Aquella noche fue otra de las que dormí poco. No porque estuviera incómoda en casa de Elvira -aunque el jergón seguía siendo duro y el frío se colaba igual por las rendijas de las paredes-, sino porque mi cabeza no dejaba de pensar.
Mañana.
La palabra parecía girar dentro de mí desde que había salido de la casa de los Valcázar.
Mañana empezaría a trabajar allí.
Mañana dejaría la pequeña casa de Elvira.
Mañana comenzaría una vida completamente distinta dentro de aquella ciudad que, semanas atrás, me había parecido imposible.
Giré sobre el costado y observé la oscuridad del cuarto. Desde la diminuta y única habitación que había en la casa llegaba el sonido suave de la respiración de Elvira.
Afuera, Toledo permanecía en silencio, salvo por algún caballo lejano o el crujido ocasional de una carreta atravesando las calles.
Cerré los ojos.
Y, como ya empezaba a ocurrirme demasiado seguido, pensé en Tristán.
En la forma tranquila con la que había dicho:
A veces una recomendación basta.
Había cumplido su palabra. No sabía por qué eso me afectaba tanto. Tal vez porque, desde que había llegado allí, casi todo había sido incertidumbre. Miedo. Desconfianza. Personas observándome como si hubiera algo extraño en mí. Y él también lo hacía. Pero aun así me había ayudado.
Suspiré y me cubrí mejor con la manta. No tenía sentido seguir pensando en eso o al menos eso intenté decirme mientras volvía a cerrar los ojos e intentaba caer en un profundo sueño.
Y así fue que me encontré soñando con la calida sonrisa de la mujer que me había dado cobijo, con su humilde hogar quedándose a oscuras. Para luego encontrarme en las ruidosas calles de Toledo en mi siglo, con autos, bicicletas y personas yendo de un lugar a otro. Yo estaba allí, en medio de la vereda observando todo. Hasta que el panorama comenzó a verse borroso y lo único que fue claro para mi fueron un par de ojos oscuros que brillaron al verme. Brillaron como si cientos de estrellas habitaran en ellos.
A la mañana siguiente, la casa de Elvira estaba llena del olor a pan caliente y hierbas hervidas. Ella ya estaba despierta cuando abrí los ojos.
-Creí que tendría que ir a arrancaros de la cama -dijo apenas me vió parada.
-No dormí mucho.
-Eso ya se nota.
Dejó una taza frente a mí sobre la mesa de madera. El líquido caliente despedía un aroma suave y amargo.
Me senté.
Por unos momentos ninguna de las dos habló. Recién entonces comprendí algo que hasta ese instante no había querido pensar demasiado.
Me iba.
No muy lejos. Seguía dentro de la misma ciudad. Pero aun así...
Aquella pequeña casa había sido el primer lugar seguro que encontré al llegar a ese tiempo.
Elvira notó mi silencio.
-No pongáis esa cara -dijo mientras acomodaba unas telas dobladas-. No os están enviando al otro lado del mundo.
Sonreí apenas.
-Lo sé.
-Además, esa casa es mucho más cálida que esta.
-Eso no será difícil.
Ella soltó una pequeña risa. Después se acercó hasta el arcón junto a la pared y sacó una pequeña bolsa de tela.
-Tomad.
Fruncí el ceño.
-¿Qué es?
-Pan, queso... y una muda de ropa para que tengáis.
-Elvira...
-No voy a dejar que lleguéis a esa casa pareciendo una criatura abandonada.
La miré unos segundos antes de aceptar la bolsa.
-Gracias.
Ella se encogió apenas de hombros, como si no fuera importante. Pero lo era. Mucho más de lo que probablemente imaginaba.
Me acerque de nuevo a la que había sido mi cama durante todo este tiempo para recoger mis cosas. No eran demasiado.
La mochila. Que solo contenía las prendas modernas con las que había llegado. Un cepillo para el pelo, otro para los dientes y la pasta dental, gomitas para el cabello y toallitas húmedas, todo guardado dentro de un pequeño neceser.
El celular que ya no me serviría de nada sin un cargador o sin electricidad.
Un cuaderno junto a un par de bolígrafos. Los lentes para leer.
Mi billetera, cuyo contenido de nada servía en aquella época. Una botella de agua. Un rosario muy bonito de cuentas de color rosa.
Y la cruz.
La tomé entre mis dedos unos segundos antes de guardarla bajo mi vestido, colgando contra mi pecho como lo venía haciendo en los últimos días. El material estaba frío.
A veces seguía preguntándome si realmente había algún propósito detrás de todo aquello. Si había una razón para que terminara allí o si simplemente había sido un accidente absurdo imposible de explicar.
Todavía no tenía respuestas. No las tenía, aun así, algo había cambiado. Lentamente empezaba a sentir que tenía un lugar donde permanecer. Aunque fuera temporal.
Cuando metí la mochila dentro de la bolsa de tela, pues no me pareció muy prudente andar por ahí con una mochila negra que se cerraba con cierre, algo que aún no había Sido inventado, y que era de cuero ecológico, Elvira ya estaba lista para salir conmigo.
-No hace falta que me acompañéis.
-Claro que hace falta.
-Elvira...
-Lucía -me interrumpió-. Vais a entrar sola a una casa llena de nobles, comerciantes y criados desconocidos. Permitidme al menos caminar con vos hasta la puerta.
No discutí.
Salimos juntas poco después. El aire de la mañana era frío y húmedo. Una fina neblina cubría parte de las calles mientras la ciudad despertaba lentamente.
Caminamos despacio. Elvira saludaba de vez en cuando a alguien que conocía: un panadero, una mujer mayor sentada junto a una ventana, un vendedor que acomodaba frutas.
Yo observaba todo.
Todavía había momentos en los que debía recordarme que aquello era real.
Las calles estrechas. Las casas de piedra. Los caballos. Las capas oscuras. Las campanas sonando a lo lejos.
La ciudad seguía resultándome imposible.
-No os perdáis demasiado en vuestra cabeza -dijo Elvira de pronto.