Los tres días de espera se sintieron eternos.
Intenté no pensar demasiado en ello. De verdad lo intenté. Ayudaba a Elvira con lo que podía dentro de la casa, ordenaba, limpiaba, la acompañaba algunas mañanas hasta la vivienda del herrero donde trabajaba... cualquier cosa que mantuviera mi mente ocupada. Pero era inútil. Todo terminaba regresando al mismo lugar: la entrevista. La posibilidad del trabajo, y de forma todavía más irritante, Tristán.
A veces me sorprendía pensando en él sin querer. En una frase que había dicho. En la manera en que me observaba, como si intentara descifrar algo invisible para los demás. O en el hecho de que, pudiendo ignorarme por completo, hubiera decidido intervenir. No entendía por qué. Y quizá precisamente por eso no lograba dejar de pensarlo.
La mañana del tercer día amaneció fría, Elvira estaba terminando de cubrirse el cabello con el pañuelo cuando habló desde la puerta.
— Si vais a pasar toda la mañana caminando de un lado a otro, terminaréis abriendo un agujero en el suelo.
Me detuve. No me había dado cuenta de que llevaba varios minutos haciendo exactamente eso.
— No estoy nerviosa.
Ella arqueó una ceja.
— Claro que no.
Solté un suspiro y me dejé caer sobre el banco de madera junto a la mesa. La casa olía a pan recién horneado y humo de leña. Afuera, Toledo comenzaba a despertar lentamente bajo un cielo grisáceo.
— ¿Y si dicen que no? —pregunté después de unos segundos.
Elvira terminó de acomodarse el manto antes de mirarme.
— Entonces seguiremos buscando.
La facilidad con la que lo dijo me hizo sonreír apenas.
— Lo hacéis sonar sencillo.
—No lo es —su voz se suavizó un poco—. Pero tampoco es el fin del mundo.
Bajé la mirada hacia mis manos. La cruz descansaba oculta bajo la tela de mi vestido, colgando contra mi pecho.
Desde aquella mañana en la parroquia había empezado a llevarla conmigo casi todo el tiempo. Había logrado atarla a un hilo que encontré guardado en lo profundo de mi mochila.
No porque creyera realmente que fuera a devolverme a casa de un momento a otro. Sino porque... necesitaba sentirla cerca. Como si al tocarla pudiera recordar que todo aquello tenía un sentido, incluso cuando yo no lograba verlo.
Un golpe sonó en la puerta. Tanto Elvira como yo levantamos la vista.
— ¿Esperas a alguien? —pregunté.
Ella negó lentamente.
El golpe volvió a sonar. Elvira abrió la puerta. No reconocí al hombre que estaba afuera.
El hombre inclinó la cabeza al verla.
— Buen día.
— Buenos días.
Sus ojos se desviaron hacia mí apenas un instante antes de volver a ella.
— Vengo de la casa de los Valcázar.
Sentí que mi cuerpo se tensaba de inmediato. Elvira también pareció notarlo.
— ¿Sí?
El hombre asintió.
— El mayordomo pidió que la muchacha se presente esta tarde.
Mi corazón dio un salto tan brusco que dolió.
— ¿Esta tarde? —repitió Elvira.
— Antes de vísperas.
Hubo un pequeño silencio.
— ¿Dijo para qué? —preguntó ella.
— No.
El hombre se encogió apenas de hombros.
— Solo me pidió que avisara.
Intenté mantener la calma.
Intenté parecer tranquila, pero sentía el corazón golpeándome demasiado fuerte contra el pecho.
Elvira agradeció el mensaje y el hombre se marchó calle abajo.
La puerta se cerró.
Y entonces ambas nos quedamos en silencio.
— Bueno —dijo finalmente Elvira.
La miré.
— Bueno —repetí.
Ella sonrió apenas.
— Supongo que eso significa que no os rechazaron de inmediato.
Una risa nerviosa escapó de mis labios. No sabía si sentir alivio o más ansiedad, porque ahora había una posibilidad real y eso daba más miedo que antes.
La casa de los Valcázar parecía todavía más imponente aquella tarde. O quizá era yo quien estaba demasiado nerviosa para verla igual que antes.
El gran portal de madera oscura permanecía abierto. Dos hombres descargaban mercancías de una carreta mientras una criada atravesaba el patio interior cargando telas dobladas entre los brazos.
Todo allí transmitía movimiento.
Orden.
Dinero.
Me detuve apenas un segundo antes de entrar. Respiré hondo y avancé.
El mismo hombre que había llevado el mensaje me hizo pasar al interior sin demasiadas palabras.