé que seguirías en la iglesia.

Se volvió hacia el hombre.

—Aquí está la muchacha de la que os hablé.

El vecino me dedicó una mirada breve, curiosa pero amable, y asintió con la cabeza antes de desaparecer nuevamente dentro de la casa.

Elvira se volvió señalando la calle.

Comenzamos a caminar juntas de regreso hacia su casa. A nuestro alrededor la ciudad continuaba con su ritmo habitual: mujeres que transportaban cestas, comerciantes que cerraban puestos, algún burro cargado avanzando con lentitud por el empedrado.

Durante unos minutos caminamos en silencio, pero mi mente estaba lejos de estar en calma.

Había algo que llevaba pensando desde la noche anterior, aunque hasta ese momento no me había atrevido a ponerlo en palabras.

Finalmente hablé.

—Elvira…

—Decid.

—Si una mujer llegara a una ciudad sin familia… sin parientes… ¿qué podría hacer para mantenerse?

Ella me miró de reojo.

No parecía sorprendida por la pregunta, solo reflexiva.

—Pues depende de muchas cosas —respondió al cabo de un momento—. De lo que sepa hacer, sobre todo.

Seguimos caminando mientras hablaba.

—Las casas grandes siempre necesitan manos —continuó—. Criadas para las cocinas, muchachas que ayuden a las damas, mujeres que sepan coser o cuidar la ropa.

Asentí lentamente.

—¿Y… qué hacen exactamente esas mujeres?

—Depende de la casa.

Elvira acomodó el pañuelo que llevaba sobre la cabeza.

—Las doncellas de servicio acompañan a las señoras. Les ayudan a vestirse, cuidan sus cofres, mantienen en orden las habitaciones. Otras trabajan en las cocinas o en los patios. No es un trabajo ligero, pero al menos hay comida y un techo.

Eso era algo que en ese momento tenía más valor del que jamás habría imaginado.

—¿Y fuera de las casas nobles?

—Hay talleres —respondió—. De tejidos, de bordados, de telas. Algunas mujeres trabajan allí. No es frecuente, pero ocurre.

Miré el suelo mientras caminábamos.

—¿Hace falta saber algo en particular?

—Coser ayuda —dijo Elvira con una sonrisa leve—. Y bordar, si se quiere entrar en una casa buena.

Continuamos avanzando entre las calles empedradas.

—También están los conventos —añadió después.

Alcé la vista.

—¿Conventos?

—Sí. No todas las muchachas que entran allí se convierten en monjas. Algunas ayudan en las tareas del lugar. Limpian, cocinan, trabajan en los huertos. Con el tiempo pueden tomar votos, si así lo desean.

No respondí de inmediato.




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