Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 2: Una noche que cambiaría todo

Nada me fascinaba más que descifrar los misterios que ocurrían sobre nuestras cabezas, tanto bajo el sol como en la profundidad de la noche. Poseía una astucia natural para la lectura, capaz de pasar horas entregada al cielo y al trazo del pincel sobre el papel. Sin embargo, mi mente no era una prisión: era extrovertida, de risa fácil y sonora. Me gustaba correr hasta que me faltara el aliento y trepar al risco más alto solo para sentirme un poco más cerca de la luna.

Mis días transcurrían bajo una monotonía que yo amaba; era el único mundo que conocía y el que esperaba me acompañara hasta el último aliento. Pero una noche, mientras ascendía al risco para observar la luna, el silencio se quebró. En el Cheomseongdae, los eruditos trabajaban en mapas como el Cheonsang yeolcha bunya jido, trazando constelaciones heredadas de dinastías antiguas. Fue entonces cuando escuché unos pasos: fuertes, precisos, marcando una marcha que se tornaba más grave conforme yo ganaba altura.

Divisé a los hombres que llegaban al observatorio en formación. Vestían armaduras de cuero y portaban arcos, flechas y espadas que destellaban bajo la penumbra de las antorchas. Sin embargo, uno de ellos cautivó mi atención de inmediato; Su presencia era una anomalía en aquel patio de piedra. Se alzaba con una estatura imponente, una figura de seis pies y dos pulgadas que proyectaba una sombra alargada y protectora sobre el suelo. No era solo su tamaño lo que intimidaba, sino la simetría casi divina de sus facciones; poseía uno de esos rostros que parecen esculpidos por los dioses en un momento de absoluta inspiración.

Sus labios, de un rosa natural y delicado, contrastaban con la severidad de su mandíbula marcada, invitando a una curiosidad prohibida. Tenía una tez clara, de una palidez de porcelana que, lejos de ser frágil, servía de lienzo para las pequeñas cicatrices de guerra que narraban su historia de supervivencia. Cada rasgo en él era una promesa de perfección: una armonía de ángulos y suavidad que obligaba a la mirada a detenerse, a perderse en los detalles de un perfil que no parecía pertenecer a un mortal, sino a una leyenda viva caminando entre nosotros.

De pronto, el eco de unas carcajadas rompió la noche. Era mi padre, pronunciando mi nombre con esa alegría desesperada de quien busca un tesoro para entregarlo. Al descender del risco con prisas, mis pies traicionaron el equilibrio sobre las piedras; tropecé, pero el instinto me impulsó a correr aún más rápido hacia el refugio de nuestra casa. Necesitaba limpiarme antes de encarar su mirada.

Al empujar la puerta de sus aposentos, me detuve en seco. Mi padre no estaba solo; las sombras de dos hombres desconocidos se proyectaban contra las paredes de su Sarangchae. Con los ojos encendidos de entusiasmo, me instó a pasar, ignorando que yo era un desastre de ropa manchada de sangre y lodo, con el cabello alborotado por la agitación de la huida. —No puedo entrar, padre, no estoy limpia— repliqué con urgencia, retrocediendo ante su insistencia.




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