—Lo que dijiste esta mañana… —comentó Elvira mientras caminábamos—. Lo de saber leer.
Levanté ligeramente la vista hacia ella.
Habíamos salido hacía poco de la casa en dónde ella trabajaba ayudando en la cocina, en la vivienda de un herrero de la ciudad. La acompañe y me permitieron quedarme con ella, siempre y cuando no interfiriera con sus tareas. Y eso hice.
La tarde se abría paso entre las calles con ese movimiento tranquilo que precedía al verdadero bullicio del día. Durante un rato habíamos caminado sin hablar, pero era evidente que Elvira seguía pensando en la conversación que habíamos mantenido horas antes.
—Sí —respondí.
Elvira avanzó unos pasos más antes de continuar.
—No es algo común.
Dejé que mi mirada recorriera la calle. Las casas de aquel sector parecían distintas a las que rodeaban la vivienda de Elvira. Las fachadas eran más altas, construidas con piedra bien trabajada. Muchas puertas estaban reforzadas con gruesas bandas de hierro, y algunas tenían aldabas elaboradas con formas de animales o figuras entrelazadas.
Sobre uno de los portones distinguí un escudo tallado que el paso del tiempo había suavizado.
—En algunas casas valoran esas cosas —añadió Elvira.
No respondí de inmediato.
Para mí, saber leer siempre había sido algo tan natural que nunca lo había considerado una habilidad especial. Había crecido rodeada de libros, de cuadernos, de profesores que insistían en comprender lo que se leía y en escribir con claridad.
Cada día en aquel siglo me recordaba lo mismo: cosas que antes habían sido normales ahora parecían extrañas.
—¿Aquí viven familias importantes? —pregunté finalmente.
Elvira siguió la dirección de mi mirada.
—Algunas. Otras son comerciantes ricos. Gente que tiene propiedades o negocios.
Una carreta pasó lentamente junto a nosotras, y el sonido de las ruedas sobre las piedras resonó entre las fachadas.
—En casas así suele haber servicio —continuó Elvira.
Asentí.
Había estado dándole vueltas al asunto todo el día mientras la veía trabajar, pero escucharlo de nuevo mientras caminábamos entre aquellas puertas cerradas hacía que la idea pareciera más real.
—Quiero intentarlo —dije después de unos segundos. Elvira me miró—. Buscar trabajo.
La mujer no pareció sorprendida.
—Entonces tendréis que acostumbraros a que muchas puertas se cierren antes de que una se abra.
Sonreí apenas.
—Lo imaginé.
Caminamos unos metros más.
Una puerta se abrió en ese momento y salió una mujer con una cesta de ropa doblada. Al vernos, redujo ligeramente el paso.
Elvira inclinó la cabeza.
—Buen día.
La mujer respondió con un gesto breve. Sus ojos se detuvieron en mí.
—Buen día.
Elvira habló con naturalidad.
—La muchacha busca servicio. Pensábamos preguntar si en esta casa necesitan manos.
La mujer frunció ligeramente el ceño.
—¿Quién las envía?
La pregunta fue rápida, casi automática.
Noté cómo la expresión de Elvira se mantenía tranquila.
—Nadie —respondió—. Solo preguntamos.
La mujer volvió a observarme con más atención. No era una mirada cruel, pero sí cautelosa.
Finalmente negó con la cabeza.
—La señora no recibe a desconocidas.
Ajustó la cesta en su brazo.
—Y aquí no falta gente.
Incliné la cabeza con educación.
—Gracias por decírnoslo.
La mujer regresó al interior sin añadir nada más.
Durante unos instantes permanecimos en silencio.
Luego Elvira retomó la marcha.
—Eso es lo habitual —dijo.
Miré la puerta que acabábamos de dejar atrás.
—Preguntó quién nos enviaba.
—Las recomendaciones importan mucho.
Pensé en ello.
Tenía sentido.
En un mundo donde las casas protegían su intimidad casi tanto como sus puertas, confiar en desconocidos no debía de ser algo frecuente.
—Entonces entrar sin referencias será difícil.
Elvira me miró de reojo.
—Difícil no significa imposible.
Doblamos una esquina y seguimos caminando.
En una ventana cercana, dos mujeres sacudían una manta mientras conversaban en voz baja. Más adelante, un muchacho empujaba un carro cargado de leña, inclinando el cuerpo con esfuerzo.