Bajo el cielo de Castilla

Capítulo 11

La puerta se cerró detrás de mí con un sonido grave, firme. No fue un portazo, ni siquiera brusco, pero el eco de la madera contra el marco resonó en el interior de la casa como una declaración silenciosa: ya estaba dentro.

El vestíbulo era más amplio de lo que había imaginado desde la calle. Los últimos rayos del sol entraban desde un pequeño patio interior que se abría unos pasos más adelante, iluminando las paredes encaladas con un resplandor suave.

Olía a cera, a hierbas secas y a piedra fresca.

El mayordomo que nos había hecho pasar avanzó delante de nosotras con paso seguro.

—Esperad aquí —dijo. Señaló un banco de madera junto a la pared. Elvira y yo nos sentamos. Durante un momento nadie habló.

El silencio de aquella casa era distinto al del exterior. No era vacío, sino contenido. Desde algún lugar del interior llegaban sonidos amortiguados: pasos, el roce de una escoba, el leve tintinear de algo metálico.

Una casa viva. Una casa organizada. Una casa donde cada persona tenía un lugar claro dentro del orden de las cosas.

Sentí de nuevo esa mezcla extraña de esperanza y cautela. Si conseguía trabajo allí…

No.

Me obligué a no pensar demasiado lejos. Primero tenía que lograr algo mucho más simple: no arruinar la oportunidad.

Miré discretamente alrededor. Las paredes estaban adornadas con tapices sencillos pero bien conservados. En uno de ellos distinguí figuras geométricas bordadas con hilos oscuros. En otro, un motivo vegetal repetido. Nada era ostentoso, pero todo hablaba de estabilidad.

Una mesa contra la pared sostenía un candil de hierro y una pequeña imagen de la Virgen.

Elvira permanecía tranquila a mi lado, las manos entrelazadas sobre el regazo. Yo, en cambio, tenía que hacer un esfuerzo consciente para que las mías no revelaran la tensión que sentía.

Respiré hondo. Había pasado días intentando comprender cómo funcionaba aquel mundo. Ahora tenía que demostrar que podía encajar en él.

Pasaron varios minutos en los que me perdí contemplando un hermoso cuadro colgado en una pared, era pequeño, pero tan hermoso. Poder observar tanta arte en vivo era alucinante.

Finalmente escuchamos pasos acercándose. Firmes. Regulares. No eran los pasos ligeros de una criada, sino del mismo hombre que decidiría mi futuro. Observándolo bien pude darme cuenta de que vestía de forma sobria pero cuidada: jubón oscuro, cinturón ancho, botas limpias.

Nos pusimos de pie cuando se detuvo frente a nosotras. Él nos observó un momento antes de hablar.

—Entonces, me habéis dicho que buscáis trabajo.

Su voz era calmada, pero no amable en exceso. Simplemente profesional.

Elvira inclinó la cabeza hacia mí.

—Así es.

El hombre volvió su atención hacia mí. Sentí el peso de su mirada evaluadora recorriéndome de arriba abajo, sin grosería pero con precisión. Como si estuviera midiendo algo invisible. Su expresión tenía la serenidad de alguien acostumbrado a administrar asuntos importantes sin levantar la voz.

—¿Cómo os llamáis?

—Lucía, Lucía Guadalajara Farías—respondí. Mi voz salió más firme de lo que esperaba. El hombre asintió ligeramente.

—¿De dónde venís, señora?

La pregunta llegó sin advertencia.

Sentí el mismo pequeño vértigo que ya había experimentado otras veces en los últimos días. Cada conversación era un campo minado. Pero ya había aprendido algo importante: cuanto más natural pareciera la respuesta, menos sospechas generaría.

—Del norte —dije. No era una mentira completa. Desde la perspectiva de Castilla, Argentina estaría… muy al norte del mundo conocido.

El hombre pareció aceptar la respuesta sin interés especial.

—¿Tenéis familia en la ciudad?

—No.

—¿Alguien que pueda recomendaros?

Aquí estaba la pregunta importante. Negué con suavidad.

—No, señor.

El hombre no mostró sorpresa. Probablemente escuchaba esa respuesta con frecuencia.

—Entonces decidme —continuó—. ¿Qué sabéis hacer?

Esa pregunta sí tenía una respuesta clara.

—Sé leer.

El silencio que siguió fue breve, pero lo sentí con claridad. El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Leer?

—Sí.

Sus ojos se entrecerraron apenas.

—¿En castellano?

—Sí.

No añadí nada más. Esperé. Elvira guardaba silencio a mi lado. El hombre dio un paso más cerca.

—No es común que una mujer tan joven y en su posición diga eso con tanta seguridad.

Lo miré con calma.

—En mi casa lo era.

La frase salió antes de que pudiera suavizarla. Pero, curiosamente, pareció funcionar. El hombre asintió lentamente.




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