En Joseon, el conocimiento pertenece a los hombres.
Por eso aprendí a leer las estrellas en secreto.
Si alguien descubría mi verdadero trabajo...
Mi padre moriría primero.
Y yo después....
Mi nombre es Haneul, y durante años serví a la corte desde las sombras, ocultando algo que habría destruido no solo mi vida, sino también el honor de mi familia: una mujer no debía interpretar las estrellas.
Si alguien descubría la verdad, mi padre perdería mucho más que su prestigio.
Y yo perdería mi libertad.
Cada madrugada, antes de dirigirme al Cheomseongdae, cumplía el mismo ritual. Preparaba el té mientras observaba cómo el amanecer teñía el horizonte de tonos dorados y rojizos. Aquellos momentos de calma eran breves, pero suficientes para convencerme de que la vida podía ser sencilla.
Era una mentira que me gustaba creer.
Mi padre, uno de los astrónomos más respetados de la corte, me había enseñado en secreto desde la infancia. Mientras otras muchachas aprendían costura y etiqueta, yo memorizaba mapas celestes, estudiaba constelaciones antiguas y aprendía a interpretar los movimientos de los planetas.
Amaba el firmamento con una devoción peligrosa.
Pasaba horas observando la luna, siguiendo el curso de Marte o inclinada sobre pergaminos cubiertos de tinta. Los cielos eran mi refugio, mi obsesión y mi prisión.
Creí que mi vida continuaría así para siempre.
Me equivoqué.
Aquella noche subí al risco para observar la luna creciente. Desde allí podía contemplar el observatorio y los techos oscuros del complejo mientras el viento agitaba suavemente mis mangas.
Entonces escuché pasos.
Firmes.
Precisos.
Militares.
Me giré hacia el sonido.
Un grupo de soldados avanzaba por el patio iluminado por antorchas. Sus armaduras reflejaban destellos cobrizos bajo la luz temblorosa. Eran hombres acostumbrados a la guerra, pero uno de ellos destacó de inmediato.
No por la armadura.
Ni por la espada.
Sino por la forma en que ocupaba el espacio a su alrededor.
Era alto, más que cualquiera de los hombres que lo acompañaban. Caminaba con una seguridad tranquila, como alguien que había sobrevivido demasiadas batallas para temer a nada.
Incluso a la distancia resultaba imposible ignorarlo.
Por un instante olvidé las estrellas.
Y eso fue lo que más me sorprendió.
Entonces escuché la voz de mi padre llamándome.
—¡Haneul!
El hechizo se rompió.
Bajé del risco con tanta prisa que tropecé sobre las piedras. Apenas conseguí recuperar el equilibrio antes de echar a correr hacia la residencia.
Necesitaba cambiarme.
Necesitaba esconder las manchas de tierra.
Y, sobre todo, necesitaba recuperar la compostura antes de enfrentarme a aquellos desconocidos.
Cuando empujé la puerta de los aposentos de mi padre me detuve en seco.
No estaba solo.
Las sombras de dos visitantes se proyectaban sobre las paredes del Sarangchae.
Mi padre sonrió al verme.
—Entra, entra.
Miré mi ropa cubierta de polvo y lodo.
—No puedo entrar, padre. No estoy limpia.
Retrocedí un paso.
Y fue entonces cuando una voz profunda habló desde el interior de la habitación.
—Dad tiempo a vuestra hija para que se asee. Debe presentar sus saludos con la formalidad que merece.
No podía ver aún el rostro de quien había hablado.
Pero reconocí aquella voz.
Era la del soldado que había logrado apartar mi atención del cielo.
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Editado: 07.07.2026