Mi padre, henchido de orgullo, procedió a presentarme formalmente. Fue en ese preciso instante cuando él, Kang-dae, levantó la mirada. Por primera vez, pude ver su rostro por completo, sin sombras ni distancias. Sentí un desvanecimiento inminente; comprendí, con una claridad dolorosa, por qué su nombre era el único susurro que recorría los pasillos de palacio. En el silencio de mi mente, me cuestioné con desesperación: ¿Cómo podía un hombre, un extraño de carne y hueso, resultar más fascinante que mis mapas estelares o que el pincel que había sido mi único confidente durante toda mi vida?”.
“Al notar mi extraño comportamiento, mi padre frunció el ceño con extrañeza. —¿Te ocurre algo, Haneul? —preguntó, escudriñando mi rostro.
—Todo está bien, padre —respondí con una rapidez que delataba mi inquietud.
Antes de que él pudiera indagar más, aquella voz fuerte y firme volvió a cortar el aire, preguntándole a mi padre a qué dedicaba yo mis días. Una vez más, él acudía al rescate, protegiéndome de una situación que yo misma no sabía cómo interpretar. En un intento por recuperar la compostura, busqué refugio en el ritual del té; estiré la mano para sostener la taza de porcelana, pero me horroricé al ver que mis dedos tambaleaban violentamente, haciendo casi imposible sostenerla.
¿Quién es este hombre?, me preguntaba mientras el pulso me traicionaba. ¿Quién es este guerrero que, sin conocerme, me está salvando de mi propia vergüenza?
—Ella es solo la señorita de la casa —respondió mi padre con presteza—, siempre pendiente de mis necesidades.
Al escuchar sus palabras, la cruda realidad me golpeó: para el mundo y para mi padre, yo solo era una figura decorativa, no la erudita que descifraba los cielos. Bajé la cabeza, ocultando mi amargura, y tomé un sorbo de aquel té. Tenía un aroma profundo a flores silvestres; flores que, como yo, parecían desear ser rescatadas, acariciadas y limpiadas por unas manos delicadas.
—Las manos de una mujer dedicada al hogar suelen ser suaves, entregadas a la seda —comenzó Kang-dae, y su voz pareció vibrar en la madera del suelo—. Pero las de su hija se ven distintas; tienen la aspereza grisácea y la aridez de quien sostiene el pincel y el saber de un erudito.
El pánico me atravesó como una saeta. En mi vergüenza y desesperación, la taza de té se resbaló de mis dedos, estrellándose contra el suelo con una precisión aterradora mientras, en un acto reflejo, escondía mis manos bajo las largas mangas de mi Hanbok.
Se hizo un silencio absoluto, un vacío cortante donde solo el eco de la porcelana rota y nuestras respiraciones agitadas —la mía y la de mi padre— reclamaban el aire. El mundo se detuvo. Mi padre me miraba con una mezcla de confusión y sospecha naciente. Fue entonces cuando el Janggun, interviniendo para evitar que el hilo de la tensión se rompiera, se dirigió a mi padre con voz grave:
—Os ruego que disculpe cualquier descuido de parte de mi subgeneral. A veces, los años de guerra le hacen olvidar la delicadeza que requiere la presencia de una joven noble.
—No ha pasado nada, por favor —exclamó mi padre, agitando las manos con una rapidez que delataba su propia urgencia por enterrar el incidente—. Continuemos con esta honorable visita.
Sin perder un segundo, se apresuró a preguntar el motivo de su presencia, intentando restablecer la armonía en la sala. Mientras tanto, yo permanecía sumergida en una mezcla sofocante de vergüenza y enojo; hundía las manos en la profundidad de mis mangas y ocultaba el rostro, sintiendo el calor de la humillación arder en mis mejillas. A mi lado, el Bujang parecía haberse transformado en una estatua de arrepentimiento. Su semblante, antes imponente, se desplomó mientras bajaba la mirada hasta el suelo, castigándose internamente por aquel comentario desatinado. Durante el resto de la velada, el silencio se convirtió en su única respuesta, pero la tensión entre nosotros era tan espesa que se podía sentir en el aire, como el presagio de una tormenta.
—Estábamos cerca de la zona —respondió el Janggun, rompiendo el hielo— y quise pasar a saludar a mi viejo amigo, para saber cómo marchan las cosas en el Cheomseongdae.
Al oír que no había una investigación oficial tras sus palabras, mi padre dejó escapar un suspiro largo y pesado. Fue una exhalación de alivio absoluto, como si hubiera estado conteniendo el aliento desde el momento en que entramos a la habitación.
Mientras mi padre y el general se sumergían en discusiones sobre el Cheonsang yeolcha bunya jido y los territorios conquistados para la gloria del Rey, el subgeneral y yo nos consumíamos en nuestra propia hoguera de vergüenza. Yo, por haberme convertido en la sospechosa de un delito absurdo ante los ojos de mi propio padre; él, por haber sido el instigador de una verdad que no le correspondía desvelar. Éramos dos extraños unidos por un secreto que quemaba más que el té derramado.
El sonido del último sorbo de té de mi padre marcó el fin de mi agonía. Con la calidez de dos viejos amigos que han compartido una vida entera, decidieron culminar la velada. Observé el intercambio de despedidas con una impaciencia que me arañaba el pecho; ya no podía esperar un segundo más para ver a esos soldados fuera de nuestra propiedad, lejos de mis secretos y, sobre todo, lejos de mi confundido corazón.
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