Si alguien descubría mis manos, mi vida terminaría esa misma noche.
El conocimiento es un privilegio prohibido para las mujeres de la dinastía Joseon, y yo lo llevaba grabado en la piel como una culpa imposible de borrar. Cada madrugada, antes de presentarme en el Cheomseongdae, cumplía con el ritual del té, intentando convencerme de que el silencio podía seguir protegiéndome. El amanecer teñía el cielo de azules imposibles, y por un instante, mientras las aves emprendían su primer vuelo, me permitía olvidar el peso del secreto que cargaba.
Me llamo Haneul. Soy una erudita que sirve desde las sombras.
Mi padre, un hombre de renombre en la corte, supervisaba los hallazgos astronómicos del Rey. Crecí observándolo descifrar el firmamento con devoción, y en el silencio de los libros me convertí en sus manos y en sus ojos cuando la vejez comenzó a alcanzarlo. Nadie debía saberlo. Nadie podía saberlo.
Aquella noche, mientras ascendía al risco para observar la luna, el silencio se quebró.
Desde el patio del Cheomseongdae surgieron pasos firmes, acompasados, demasiado precisos para pertenecer a los eruditos. Soldados. Antorchas. Armaduras que devolvían destellos inquietantes bajo la penumbra. Y entre ellos, una presencia que no encajaba en ningún mapa que yo hubiera trazado.
No sabía aún su nombre.
Solo supe que, desde ese instante, mi mundo ya no volvería a obedecer las mismas constelaciones.