Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 7: El principio del fin

Solté un suspiro tembloroso, intentando que mi voz no me traicionara más de lo que ya lo había hecho mi cuerpo. —Estoy bien —logré articular con una calma fingida—. Solo necesito descansar. Ayúdame a cambiarme, por favor.

—¿Está segura de que no necesita a la médica? —insistió ella, examinando mis manos con preocupación. —¡No! —mi grito salió más desesperado de lo que pretendía—. Solo… solo ayúdame a levantarme.

Con la mirada perdida en algún punto invisible de la estancia y la presencia ausente, me dejé manipular como una muñeca mientras me ponían las ropas de dormir. Mis labios se movían apenas en un balbuceo casi imperceptible, una súplica dirigida a la nada: «¿Qué me está pasando? ¿Por qué no puedo gobernar mi propia mente? No puedo permitir que me descubran… ¿Qué sería de mi padre?». El miedo, un frío aterrador y punzante, se instaló en mis huesos. Esa noche, en los aposentos de mi padre, algo se había roto de forma definitiva. Temía que aquel encuentro con los generales fuera el principio del fin de todo lo que amaba.

El estruendo de los cascos de los caballos contra la tierra seca me arrancó de la inconsciencia. No hubo tiempo para pensar. La puerta de mi aposento se abrió de golpe y las manos toscas de los guardias me arrastraron por el pasillo. Vi a mi padre, pálido y con la túnica deshecha, siendo empujado hacia el patio central mientras los gritos de los sirvientes llenaban el aire de la madrugada.

Todo sucedió con una rapidez aterradora. Antes de que el sol terminara de salir, nos encontrábamos frente a las puertas del palacio. Mi padre fue obligado a arrodillarse sobre la piedra fría, con la cabeza gacha y los hombros temblorosos. Entonces, él dio un paso al frente. Kang-dae no vestía sus ropas de viaje, sino su armadura de combate, brillando bajo una luz grisácea y cruel. Me miró fijamente, y en sus labios se dibujó una sonrisa que nunca le había visto: una mueca de triunfo y desprecio. Sin una palabra, desenvainó su espada. El acero silbó al cortar el viento y el brillo del metal fue lo último que vi antes de que el mundo se tiñera de rojo.

Un grito ahogado me desgarró la garganta.

Me incorporé de golpe, golpeando el aire con las manos mientras mis pulmones luchaban por encontrar oxígeno. La oscuridad de mi habitación me rodeaba, pesada y silenciosa. No había caballos, ni ejecuciones, ni armaduras. Solo el sonido de mi propia respiración agitada y el sudor frío que empapaba mi ropa de dormir, pegándose a mi piel como una mortaja. Mi cuerpo temblaba con tal violencia que los dientes me castañeteaban. Me llevé las manos a la cara, comprobando con dedos torpes que seguía en mi lecho, atrapada en una realidad que, por un segundo, me pareció mucho menos real que el horror que acababa de presenciar.

Me llevé las manos a la cara, comprobando con dedos torpes que seguía en mi lecho, atrapada en una realidad que, por un segundo, me pareció mucho menos real que el horror que acababa de presenciar.

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