Al salir de mis aposentos, me adentré en el largo pasillo de madera escoltada por un pequeño séquito de damas. Mi corazón latía con una fuerza inusual, golpeando contra mis costillas como si intentara escapar de mi pecho. Afuera, la noche se había vuelto más oscura de lo habitual. Incluso las estrellas, mis eternas compañeras, parecían ocultarse tras un velo de silencio.
Intenté comprender qué me ocurría.
No era la primera vez que mi padre recibía invitados importantes. Generales, ministros y eruditos habían pasado por aquella residencia en innumerables ocasiones. Había servido té, realizado reverencias y escuchado conversaciones políticas desde que era una niña.
Entonces, ¿por qué aquella noche era diferente?
¿Por qué deseaba que el pasillo nunca terminara?
¿Por qué me había preocupado más de lo debido por la forma en que mi Hanbok caía sobre mis hombros?
—Estás perdiendo la razón, Haneul —murmuré para mí misma.
Mi Momjong giró ligeramente la cabeza.
—¿Señorita?
Solo entonces comprendí que había hablado en voz alta.
—Nada —respondí con rapidez.
Continuamos avanzando.
Al llegar al Sarangchae, las lámparas de aceite proyectaban sombras alargadas sobre las puertas de papel. Detrás de ellas distinguí las siluetas de los invitados. Bastó aquella visión para que mi estómago se contrajera.
Mi Momjong anunció nuestra llegada.
—La señorita Haneul está aquí.
La voz de mi padre respondió de inmediato:
—¡Déjala pasar!
Respiré profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Luego crucé el umbral.
El aroma del té recién preparado se mezclaba con el olor de la madera pulida y el humo de las lámparas. Mi padre se encontraba frente a mí, observándome con orgullo.
Los invitados permanecían sentados a su lado.
No levanté la vista de inmediato.
Primero realicé el Keun-jeol ante mi padre, inclinándome hasta que mi frente casi tocó el suelo.
Luego me incorporé lentamente.
Era momento de presentar mis respetos a los invitados.
Realicé el Ban-jeol correspondiente al General y a su subgeneral.
Solo entonces me permití levantar la mirada.
Y lo vi.
Por un instante olvidé todo lo que había ensayado.
No porque fuera el hombre más apuesto que hubiera visto.
Sino porque había algo desconcertante en él.
Las cicatrices que marcaban parte de su rostro hablaban de batallas. Su postura era firme, propia de alguien acostumbrado a la disciplina militar. Sin embargo, sus ojos no transmitían la dureza que esperaba encontrar.
Eran tranquilos.
Demasiado tranquilos.
Como si observaran el mundo desde una distancia que yo no podía comprender.
Aquella contradicción me desconcertó.
Durante toda mi vida había aprendido a interpretar estrellas, estaciones y movimientos celestes.
Pero no sabía cómo interpretar a aquel hombre.
Y esa sensación me resultó peligrosamente fascinante.
Por primera vez en años, sentí curiosidad por algo que no estaba escrito en el cielo.
—Mi señor, el té está listo —anunció una sirvienta desde el exterior.
La voz rompió el extraño silencio que se había formado a mi alrededor.
Volví a ser consciente de dónde estaba.
De mi padre.
De los invitados.
De las normas.
Y de que llevaba demasiado tiempo observando al subgeneral.
Sentí la mano de mi Momjong apoyarse discretamente sobre mi espalda.
Era una advertencia.
Una súplica silenciosa para que recuperara la compostura.
Desvié la mirada de inmediato.
Pero ya era demasiado tarde.
Porque una parte de mí sospechaba que jamás volvería a olvidar aquellos ojos.
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Editado: 12.06.2026