Salí de la iglesia con paso lento. La luz de la mañana me obligó a entrecerrar los ojos por un instante, como si el mundo exterior fuera demasiado brillante después de la penumbra del interior.
El aire seguía frío, pero la ciudad ya estaba despierta.
El murmullo de las voces, el sonido de caballos sobre la tierra, el ir y venir de la gente... todo parecía más vivo que unas horas antes. Durante un momento me quedé quieta en el umbral, observando cómo la vida continuaba sin detenerse por nadie.
Luego avancé.
Apreté levemente la mano sobre la cruz. La había tomado antes de salir de la casa; ya no quería tenerla lejos de mí. Como si necesitarla cerca pudiera anclarme a algo que todavía no terminaba de comprender.
Caminé sin prisa, dejando que mis pasos me llevaran por calles que empezaban a resultarme familiares. Reconocí una esquina, una puerta, una ventana abierta desde la que escapaba el olor a pan recién hecho.
Era extraño.
Hacía apenas unos días todo me parecía ajeno... y ahora empezaba a orientarme.
Como si el mundo comenzara, lentamente, a aceptarme. O como si yo empezara a aceptarlo a él.
Negué suavemente con la cabeza, rechazando ese pensamiento antes de que se volviera peligroso.
No podía permitirme eso. No todavía.
Cuando llegué a la casa de Elvira, la puerta estaba cerrada como siempre. Golpeé suavemente y entré. El calor del interior me envolvió de inmediato.
Elvira estaba junto al fuego, inclinada sobre la olla. La luz anaranjada iluminaba su perfil, marcando las líneas tranquilas de su rostro. Se volvió al oírme.
—Habéis madrugado.
—No podía dormir —respondí, dejando el manto a un lado. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo habitual en mí.
—¿Habéis vuelto a la iglesia?
Asentí.
—Sí.
Elvira no pareció sorprendida. Solo asintió despacio, como si aquello encajara dentro de algo que ya había entendido.
—Es buen lugar para ordenar pensamientos.
Me acerqué al fuego, extendiendo las manos hacia el calor. Sentí cómo el frío abandonaba lentamente mis dedos. Durante unos instantes permanecimos en silencio. Pero las palabras no tardaron en abrirse paso.
—Ayer... —empecé, con cierta cautela—. En la casa donde preguntamos.
Elvira levantó apenas la vista.
—¿Sí?
—Tuve esa entrevista.
Ella dejó la cuchara apoyada contra el borde de la olla.
—¿Y? —solté un suspiro leve.
—Dijeron que me avisarían
Elvira asintió con calma.
—Eso ya me lo habíais contado
Bajé la mirada un instante.
—Alguien... podría mencionarme.
Noté el cambio casi imperceptible en su expresión.
—¿Alguien?
—Sí —dudé un segundo. No sabía por qué.
—Un hombre —añadí—. Lo conocí ayer.
Elvira no habló enseguida. Pero su atención estaba completamente puesta en mí.
—¿Y ese hombre tiene nombre?
La pregunta fue tranquila. Natural. Pero algo en su tono me hizo responder con más cuidado.
—Tristán —dije—. Tristán Enríquez de Velasco.
El silencio que siguió no fue como los anteriores. Fue distinto. Más denso. Elvira no se movió de inmediato. Sus dedos, que antes sostenían la cuchara, quedaron quietos sobre la madera.
—¿Cómo habéis dicho? —levanté la vista.
—Tristán Enríquez de Velasco.
Vi cómo algo cambiaba en su rostro. No era miedo exactamente. Era... reconocimiento. Y algo más cercano al respeto.
—No es un hombre cualquiera —dijo finalmente. Sentí un leve vuelco en el estómago.
—Eso ya lo imaginé.
—No —replicó ella, girándose por completo hacia mí—. No creo que lo hayáis imaginado —su mirada era distinta ahora. Más seria. Más atenta.
—Ese apellido... —continuó— no pasa desapercibido en Toledo.
Guardé silencio.
—Su familia es importante —añadió—. Muy importante.
—¿Importante cómo? —Elvira dudó un instante, como si estuviera midiendo sus palabras.
—Su padre ha servido a la Corona. Y no en cargos menores.
Sentí cómo algo se acomodaba, lentamente, en mi mente.
Las miradas. Los soldados. La forma en que se apartaban.
—Eso explica... —murmuré.
—Sí —Elvira me observó con atención— ¿Cómo lo conocisteis?
La pregunta llegó directa. Sin rodeos.
—En la iglesia.
—¿En la iglesia?