Bajo el cielo de Castilla

Capítulo 12

Dormí poco aquella noche.

El jergón era duro y la manta demasiado fina para el frío que se filtraba por las rendijas de la pared. Pero no era el frío lo que me mantenía despierta.

Era la incertidumbre.

Había ido hasta aquella casa de comerciantes ricos con una esperanza que apenas me atrevía a nombrar. Había respondido a sus preguntas con calma, intentando parecer segura, intentando que no notaran cuánto dependía mi futuro de aquella entrevista.

Y aun así, al final, me habían mirado con una expresión imposible de descifrar y habían dicho únicamente:

En tres días te diré si te quedas con el puesto.

Nada más. Ni una promesa. Ni una negativa. Solo aquella espera suspendida.

Me giré sobre el jergón mirando el techo oscuro. Afuera, la ciudad dormía, aunque de vez en cuando llegaba el sonido distante de alguna carreta o el ladrido de un perro.

Pensé en lo absurdo de mi situación.

Había viajado siglos atrás -aunque nadie allí lo supiera- y ahora mi destino dependía de si un desconocido consideraba útil mi habilidad para leer.

Solté un suspiro largo.

No podía quedarme esperando en aquella habitación todo el día.

Al amanecer me levanté. Me vestí con cuidado, intentando no hacer ruido. La casa todavía estaba en silencio; Elvira continuaba durmiendo en su lugar.

La luz gris comenzaba a filtrarse por la ventana cuando salí a la calle. El aire de la mañana era frío y húmedo. Las calles estaban casi vacías. Solo algunos comerciantes comenzaban a abrir sus puestos y un par de campesinos cruzaban la plaza con carros cargados de verduras.

Caminé sin pensarlo demasiado. Sabía perfectamente hacia dónde iba.

La parroquia.

No era una decisión completamente consciente. Tal vez solo necesitaba silencio. Tal vez necesitaba ordenar mis pensamientos.

O tal vez necesitaba algo más.

Tal vez iba porque allí había ocurrido todo. Quizás porque era el único punto que unía mi vida anterior con esta nueva realidad. O tal vez porque necesitaba creer que, de alguna manera, Dios todavía podía escucharme.

Cuando llegué, la puerta de madera estaba entreabierta. Empujé con cuidado.

El interior estaba casi vacío. Solo una anciana rezaba en uno de los bancos delanteros, moviendo lentamente las cuentas de un rosario entre sus dedos.

Una tenue luz matinal se filtraba a través de las vidrieras, coloreando el suelo de piedra con tonos azules y dorados. El aire olía a cera y a piedra húmeda.

Luego de santiguarme avancé por el pasillo central, el eco de mis pasos parecía demasiado fuerte en aquel silencio.

Me senté en uno de los bancos cercanos al altar.

Durante unos momentos no hice nada.

Solo respiré.

Había algo profundamente tranquilizador en aquel lugar. No sabía si era la quietud, la penumbra o la sensación de que el mundo exterior quedaba suspendido tras aquellas paredes.

No era la primera vez que volvía a ese lugar. Ya lo había intentado antes. El día anterior, luego de almorzar, después de todo, después del encuentro con aquel hombre y de regresar con Elvira, no había podido quedarme quieta.

Había sentido una necesidad casi desesperada de volver. Inventé una excusa, salí sin decir demasiado y regresé sola a la parroquia, con el corazón latiendo más rápido de lo normal.

Me detuve exactamente en el mismo sitio donde todo había ocurrido. Recordaba cada detalle con una precisión inquietante: la luz, el silencio, la sensación extraña que me había recorrido el cuerpo, el temblor. Incluso la cruz.

Bajé la mirada hacia mi mano. Allí estaba ella. Pequeña, pero imposible de ignorar. La recorrí con la yema de los dedos, como si al tocarla pudiera comprender algo más. Esa misma cruz… había estado allí, incrustada sobre la pared, antes de que todo cambiara. Y luego simplemente había aparecido en mi mano.

Había cerrado los ojos. Intenté repetirlo. Me quedé en silencio, inmóvil, como si el tiempo pudiera plegarse otra vez sobre sí mismo. Recé. Esperé. Contuve la respiración en más de una ocasión, convencida de que algo —cualquier cosa— iba a suceder. Pero nada ocurrió. El aire no cambió. La luz no se alteró. No hubo temblor. Nada. El mundo siguió siendo exactamente el mismo.

Cuando volví a abrir los ojos lentamente, con una sensación de vacío que me apretó el pecho, volví a intentarlo. Y otra vez.

Hasta que la certeza empezó a instalarse, silenciosa y fría: no sabía cómo había llegado hasta allí… y, lo que era peor, tampoco sabía cómo regresar.

Aun así, no me fui enseguida. Me quedé más tiempo, mirando el Sagrario, con la mano todavía aferrada sobre aquella cruz, como si al soltarla estuviera aceptando algo que no estaba preparada para aceptar. Pero al final no hubo respuesta. Solo silencio.

Estuve horas allí, hasta que decidí que ya era momento de volver con Elvira. Y desde entonces, sabía que una parte de mí esperaba lo imposible… mientras la otra empezaba, muy lentamente, a entender que tal vez tendría que aprender a vivir en un tiempo que no era el mío.




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