Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 4: Entre reverencias y miradas

Al salir de mis aposentos, me adentré en el largo pasillo de madera escoltada por un pequeño séquito de damas. Mi corazón latía con una violencia inusitada, con la velocidad frenética de un meteorito cruzando la atmósfera; sentía el bombeo rítmico de la sangre reclamando cada rincón de mi cuerpo. Esa noche, el cielo parecía haberse rendido a una oscuridad más densa, y las estrellas, mis eternas confidentes, lucían opacas, como si guardaran silencio ante mi confusión.

Me cuestionaba con insistencia el porqué de este estado. Al fin y al cabo, solo iba a conocer a dos soldados más de los tantos que visitaban a mi padre para los festines de palacio; eventos en los que yo ya era una experta. Sin embargo, me aterraba alcanzar la puerta del Sarangchae. Deseaba que el pasillo se estirara infinitamente, que la velada terminara antes de que yo tuviera que cruzar ese umbral. No lograba explicarme cómo una voz y un nombre habían logrado fracturar mi entereza al punto de hacerme dudar de si mi Hanbok lucía impecable.

—Estás loca —me susurré, sacudiendo la cabeza en un intento por recuperar el juicio—. ¿Cómo puedes sentirte abrumada por alguien que ni siquiera conoces?

De repente, el cortejo se detuvo. Mi Momjong me observó con una mezcla de extrañeza y preocupación, preguntándome si me encontraba bien. Fue entonces cuando comprendí, con un sobresalto, que mis pensamientos ya no estaban a salvo dentro de mí: habían empezado a escapar de mi boca.

Al alcanzar el umbral, las lámparas de aceite proyectaban las sombras de aquellos hombres sobre el papel de la puerta, siluetas alargadas de las que mi instinto quería huir. Mi Momjong, siempre fiel, anunció nuestra llegada al Yangban, de mi padre. En ese instante, la tensión se volvió casi física. La voz de mi padre, cargada de una alegría que me resultaba ajena en ese momento, retumbó en la estancia: —¡Déjala pasar!

Mis pies se sentían como si estuvieran anclados a la madera, negándose a avanzar mientras mi mente luchaba por descifrar el origen de mi agitación. Con paso lento y solemne, me acerqué a mi padre, quien me esperaba de frente. Los dos invitados permanecían de espaldas a mí, como dos murallas de silencio. Inspiré profundamente, intentando apaciguar el caos en mi pecho para evitar cualquier imprudencia que pudiera empañar el honor de mi casa.

Al llegar ante mi padre, ejecuté el Keun-jeol, la gran reverencia, sintiendo el roce de la seda contra el suelo. Fue un acto de devoción y tiempo suspendido. Al incorporarme, con el corazón golpeando mis costillas, inicié el giro para ofrecer el Ban-jeol oficial al General y a su Subgeneral. El mundo pareció detenerse justo cuando mis ojos, tras el velo de la cortesía, buscaron finalmente el rostro de aquel hombre.

Al levantar la vista y encontrar su rostro, el mundo a mi alrededor se congeló en un silencio absoluto. Fue como si el tiempo, esa magnitud que yo tanto había estudiado en los libros, se hubiera fracturado para dejarme atrapada en un instante eterno. Sus ojos no eran simples ojos; eran una constelación de estrellas desconocidas desplazándose sobre mi cara, una luz que mis pupilas jamás habían tenido el honor de presenciar.

Sentí cómo mi corazón se ensanchaba en el pecho, creciendo bajo una emoción tan vasta que amenazaba con romper mis costillas. En él no había defecto, ni asimetría, ni sombra de duda; él lo era todo. En esa habitación iluminada por velas, el universo se redujo a la distancia que separaba mi aliento del suyo. No sé cómo describir lo que sentí, solo sé que, en ese preciso segundo, comprendí que todas las estrellas que había observado desde el risco durante años no eran más que un pálido reflejo de la luz que emanaba de su mirada.

—Hazlo pasar —respondió mi padre, con un tono de calidez que pocas veces le conocía. Yo permanecía allí, de pie, luchando por mantener el control de un cuerpo que amenazaba con colapsar bajo el peso de los nervios. Sentí entonces las manos de mi Momjong posándose delicadamente en mi espalda; su contacto era un ancla, una señal silenciosa que me imploraba reaccionar y desviar la mirada de aquel Bujang.

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