Fue entonces cuando una voz, profunda y firme, cortó el aire.
—Dad tiempo a vuestra hija para que se asee; debe presentar sus saludos con la formalidad que merece.
Aquellas palabras me paralizaron.
No podía explicar por qué una simple frase había provocado semejante reacción en mí, pero sentí la necesidad inmediata de escapar. Sin esperar otra invitación, me retiré hacia mis aposentos acompañada por mi Momjong, con el corazón golpeando contra mis costillas como si caminara hacia un juicio.
Una vez dentro de mi habitación, el silencio se convirtió en mi único refugio.
Mi criada comenzó a ayudarme con la rapidez de quien conocía cada una de mis costumbres. Las prendas manchadas de tierra desaparecieron una tras otra mientras el agua caliente llenaba el aire con el aroma delicado de las flores de ciruelo.
El escozor en mis rodillas me recordó la caída sufrida en el risco, pero no era el dolor físico lo que me inquietaba.
Era aquella voz.
Aquella extraña voz que había comprendido mi incomodidad antes siquiera de haber visto mi rostro.
—Estáis temblando, señorita —observó mi Momjong.
—No es nada.
Mentí.
Ella no me creyó.
Mientras me ayudaba a vestir un Hanbok de seda azul oscuro, tan profundo como el cielo antes del amanecer, continuó observándome con atención.
El Jeogori quedó perfectamente ajustado.
La cinta del Otgooreum cayó con elegancia sobre mi pecho.
Mi cabello fue recogido con esmero hasta que la joven reflejada en el espejo de bronce pareció una desconocida.
La muchacha que corría libremente por el risco había desaparecido.
En su lugar se encontraba la hija obediente de un erudito de Joseon.
—Debéis comportaros con prudencia esta noche —dijo mi criada mientras acomodaba un Binyeo de plata entre mis cabellos.
—Siempre me comporto con prudencia.
Ella soltó una breve risa.
—No cuando vuestra curiosidad se interpone.
Ignoré el comentario.
—¿Quiénes son realmente esos hombres?
La expresión de mi Momjong cambió.
—El hombre que conversa con vuestro padre es un Janggun. Uno de los generales más respetados al servicio del Rey.
Asentí.
Eso explicaba la formalidad.
Pero ella aún no había terminado.
—Sin embargo, no es él de quien habla el palacio.
Levanté la mirada hacia el espejo.
—¿No?
—No.
Mi criada se inclinó ligeramente hacia mí.
—El hombre que lo acompaña es diferente.
Su tono bastó para despertar mi curiosidad.
—¿Diferente cómo?
—Las damas de la corte suspiran cuando escuchan su nombre. Los nobles intentan conseguir audiencias con él. Incluso he oído que varias familias importantes han intentado convertirlo en su yerno.
No pude evitar sonreír.
—Y dime, ¿quién es ese prodigio capaz de provocar semejante revuelo?
Mi Momjong no respondió de inmediato.
Se acercó un poco más.
Y entonces pronunció un nombre que parecía haber estado esperando el momento adecuado para existir.
—Kang-dae.
El sonido de aquellas sílabas permaneció suspendido entre nosotras.
Kang-dae.
Observé mi reflejo en el espejo de bronce.
Sin darme cuenta, repetí el nombre en voz baja.
—Kang-dae.
Algo extraño recorrió mi pecho.
No era emoción.
Tampoco miedo.
Era curiosidad.
Y eso me molestó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Nunca había oído hablar de él.
Mi criada abrió los ojos con incredulidad.
—¿Cómo es posible? Todo el palacio conoce su nombre.
—Yo no soy todo el palacio.
Volví la mirada hacia la ventana.
—Paso mis días entre mapas celestes y pergaminos. Mi mundo es mucho más pequeño de lo que crees.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
Luego añadí con una serenidad que intentaba convencerme a mí misma:
—Además, no puedo perder el tiempo pensando en trivialidades.
—¿Trivialidades?
—Sí.
Tomé aire.
—Las estrellas ya ocupan suficiente espacio en mi vida.
Sin embargo, cuando mis ojos regresaron al espejo de bronce, una pregunta incómoda seguía observándome desde el reflejo.
¿Por qué seguía recordando aquella voz?
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Editado: 12.06.2026