Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 9: Un amanecer que no estaba en el cielo, sino en mí

Al terminar el desayuno, mi padre me dijo, con un tono inusualmente animado, que me apresurara a llegar al observatorio. Me quedé pálida. La sorpresa me dejó clavada en el sitio. No esperaba que me pidiera eso después de lo que había pasado. Sin decir nada, con el pensamiento confuso y el estómago revuelto, levanté mi cuerpo del frío piso y caminé directamente hacia el Cheomseongdae.

Durante el camino al observatorio, algo en mí cambió drásticamente; volví a ser yo, pero una versión que no conocía. Admiraba la naturaleza con una mirada nueva, y de pronto me descubrí brincando de un lado al otro, con la ligereza de una niña pequeña que corre de la mano de alguien. Por un instante, fui esa niña otra vez, alguien que no pensaba más allá de lo que tenía frente a sus ojos.

El aire, por alguna razón, se sentía totalmente diferente. No olía igual, no rozaba mi piel de la misma manera; era como si el mundo se hubiera lavado durante la noche. Había empezado a sentir una alegría tan profunda e inusual que lograba sofocar cualquier rastro de miedo. Era como si la presencia de aquel hombre, en lugar de ser una amenaza, hubiera encendido una luz en mi interior que hacía que todo brillara más. Caminaba hacia el Cheomseongdae sintiéndome extrañamente invencible, con el corazón saltando en mi pecho, convencida de que, mientras tuviera esta sensación, nada malo podría alcanzarnos.

Al cruzar el umbral del Cheomseongdae, mis ojos se toparon de inmediato con un grueso manojo de Seoji sobre la mesa de madera. Ver aquel montón de papel blanco y pulcro me hizo aterrizar de golpe en la realidad, pero esta vez la caída no fue dolorosa.

Solté un suspiro hondo, sintiendo cómo el aire nuevo llenaba mis pulmones. —Aquí vamos de nuevo —susurré para mí misma, con una sonrisa que se negaba a abandonar mi rostro.

Me acerqué a la mesa y deslicé mis dedos sobre la textura del papel. Ya no sentía el miedo de la noche anterior ni el peso de la responsabilidad como una cadena. Estaba lista para sumergirme en los mapas y en las estrellas del cielo, pero ahora lo hacía con una pasión renovada. Era como si el pincel pesara menos y la tinta, esa misma que tanto me había preocupado, ahora fuera el instrumento para pintar un destino que, por primera vez, sentía que yo misma podía elegir, sin pensar en lo que estaba a punto de pasar.

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