Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 3: Preparándose para la guarida del lobo

Fue entonces cuando una voz, profunda y temible, cortó el aire: —Dad tiempo a vuestra hija para que se asee; debe presentar sus saludos con la formalidad que merece—. Aquellas palabras me dejaron aterrada. Huí hacia mi cuarto escoltada por mi Momjong, sintiendo cómo mi cuerpo se estremecía con la violencia de quien camina hacia el cadalso, como si el simple acto de haber sido vista fuera un delito imperdonable.

En la seguridad de mis aposentos, el silencio era solo interrumpido por el jadeo de mi respiración y el movimiento febril de mi Momjong. Ella, con la eficiencia de quien conoce mis secretos, comenzó a despojarme de las ropas manchadas de tierra y de esa libertad prohibida que aún palpitaba en mis venas.

El agua caliente en el cuenco de porcelana desprendía un vaho cargado de esencia de flores de ciruelo. Mientras me lavaba la piel, el escozor de la sangre seca en mis rodillas era un recordatorio físico de mi torpeza en el risco. Mis manos temblaban. No era el frío de la noche lo que me estremecía, sino el eco de aquella voz profunda que había intercedido por mí. ¿Cómo podía un desconocido leer mi necesidad de refugio antes siquiera de ver mi rostro?

Mi criada desplegó el Hanbok de seda sobre el lecho. Era una prenda de un azul profundo, como el cielo antes de que las estrellas se rindan ante el sol. Me envolvió en las capas de tela, ajustando el Jeogori (la chaqueta corta) y anudando la cinta del Otgoorum con una precisión que me asfixiaba. Mientras me peinaba el cabello alborotado, recogiendo cada hebra rebelde en un moño impecable, sentí que la máscara de la formalidad se sellaba sobre mí. Miré mi reflejo en el espejo de bronce: la muchacha que reía a carcajadas en la cima del mundo había desaparecido. En su lugar, quedaba una erudita de la dinastía Joseon, pulcra y silenciosa, preparándose para entrar en la guarida del lobo.

Mientras mi Momjong deslizaba un Binyeo de plata entre las hebras de mi cabello, sus advertencias caían sobre mí con el peso de una sentencia. Me imploraba que me comportara a la altura de las circunstancias; aquellos no eran simples soldados de patrulla. El hombre que hablaba con mi padre era un Janggun, un general que lideraba las fortalezas estratégicas más importantes del Rey. Pero era su subgeneral, el Bujang que lo escoltaba, quien ocupaba los susurros de todo el palacio. Elogiado por las damas de la corte y codiciado por los nobles más influyentes para sus hijas, su fama lo precedía como una estela de fuego.

Con un rastro de burla en la voz, intentando ocultar el temblor de mi pecho, le pregunté: —Y dime, ¿quién es ese prodigio al que todas las mujeres parecen adorar?

Ella no titubeó. Se inclinó hacia mí y, con el aliento rozándome el oído, dejó caer el nombre como una confesión: —Él es Kang-dae.

Frente al espejo de bronce, mis ojos buscaron su propio reflejo mientras mis labios, casi sin permiso, balbucearon su nombre. Lo pronuncié con una torpeza deliberada, como si una parte de mi alma se negara a concederle entidad a cada letra. Tras un breve silencio, el nombre volvió a brotar, esta vez con una vibración distinta, más eléctrica:

—Kang-dae.

—Nunca antes había escuchado su nombre —confesé a mi Momjong, volviéndome hacia ella.

Mi criada me miró con una mezcla de asombro y reproche, como si hubiera admitido no conocer el nombre del propio Rey. —¿Cómo es posible, señorita? —exclamó—. Si en cada rincón del palacio y en cada casa noble no se habla de otra cosa que de su valor y su estampa.

Esbocé una sonrisa teñida de una ternura amarga. —Solo soy una erudita que trabaja en las sombras para asistir a mi padre —le contesté, recobrando la compostura—. Más allá de las constelaciones estelares y de mis horas de soledad en el risco contemplando la luna, no conozco nada más.

Entonces, con una agitación repentina en la voz, como quien intenta sofocar un incendio interno, añadí con frialdad: —No puedo perder el tiempo en trivialidades. Esos susurros son para quienes no tienen el peso del cielo sobre sus hombros.

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