Bajo el cielo de Castilla

Capítulo 10

El camino de regreso a la casa de Elvira se me hizo más corto que por la mañana.

Tal vez porque esta vez no caminaba perdida entre las calles, observándolo todo como si cada piedra fuera un misterio, sino porque mi mente estaba ocupada con una sola idea que no dejaba de repetirse una y otra vez.

El mayordomo.

Volveríamos antes de que cayera la noche. Eso había dicho el hombre.

Y aunque no era una promesa, ni siquiera una verdadera invitación, era más de lo que había tenido desde que desperté en aquel siglo.

Era una posibilidad.

Las calles de Toledo seguían llenas de movimiento. El sol comenzaba a descender lentamente hacia los tejados y la luz dorada de la tarde hacía que las piedras de las casas parecieran más cálidas.

Pasamos junto a un grupo de mujeres que conversaban mientras limpiaban verduras en un cuenco grande. Un niño corría detrás de una gallina que escapaba entre risas. Más adelante, un hombre cargaba sobre los hombros un saco de grano que parecía pesar más que él mismo.

Todo tenía una energía constante, tranquila pero firme.

La ciudad no se detenía.

Seguí caminando junto a Elvira en silencio durante unos minutos.

Ella parecía absorta en sus propios pensamientos, pero de vez en cuando me observaba de reojo, como si intentara adivinar lo que pasaba por mi mente.

No dije nada.

Porque lo que pasaba por mi mente era demasiado.

Elvira fue quien rompió el silencio.

—No penséis demasiado en ello.

La miré.

—¿En qué?

Ella sonrió apenas.

—En el mayordomo.

Bajé la mirada hacia el empedrado.

—Es difícil no hacerlo.

—Si os conviene el puesto, lo sabréis esta noche.

Asentí lentamente. Era verdad. Pero aun así la espera parecía larga.

Doblando una esquina reconocí la calle donde se encontraba su casa. Las paredes eran más bajas que las de las zonas donde habíamos estado antes, y el suelo estaba cubierto por una mezcla de tierra compacta y piedras desparejas.

Elvira abrió la puerta de madera y entramos.

El interior estaba fresco.

La casa olía a humo y a hierbas secas colgadas cerca de la pared.

La luz que entraba por la pequeña ventana era suave y hacía que el interior pareciera casi dorado.

Me senté en el banco de madera mientras Elvira comenzaba a preparar el fuego.

El silencio dentro de la casa era distinto al de la ciudad. Más profundo. Más lento. Por un momento simplemente me quedé allí, escuchando el crujido de la leña mientras comenzaba a prender.

Sentí el cansancio en los hombros. No era solo físico. Era el peso constante de estar alerta. Cada palabra que decía tenía que ser medida. Cada gesto tenía que parecer natural para un siglo que no era el mío.

—Podéis descansar un rato —dijo Elvira.

La miré.

—No estoy cansada.

Ella soltó una pequeña risa.

—Eso decís, pero vuestro rostro dice otra cosa.

No insistí.

Me recosté contra la pared de piedra. Estaba fría, pero el contacto me resultó extrañamente reconfortante.

Elvira comenzó a cortar unas verduras sobre la mesa.

El sonido del cuchillo contra la madera llenó el silencio.

—¿Pensáis que os aceptarán? —preguntó después de un momento.

La pregunta me tomó desprevenida.

Pensé unos segundos antes de responder.

—No lo sé.

Y era verdad. Había aprendido algo importante en las últimas horas: en aquel mundo las decisiones no dependían solo de la voluntad. Dependían de jerarquías. De confianza. De costumbres que yo apenas comenzaba a comprender.

—Si no es esa casa —continuó Elvira—, habrá otras.

Asentí. Pero sabía que cada intento sería igual de difícil. Porque la pregunta siempre sería la misma. ¿Quién os recomienda? Y yo no tenía a nadie.

El fuego comenzó a calentar la habitación.

Elvira colgó la olla sobre el hierro y el aroma de las verduras cocinándose empezó a llenar el aire.

Por un momento cerré los ojos. No para dormir. Solo para pensar. Y entonces mi mente regresó, inevitablemente, a la iglesia. A aquel hombre. A su voz. A la manera en que me había observado.

Abrí los ojos inmediatamente. No tenía sentido pensar en eso. Había sido un encuentro breve. Nada más.

Y sin embargo…

Había algo en la forma en que me había hablado que no se parecía a ninguna otra conversación que hubiera tenido desde que llegué allí.

No era hostilidad. Tampoco simple cortesía. Era algo más difícil de nombrar.




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