Bajo el cielo de Castilla

Capítulo 14: Antes

1 año antes

El ventilador giraba lento sobre mi cabeza, empujando el aire tibio de una tarde que todavía se negaba a irse.

Marzo siempre era así. Una especie de tregua engañosa entre el verano y lo que venía después. Las clases empezaban, la rutina volvía a acomodarse en los días, pero el calor seguía aferrado a las paredes como si no quisiera soltar.

Dejé el pincel sobre el borde del frasco y me alejé un paso del caballete

Entrecerré los ojos.

La pintura no estaba terminada, pero tampoco sabía exactamente qué le faltaba.

Era un ejercicio para la facultad. Composición libre, había dicho la profesora, como si eso simplificara algo. Para mí, la libertad nunca había sido sencilla. No porque no la tuviera, sino porque elegir siempre implicaba descartar.

Me incliné un poco hacia un costado, evaluando las formas, los contrastes, el equilibrio del color.

Había algo ahí que me gustaba.

Y algo que no terminaba de cerrar.

—Te vas a volver loca —murmuré. Me limpié las manos en un trapo manchado de acrílico y caminé hasta la ventana.

Desde allí, la ciudad se veía en movimiento constante. Autos que pasaban, gente caminando por la vereda, el sonido lejano de una radio que alguien había dejado encendida.

Rosario en marzo: ni completamente verano ni del todo otra cosa. Pero nunca faltaba la humedad.

Apoyé el hombro contra el marco. No estaba mal. La vida, pensé. No estaba mal.

Las clases habían vuelto hacía una semana. El profesorado de arte me gustaba. No era una elección impulsiva: había pasado años dibujando en los márgenes de los cuadernos, probando materiales, perdiendo horas en cosas que otros considerarían inútiles.

Para mí no lo eran.

Había algo en crear —aunque fuera imperfecto— que me hacía sentir… enfocada y, al mismo tiempo, era como estar suspendida en un lugar donde el ruido del mundo dejaba de existir. Como si por un rato todo tuviera sentido.

Me aparté de la ventana y volví al caballete. Tomé el pincel otra vez. Esta vez no dudé tanto. Agregué una línea, luego otra. Oscurecí una zona. Aclaré otra. Mejor.

No perfecto. Pero mejor.

Sonreí apenas.

El celular vibró sobre la mesa. Lo ignoré. Volví a mirar la pintura, inclinando la cabeza. Ajusté un detalle más. Recién entonces dejé el pincel y fui a buscar el teléfono.

Era un mensaje de mi mejor amiga.

“¿Seguís viva o te absorbió el arte?”

Solté una risa corta mientras le respondía.

“Estoy salvando esta obra de la mediocridad.”

La respuesta llegó casi de inmediato.

“Imposible. Sos estudiante de arte. La mediocridad es parte del proceso.”

Rodé los ojos.

“Qué graciosa.”

“Salí. Hace calor todavía.”

Dudé un segundo. Miré la pintura. Miré el reloj. Miré otra vez la ventana.

El aire seguía pesado, pero había empezado a moverse un poco.

—Bueno… —murmuré.

Dejé el celular sobre la mesa y fui hacia mi habitación. No tardé mucho en cambiarme: un short de lino, una remera liviana, el pelo atado de cualquier manera. Me miré apenas en el espejo, más por costumbre que por otra cosa.

Suficiente.

Antes de salir, volví a detenerme frente al caballete. Lo observé en silencio unos segundos. No era una obra importante. Ni siquiera sabía si iba a gustarle a la profesora. Pero había algo ahí que era mío. Algo que había salido de mis manos, de mi cabeza, de mi manera de ver el mundo.

Y eso alcanzaba.

Tomé las llaves y salí, dejando atrás aquel retrato de aquella mujer que solo había visto en sueños.

El calor me golpeó apenas crucé la puerta de mi casa, pero no era el mismo de enero. Era más suave. Más llevadero.

La calle estaba llena de movimiento. Un colectivo pasó levantando una ráfaga de aire caliente. Un grupo de chicos reía en la esquina. Una mujer caminaba rápido, hablando por teléfono con tono apurado.

Empecé a caminar sin prisa. Me gustaba eso, caminar sin un destino urgente. Sentir que el tiempo no estaba completamente marcado.

Pasé por una panadería. El olor a pan recién hecho se escapaba hacia la vereda.

Dudé.

Entré.

—Buenas —saludé. El hombre detrás del mostrador levantó la vista.

—Buenas tardes, ¿qué te doy?

Miré la vitrina por un momento.

—Tres medialunas… y tres facturas de crema.

Pagué, agradecí y salí de nuevo a la calle con la bolsita en la mano.

Llegué a la plaza unos minutos después.

El sol empezaba a bajar, pero el calor seguía pegado al aire como una capa invisible.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.