El eco de los cascos de los caballos se perdió finalmente en la espesura de la noche, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que cualquier palabra. Mi padre se quedó de pie junto a la puerta, mirando hacia la oscuridad con los hombros hundidos por la tensión que acababa de liberar.
Me miró fijamente, y en sus ojos no había reproche, sino un temor profundo que me encogió el alma. Él conocía perfectamente el origen de la aridez de mis manos; después de todo, él mismo me había entregado el primer pincel y me había enseñado a leer el lenguaje de las estrellas cuando yo apenas era una niña. Juntos habíamos construido este refugio de conocimiento, desafiando las leyes que establecían que mi lugar estaba lejos de los libros.
Pero que un extraño —un soldado del Rey— lo hubiera notado con tanta facilidad, era una grieta en nuestro muro de seguridad.
—Haneul —susurró, y su voz sonaba cansada—, ese joven… el subgeneral. No es como los demás hombres que han pasado por esta casa. Ten cuidado.
—Él ha visto en un segundo lo que otros no han visto en años —las palabras de mi padre me persiguieron por el pasillo como una sentencia de muerte.
Entré en mi alcoba con el paso apresurado y el corazón desbocado, sintiendo un desconcierto que me quemaba las entrañas. Aquel hombre, con una sola frase, había puesto en jaque la única vida que yo conocía. Con la voz quebrada por la decepción, le ordené a mi Momjong que trajera agua y me dejara a solas; necesitaba el silencio para purgar de mi memoria su presencia. Quería lavar mis manos hasta arrancar la última mota de tinta negra que había acumulado durante años, como si, al limpiar mi piel, pudiera borrar el rastro de su mirada.
Me lavé la cara con una rabia ciega, pero el agua fría no lograba apagar el incendio. Su rostro seguía allí, grabado tras mis párpados, y su nombre, Kang-dae, recorría cada esquina de mi cuarto como un susurro apacible, cálido y delicado como el viento del alba. Fue entonces cuando la frustración me desbordó. Un estruendo, violento como un rayo cayendo en medio de la calma, rompió el silencio de la noche.
Allí estaba yo, derrumbada en el suelo entre fragmentos de porcelana y agua derramada, tras haber volcado con furia el cuenco donde intentaba, inútilmente, lavarme de él.
—¿Joven ama? ¡¿Qué ha ocurrido?! —la voz de mi Momjong irrumpió en la habitación, cargada de una angustia que me pareció lejana.
Al entrar y verme rodeada de agua y fragmentos de porcelana, su rostro palideció—. ¿Está bien? ¿Se ha herido? ¿Debo llamar a la Uinyeo?
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